Cultura Transversal

La “Movida” y la tumbona

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 15 julio, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – Algunos de mis amigos también son escritores, y cultivadores del arte de la literatura con idéntico tino que el de la amistad. Dos de ellos acaban de publicar libro y he recibido ambos, como debe ser. Leo primero el de Germán Pose, uno de los tres o cuatro escritores españoles que de verdad me gustan, dotado de un talento para la ironía y un tan aromático poso de Anís del Mono en cada párrafo que escribe que en cada punto y seguido -no falla- te tienes que tomar una copita. Hace poco disfruté de dos magníficos artículos suyos, uno aparecido en El País Semanal y otro en El Estado Mental, este último alabado por Borja Casani en el prólogo al libro de que se trata, La mala fama, evocador adrede del nombre del bar abierto hacia la mitad de los años 80 por Alberto García Álix, Quico Rivas y algún otro socio más, preboste o capelo también de la Movida.

Lo que me ha fastidiado del libro es que en él Germán Pose no escribe, sino que pone en marcha la grabadora y luego transcribe -eso sí, seguro que muy mejorado- el relato que de su existencia le cuentan diversos supervivientes -así se les llama en la cubierta del libro editado por Almuzara- de la Movida en cuestión. Y claro, lo que a mí me gusta es leer a Germán, sus ocurrencias, sus miradas, sus revoloteos, y no la caída del Imperio Romano explicada por la ex relaciones públicas de un garito de Malasaña. En el aviario hay de todo, claro. Del conjunto de testimonios por él compilados me ha gustado e interesado mucho el de Carlos García Álix, pintor de nota y pintor porque pinta, no porque le gustaría haber pintado, y que nos habla de un cierto tiempo y cierto barrio madrileños, de una cierta juventud problemática, de un cierto ambiente político extraparlamentario… Que viajó al Iraq de Saddam, que pasó por la cárcel por tío y no por niñato y que se refiere a la heroína -sobre la que casi todo el mundo habla obsesivamente en estas páginas- como causante de la desgracia acaecida a un queridísimo próximo, no como el colmo de los colmos divinos de la muerte.

Está muy bien asimismo el de Javier Timermans, amigo también, porque rememora con humor las vicisitudes de la revista La Luna. Y puntúan alto -entre otros, como el de Ana Matías- los de Antonio Bartrina y Johnny Cifuentes, líderes de dos bandas –Malevaje y Burning– que daban conciertos y no se limitaban a recorrer antros. Lo digo porque, después, se pasa a mucha cháchara de juguete roto que nos recuerda al Nicanor Villalta de la película de Summers, con la salvedad de que Villalta, antes de gaguear, fue una temporada tras otra el rey de la estocada, en tanto aquí parecen sobreentenderse protagonismos y papeles poco menos que históricos al que sirvió copas a un amigo del que, en el callejón, llevaba el botijo al que cuajaba las faenas. Hay en el libro una parte, en fin, que será la que –con toda seguridad- más guste a la gente, de pluriempleados nostálgicos de juventudes destartaladas y recurrentes sin cesar a los mantras de que si me he drogado mucho, me he emborrachado mucho y me he acostado de modo compulsivo con lo que se me pusiera a tiro y a ser posible cobrando, porque si no, pues es que vaya coñazo, ¿no? Y te topas con alardes de supuestas proezas sexuales que tienes que ser muy, muy feo y tener el cerebro hecho plastilina para que su composición mental pueda resultarte sugestiva. En fin, que Germán Pose ha tenido más paciencia que Job y sacado rutilante faena -de oreja con fuerte petición de la segunda- de donde, obviamente, no la había. Le pasaba mucho a Domingo Ortega, que por eso fue quien fue: un grande. Esperamos con impaciencia su próximo libro, suyo de verdad.

Después está el escrito por Juan Carlos de Laiglesia, director durante años de MAN, hoy en El Pulso, unas evocaciones de niño español de los estíos playeros de los 60 por las que, por mor de una tumbona de playa, planea la sombra de Peter Lorre, el gran secundario que en días ya algo remotos, mas muy vivos en su memoria, vino a rodar por estos pagos un bodrio que no llegó a estrenarse, cuyo director pretendía ir más allá del 3-D y lograr que el espectador oliera lo que sucedía en la pantalla. La otra tarde, durante la presentación de La tumbona de Peter Lorre (Huerga & Fierro) en la Casa del Libro de Madrid, en la sala donde dicen que tuvo su despacho Ortega y Gasset, vimos a Carlos Aguilar, a Frank G. Rubio y también -como embajadores de la mala fama- a Javier Timermans y Germán Pose, y todos se mostraban de acuerdo con la apreciación de Juan Carlos en el sentido de que la escena del juicio al vampiro de Dusseldorf es uno de los momentos cumbre de la historia de la humanidad. También, en que, en 20.000 leguas de viaje submarino, Lorre le “robó” la película a Kirk Douglas, cosa de la que admito no haberme dado cuenta nunca, acaso por no conocer bien los secretos del método actoral de Lorre, para el que incluso llegó a acuñarse un término específico: lorrealismo.

La asistencia al acto de Pose y Timermans dice mucho sobre los vínculos subliminales tendidos por Juan Carlos de Laiglesia en su libro entre el Berlín de entreguerras donde Lorre se hizo adicto a la morfina –por lo que debió ser atendido de urgencia en Granada durante aquel rodaje- y el Madrid de la Movida, donde se supone que “todo el mundo” se drogaba a tutiplén por la noble causa de transformar España (lo que Juan Carlos llama la “ideologización de las copas”), proceso culminante en el idolátrico culto rendido en nuestros días por las masas a los concursantes de realities. Hoy Lorre hubiera triunfado con muchas más fuerza que en su época, mas no por buen actor, sino por feo.

El libro sobre la tumbona por él usada en aquel estío nace de la confesa fascinación por un personaje, hechizo que impulsó al niño Juan Carlos a decorar su dormitorio durante años sólo con carteles del Bolshoi y fotos de Lorre. Ignoraba que a los veintisiete, cuando Juan Carlos aún salía de juerga, al regresar se servía un whisky y otro para Peter, con quien imaginaba ponerse a charlar hasta el amanecer. Imagino que yo hubiera tenido que echar mano de recursos parecidos de haber caído sobre mis hombros la responsabilidad de dirigir MAN. Buen detalle el del whisky, indicativo de que, aunque vuelva la mirada hacia sus veranos en pantalón corto, en cuanto a dotes literarias e inclinaciones vitales nació ya -como Germán Pose- con pantalones largos. Han pasado los años y no sé si, hoy instalado en la zona aristocrática de Pozuelo, seguirá soñando con la hamaca de Lorre, regalada a un chatarrero por sus dueños cuando vendieron el chalet. Esta clase de sortilegios suelen ser de larga duración, así que quién sabe si no volverá a aparecer cualquier día, pues las vivencias de infancia tienden, de tanto en tanto, a rebrotar, claro que no a todo el mundo a caballo de tan elegante pluma como la de Juan Carlos de Laiglesia.

En fin, que igual que La Mala Fama fue un bar que habría sido del gusto de Lorre, seguro que Germán Pose encuentra este verano una tumbona sobre la que rumiar su siguiente incursión literaria… Tal vez, la del actor, que podría luego regalar o vender a Juan Carlos de Laiglesia, cerrando así el círculo. Entretanto, brindemos a la salud de Peter y que no decaiga.

Foto: José Luis Chaín

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: