Cultura Transversal

Fantasmagoría

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones, Sabiduría Universal by paginatransversal on 1 julio, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – Recuerda Raimon Arola en su tratado Las estatuas vivas (Obelisco) la convicción de Maspero, el gran arqueólogo del siglo XIX, de que las estatuas de los antiguos templos egipcios “estaban animadas, hablaban, se movían, no en sentido metafórico, sino realmente. No es posible dudar”, subrayaba, “de que, al menos en Tebas, las estatuas de Amón hacían verdaderos milagros”. Al otro lado del debate, Ramón Mayrata acaba de publicar Fantasmagoría. Magia, terror, mito y ciencia, singular y subyugante ensayo, tan profusamente ilustrado como todos los títulos de La Felguera, donde sostiene que los trucos de los ilusionistas son resultantes de la secularización de los artificios mediante los que, en un contexto ritual, los antiguos sacerdotes, chamanes y hechiceros lograban antaño persuadir a sus fieles -hoy, convertidos en audiencia- de que los dioses y los muertos se hacían presentes y visibles ante ellos.

Tampoco yo albergo demasiadas dudas en el sentido de que en los ritos iniciáticos se recurría a la sugestión del artificio, pero a mi entender haciendo uso de los mismos sólo a modo de metáfora, por cuanto la iniciación es en palabras de Guénon “una toma de posesión consciente de los estados múltiples del Ser”, es decir, una palingenesia inexplicable por medio de la palabra. No faltaba razón a Court de Gebelin cuando, por ejemplo, ligaba a las antiguas religiones el origen del Tarot y de los juegos de cartas en general, pero, en virtud del citado carácter palingenésico de la iniciación, aquellos artificios sólo relativamente pueden ser considerados “antepasados” tanto de los juegos ilusionistas posteriores como del mundo virtual de hoy, no bastando su origen último para explicar por sí solo su paso de lo sacro a lo escénico. Como bien puntualiza Mayrata, artificio y fraude no son sinónimos y, en la Antigüedad, “la potencia fascinadora de la ilusión es, en ciertos casos, una manera de reforzar el ritual”.

En esta historia de los espectáculos de fantasmagoría y, por tanto, de los trucos empleados lo mismo por H. P. Blavatsky para materializar “espíritus” en las seànces como por Houdini para desenmascarar las imposturas del espiritismo, Mayrata coloca ante nosotros un desfile de personajes insólitos y bastante desconocidos para la mayoría del parque móvil de lectores, como Paul Philidor, el ilusionista que en plena Revolución Francesa, con la hoja del verdugo funcionando a destajo y el Terror campando a sus anchas por las calles, hacía reaparecer cada noche en su teatro y ante el atónito público –con linternas mágicas y proyecciones sobre humo- los rostros y figuras de los guillotinados y, según marcara la corrección política del momento, mudable de un día para otro, presentaba a los líderes de la Convención lo mismo como héroes que como diablos. La fantasmagoría -abuela olvidada del cinematógrafo- era empleada, cierto, como arma de influencia política, y Philidor la puso al servicio de sus simpatías monárquicas, en contraposición al Teatro de Sombras de Séraphin, propagandista de la revolución. Y lo pagó caro, claro. El experimento –un exitazo de taquilla- llegó a su fin la noche en que los congregados en la sesión vieron al ejecutado monarca Luis XVI ascender a los cielos entre humos de espectral santidad.

Philidor fue detenido de inmediato y se esfumó para siempre de la capital francesa, mas sólo para reaparecer pocos años después en Londres, bajo el nombre de Philipsthal y asociado a otro personaje importante en esta historia: Madame Tussaud, fundadora del museo de cera hoy con sucursales en varios países, que empezó su vida profesional buscando entre los montones de cabezas cercenadas por los revolucionarios las de María Antonieta, Luis XVI y otros, cuyas máscaras modeladas a partir del natural convertiría en atracciones de su museo itinerante. Hija del ama de llaves de Philippe Curtius, propietario de un museo de cera y del que había aprendido el oficio, éste fue a su vez socio de Philidor, quien contemplando sus figuras empezó a pensar en cómo ir más allá en la tarea de convertir a los muertos en fantasmas o presencias. Y debe decirse que, para entonces, Philidor había tomado ya buena nota de los trucos de Johann Georg Schröpfer, ilusionista vienés que se despidió de sus admiradores suicidándose en una sesión y de quien aprendieron también mucho dos ministros de Federico Guillermo II de Prusia -rosacrucianos versados en pseudo cábala, predicciones, retroproyecciones, manejo de espejos e invocaciones a los difuntos mediante trucos ópticos- que hicieron comparecer ante Federico al “espíritu” de Marco Aurelio y ejemplifican muy bien la influencia ejercida en varias Cortes europeas de la época por ilusionistas pertenecientes a sociedades secretas ocultistas.

Mayrata recuerda a Dedi, el mago que exhibió sus habilidades ante Kheops. A Eckarthausen, que en el siglo XVIII pretendió revivir con tecnologías ópticas los contactos con el mundo celeste y el de ultratumba de los antiguos teurgos. A Cagliostro, que antes de su infortunado final perfeccionó las prestaciones de la linterna mágica con ayuda del pintor Loutherbourg, discípulo de Swedenborg. A Canonge y Partagás, magos catalanes de finales del XIX, el segundo de los cuales abrió el primer cine -otro teatro de sombras- de Barcelona. A la “vidente” Anna Eva Fay, que fue casi una estrella teatral en Estados Unidos… Y a muchos más, a la vez que resalta los paralelismos cronológicos entre el auge del ilusionismo y el ocultismo y el nacimiento de la novela gótica.

Si algo queda claro, es que hay mucha molla oculta entre las bambalinas de esta historia nada inocente de las varietés. No lo olvides, lector, cuando deambules por los pasillos de un museo de cera después de haber leído este excelente libro.

Foto: José Luis Chaín

 

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