Cultura Transversal

Novela, sueño y vigilia

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 22 julio, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – De cuantas conozco, una de las novelas cortas en que, de principio a fin, mejor es recreado el clima onírico, de modo que el lector se queda hasta el final con la incertidumbre de si lo que el narrador le está contando es una peripecia producto de su imaginación o una visión en la que el mundo del sueño y el de la vigilia se interfieren mutuamente y las fronteras entre ambos se difuminan, es Medianoche en Serampor, de Mircea Eliade, quien, tiempo después de haberla publicado, reconoció haber descrito en ella, bajo claves cifradas, algunas experiencias propias de ciertos estados alcanzados mediante la práctica del yoga.

Una atmósfera similar nos envuelve durante la lectura de una brillante pieza recuperada por Libros del Asteroide: El maestro del juicio final, de Leo Perutz (1882-1957), escritor prolífico, profusamente leído en la Europa de entreguerras y oriundo de Praga, una de esas urbes que -como las muchas Serampor de India- también invitan, con su tradición de alquimia, de golems, de brujería y de aristocracia decadente, a confundir la vuelta de la esquina o la puerta de una taberna con la entrada al país de Alicia. La novela relata las fantasmales peripecias de un húsar con una vida tan interesante cuando no se encuentra de servicio que camina por las calles de Praga dominado sin saberlo por un hechizo oriental, activado siglos atrás por un pintor renacentista y merced al cual puede el interesado contemplar, claro que arriesgándose a afrontar las eventuales consecuencias, las más horrísonas escenas del Juicio Final.

Cosas muy parecidas hubiera visto Perutz de no haber tenido, como tantos otros, que convertirse en fugitivo errante de los nazis tras la ocupación por éstos de Austria, recalando -pese a no ser sionista- durante unos años en Tel Aviv y Jerusalén y logrando regresar a Viena en 1951, sólo para encontrarse con que ningún editor quería publicar sus cuentos por ser “excesivamente judíos”. Matemático, estadístico, viajero, esquiador, herido en la I Gran Guerra y frecuentador de médiums, Perutz hizo mucha vida literaria en los cafés de Viena y entre sus discípulos se contó Alexander Lernet-Holenia, quien acaso le emuló en cierta medida a la hora de componer sus propias obras de atmósfera espectral, como El Barón Bagge o El Conde de Saint-Germain. Y, ya a finales del siglo XX, yo diría que su influencia palpita de muy patente modo en una novela como Buscando al Emperador, de Roberto Pazzi.

Más allá de hechizos y pleitos de honor, El maestro del juicio final nos retrata cómo era la vida -las conversaciones, las cenas con amigos en casa…- en una época que apenas se remonta a un siglo atrás, pero que se nos antoja, observada desde el hoy, casi otro planeta. Parece increíble, pero entonces nadie pensaba ni decía gilipolleces. Se puede objetar que la gente de hace cien años no hablaba como los personajes de las novelas de la época, que éstas no eran sino una estilización del habla real, mas dudo de la certeza de tal suposición, pues hoy son incontables -por no decir que aplastante mayoría- las novelas pobladas por personajes que se expresan con cabal fidelidad al habla cotidiana predominante, debido a lo cual sólo mascullan eso, gilipolleces, como si no sobrara con las que ya sueltan sus autores. Así que, lo mismo que la aduana que escinde los predios del sueño de los de la vigilia, no es tan ancha como a veces se quiere la cesura entre la vida literaria y la real (la segunda, hoy y para la mayoría, ya copia mala de la virtual). Sí es cierto que, acaso por el enorme ascendente por entonces ejercido por la pluma de Dostoievsky, todos los personajes de Perutz -ya paseen, se rasuren la barba, enciendan una pipa o salgan a cenar- se agitan en un permanente estado de nerviosismo que conjugan con la inmersión en sesudas reflexiones y, por lo general, con una recurrente sensación de inseguridad acerca del tiempo y lugar en que viven. ¡Cosas de tener siempre un pie en la pradera del sueño!

Encontramos también en estas páginas esta receta contra el resfriado: “Un cuartillo de vino caliente, mejor aún con una rama de canela, un pellizco de nuez moscada, clavo y mucha azúcar. Este es el mejor remedio, además de que resulta sabrosísimo. Y por la noche, tomar unos vahos”. ¡Muy recomendable para el tan raro verano en que estamos inversos! Es muy probable que las multinacionales de la salud, de enterarse, denuncien la novela por hacer propaganda de placebos homeopáticos. Esperemos que no la lean.

Foto: José Luis Chaín

 

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