Cultura Transversal

Prohíban, por favor.

Posted in Agustín de Foxá, Autores, Censura y Libertad by paginatransversal on 13 octubre, 2009

por Carlos Javier Galán.

Se cumplieron en junio cincuenta años de la muerte de Agustín de Foxá. Con tal motivo, las asociaciones culturales Fernando III y Ademán solicitan hace algunas semanas al Ayuntamiento de Sevilla un salón de actos para homenajear al escritor. El siempre interesantísimo Aquilino Duque (Premio Nacional de Literatura y prolífico y profundo autor en todos los géneros) y Antonio Rivero Taravillo (Premio de Biografías Comillas por su obra sobre Luis Cernuda) iban a recordar su figura literaria.

Parece que el salón siempre se cede para actos culturales y ésta es una convocatoria literaria, así que, rutinariamente, la concejalía de cultura resuelve estimar la petición. Pero, después, la curiosidad puede a su titular: Josefa Medrano, de Izquierda Unida, se pone a mirar quién diablos era ese tal Foxá. O quizá alguien que -al contrario que ella- sí lee y sí lo sabe, se lo cuenta. ¿Cómoooo? Intolerable… Cuando los convocantes y el público acuden al lugar, se encuentran con que la autorización de uso de las instalaciones ha sido revocada por esta edil. Los motivos: que Foxá se adscribió a la Falange en su juventud y que fue embajador durante la dictadura. Ambos crímenes son de suficiente peso como para que se prohíba utilizar el salón para ese homenaje, sobre todo con una finalidad preventiva: evitar que se convierta “en un acto de apología del franquismo” y –cómo no- “por respeto a la ley de memoria histórica”. Qué cansancio. Lo suyo, la censura de un autor literario por motivos ideológicos, sí que fue un auténtico homenaje al franquismo. Paradójicamente, dentro de las instalaciones municipales sigue colgado el cartel de los actos conmemorativos del 50º aniversario de la revolución cubana, sin matices críticos hacia la actual dictadura castrista. Los organizadores celebran su acto a la intemperie. Y la noticia de la censura política salta a los medios informativos.

Foxá, en mi opinión, nunca fue falangista por convicciones. En realidad, quizá políticamente no fue nada, o al menos nada que resulte etiquetable. Su monarquismo era más bien estético y tenía gran parte de nostalgia del mundo perdido de su niñez; en cualquier caso, distaba mucho del proclamado republicanismo de la Falange. Y su talante conservador (sobre el que bromeó toda su vida repitiendo “soy gordo, soy conde, soy diplomático… ¿cómo quieren que no sea de derechas?”) igualmente estaba a años luz de la vocación social y transformadora del falangismo originario. Tuvo, eso sí, una gran amistad con José Antonio Primo de Rivera, al que sin duda quiso y admiró. Más que desarrollar activismo político en el partido, perteneció a lo que Mónica y Pablo Carbajosa bautizaron, en su brillante trabajo del mismo título, como La corte literaria de José Antonio. Foxá estuvo entre el grupo de poetas –con José María Alfaro, Jacinto Miquelarena, Pedro Mourlane Michelena, Dionisio Ridruejo, Rafael Sánchez Mazas…- que, sobre la melodía compuesta por el músico vasco Juan Tellería, escribió las estrofas de lo que sería el Cara al sol.

Tras el asesinato de José Antonio y el final de la guerra civil, Foxá jamás participó en política en el franquismo ni ostentó cargo alguno, que yo sepa. Más bien mantuvo, en lo personal, cierta distancia y desafección creciente hacia el régimen. Siempre fue por libre.

Además de escribir artículos en ABC -por los que Umbral le citaba como uno de los grandes columnistas de la época-, se dedicó a ejercer la diplomacia. Porque alguien tendría que explicarle a la entusiasta censora sevillana que Agustín de Foxá fue embajador durante el franquismo como también lo había sido durante la Segunda República, sencillamente porque era su profesión: diplomático de carrera.

Al régimen nunca le gustó la actitud de Foxá, sus maneras, su imparable ironía. Entre las mil y una anécdotas, reales o apócrifas, que se cuentan sobre él, dicen que el Cuñadísimo Serrano Suñer le recriminó en cierta ocasión su humor corrosivo, por irrespetuoso:

– Agustín, ya sé que no lo haces con mala intención, pero el resultado, viniendo de ti, es demoledor. Piénsalo. Nos estamos jugando una España pobre y desgastada por una guerra y nosotros lo que buscamos es un Imperio.

Foxá cuando oyó lo del Imperio no pudo reprimirse:

– Eh, eh, Ramón, que te juro que este último chiste no es mío…

El franquismo prefirió siempre tener lejos a un personaje tan imprevisible, tan inmanejable: Roma, Helsinki, Buenos Aires… Telegrama del Ministerio: “Vuestra Ilustrísima ha sido destinado a la embajada de España en Tegucigalpa”. Respuesta de Foxá al Subsecretario: “Honradísimo. ¿Dónde coño está eso?”. Durante su estancia como agregado cultural en Italia su incontrolado genio y su incontrolado ingenio provocaron un conflicto con el entonces influyente cuñado de Mussolini, el conde Galeano Ciano, del que se decía que su mujer le era infiel. Ciano encontró a Foxá entregado a una de sus aficiones, beber whisky, y le criticó el exceso:

– A usted, Foxá, le va a matar el alcohol.
Y a usted Marcial Lalanda –replicó como una centella el diplomático poco diplomático.

De esta forma se definió Foxá a sí mismo: Gordo. Con mucha niñez aún palpitante en el recuerdo. Poético pero glotón. Con el corazón en el pasado y la cabeza en el futuro. Bastante simpático, abúlico, viajero, desaliñado en el vestir, partidario del amor, taurófilo, madrileño con sangre catalana. Mi virtud: la imaginación. Mi defecto: la pereza.

Foxá da para una auténtica antología de frases ingeniosas, gamberras, irreverentes. Uno de los problemas de España aseguró una vez- es que siempre hemos ido detrás de los curas. O con un cirio o con un garrote. Su definición del Frente de Juventudes: Unos niños vestidos de gilipollas, detrás de un gilipollas vestido de niño. Un día, en una cena organizada por el ministro Alberto Martín Artajo en el Palace, Foxá se emborrachó, se le cayó una moneda y, al recogerla, ante el estupor de los presentes, se puso a cantar con la música del pasodoble Francisco Alegre: En las monedas hay una cara / que yo no puedo aguantar. / Francisco Franco y olé,/ Francisco Franco y olá. Martín Artajo optó por marcharse.

Era un indisimulado bon vivant. En una entrevista de César González Ruano (otro periodista y escritor peligroso al que también habría que censurar con más decisión, sra. Medrano) declaró: “Todas las revoluciones han tenido como lema una trilogía: libertad, igualdad, fraternidad lo fue de la revolución francesa; en mis años mozos yo me adherí a la trilogía falangista que hablaba de patria, pan y justicia. Ahora, instalado en mi madurez, proclamo otra: café, copa y puro”.

Foxá cultivó el teatro en verso, con Cui-Ping-Sing o El beso a la bella durmiente, y el teatro en prosa, con Baile en capitanía y Gente que pasa. Escribió poesía –El toro, la muerte y el agua, El almendro y la espada, El gallo y la muerte-. Pero su obra más destacada fue, sin duda, Madrid de corte a checa, para muchos una de las mejores novelas ambientadas en la guerra civil. El diario El Mundo la incluyó en su colección de las 100 mejores creaciones de la narrativa en español del siglo XX. Es un relato adscrito a uno de los dos bandos, como era lógico en ese momento, pero hoy se puede leer contextualizada, como una de las piezas de un rompecabezas plural. Y se puede leer también desde lo literario. Como La Forja de un rebelde de Arturo Barea, como el Homenaje a Cataluña de Orwell, como La fiel infantería de Rafael García Serrano, como Réquiem por un campesino español de Ramón J. Sender. Lo increíble es que algunos sigan, setenta años después, adscritos todavía a uno de los bandos de aquella guerra que libraron sus abuelos. Y prohíban hablar sobre Foxá, el poeta que ya entonces no entendía mucho de líneas divisorias o de trincheras:

Una línea de tierra nos separa.
Pero estamos tan lejos…
Para llegar hasta vosotros, trenes,
rutas extrañas, playas extranjeras
y, sin embargo, hermanos enemigos,
qué cerca nuestra sangre!, que aclararon
las mismas frutas, que encendieron, roja,
primaveras y labios parecidos.

Agustín de Foxá se adhirió políticamente a una de las facciones del momento, sí. Y qué? Eso no empaña la calidad artística que pueda tener o no tener. Alberti escribió poemas a lo más granado del totalitarismo criminal de su época, pero es un poeta como la copa de un pino y sólo un cenutrio discutiría su legado literario. Qué miope renunciaría a que en su vida estuvieran presentes los versos de amor de Neruda por el hecho de que éste hiciera en una época apología del estalinismo? Foxá ni siquiera tuvo nunca un compromiso político intenso. No era, por descontado, un represor. Era un espíritu libre, muy particular, dispuesto a reírse de casi todo, hasta de sí mismo. Creo no perder si apuesto a que fue un buen tipo, incapaz de matar una mosca.

Este autor estaba algo peor que censurado: olvidado. Condenado por la dictadura silenciosa de lo políticamente correcto. Sometido al ostracismo, como tantos otros. Si se hubiera celebrado ese acto de homenaje, sólo un puñado de personas hubiera tenido noticia del mismo. Pero la prohibición expresa ha rescatado la figura de este escritor. Ayer, decenas de columnas periodísticas hablaban de Foxá. Muchas gracias, doña Josefa, por censurarlo, por decirnos lo que podemos y no podemos leer. Yo, por lo pronto, voy a redescubrir en estos días su más famosa novela. Y voy a volver a encontrarme con su poesía:

Y pensar que, después de que yo muera,
aún surgirán mañanas luminosas
que, bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.
Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida.

Muchas personas que hace unas semanas no habían oído hablar nunca de Foxá, tendrán ahora interés por conocerle, gracias a esta prohibición. Si yo fuera responsable de Planeta o de Ciudadela -que creo recordar que son las últimas editoriales que publicaron Madrid de corte a checa– me apresuraría a reeditarla con una faja en la solapa que dijese: El escritor prohibido por el Ayuntamiento de Sevilla.

Si continúa con ahínco esta tarea de censura, la concejala Dña. Josefa Medrano podría aspirar a recibir el año próximo el Premio Fomento de la Lectura que le acaban de dar los editores a Las noches blancas de mi amigo Dragó.

Prohíban, por favor, señores censores, prohíban mucho más. Díganle a todo el mundo lo que no debe leer, los autores proscritos, aquellos a los que no puede rendirse nunca homenaje literario. Censuren, por favor, expresa y contundentemente, a otros peligrosísimos “fascistas” de parecido pelaje. A Eugenio D´Ors, el inolvidable Xenius, el filósofo brillante, el periodista, prohíbannos disfrutar de su talento, por favor. A Dionisio Ridruejo, el hombre íntegro que vivió su evolución democrática con honradez, casi siempre arrimándose al sol que menos calentaba en cada momento, y dejándonos los poemas del Cuaderno de Rusia o En la soledad del tiempo, su delicioso Diario de una tregua, sus Casi unas memorias… A Rafael Sánchez Mazas, cuya peripecia inspiró a Javier Cercas Soldados de Salamina, y que dejó escritas La vida nueva de Pedrito de Andía o Rosa Kruger, además de numerosos y buenos versos. Al poeta Luis Felipe Vivanco, autor de Cantos de primavera, Tiempo de dolor, Memoria de la plata… Al desconocidísimo y atormentado Samuel Ros de El hombre de los medios abrazos o Los vivos y los muertos. Al falangista catalán Luys Santa Marina, su poesía, sus novelas históricas… Y, cómo no, a Rafael García Serrano; díganle a todos que La ventana daba al río, Los ojos perdidos, Cuando los dioses nacían en Extremadura… son altamente nocivas, que La gran esperanza es un panfleto que insulta la versión única y obligatoria de la historia, que su soberbio Diccionario para un macuto está contraindicado para el discurso dominante…

Sigan prohibiendo, por favor. Lo prohibido nos sabe muchísimo mejor.

Extraído de: La nota discordante

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CENSURADO Homenaje literario a Agustín de Foxá.

Posted in Agustín de Foxá, Aquilino Duque, Autores, Censura y Libertad, Convocatorias, Literatura by paginatransversal on 7 octubre, 2009

Izquierda Unida censura homenaje literario

Homenaje literario a Agustín de Foxá

Más información en el diario El mundo

Homenaje a Foxá bajo los luceros
por Aquilino Duque

Al llegar yo sobre las siete y media de la tarde al Centro Cívico de Los Remedios, en el Parque de los Príncipes, para intervenir en unión de Antonio Rivero Taravillo en un homenaje a Agustín de Foxá, de quien se cumple el medio siglo de su fallecimiento, me encontré con las caras de circunstancias de los organizadores a los que por orden superior y anónima se acababa de denegar el acceso al aula en que se iba a celebrar el acto, a pesar de estar el aula concedida desde el día 2 por el negociado municipal competente. Estaba ya un público respetable y algún que otro fotógrafo de prensa. Yo vi literalmente el cielo abierto, y no un cielo cualquiera, nada menos que el de Sevilla en el veranillo de San Miguel, de suerte que el acto se llevó a cabo en un banco bajo un jacarandá y los luceros de rigor. Lo primero que hice fue dar las gracias a las autoridades anónimas que con su acertada decisión hacían que un acto que hubiera transcurrido sin pena ni gloria en un lugar cerrado, se convirtiera en un acontecimiento público en un ambiente delicioso que no dejaron de apoyar los diarios y las televisiones más importantes de la ciudad. Por arte de birlibirloque se llenó aquello de periodistas. Aquí va mi parlamento:

Foxá y los efímeros

Hace años apareció en Barcelona una interesante recopilación de textos titulada Falange y literatura, precedida y acompañada de los correspondientes comentarios críticos. Su autor, José Carlos Mainer, compaginaba cierta admiración literaria por unos textos de calidad innegable con cierto distanciamiento hacia sus autores, incluso hacia aquellos que ya habían iniciado su “adaptación” a los tiempos que se barruntaban, como Torrente Ballester. Yo comenté ese libro con un artículo titulado Reivindicación del conde de Foxá, que me publicó la revista Insula y que posteriormente recogí en mi libro Metapoesía. La publicación de ese artículo mío en Insula tuvo sus más y sus menos, ya que Foxá no estaba bien visto en tal revista, y José Luis Cano me dijo que el título era demasiado reaccionario. El título era “reaccionario” en efecto porque lo había plagiado de Juan Goytisolo, que por aquel entonces había publicado una Reivindicación del conde don Julián, exaltación de la figura del traidor, execración de la España cristiana y alabanza de la morisma y de su “tolerancia sexual”; en fin, los temas con los que hizo carrera este escritor. Tampoco se apresuró Insula a publicar un artículo que en aquellos años escribí sobre La casa encendida de Luis Rosales, que tardó nada menos que todo un año en aparecer. Ni Rosales ni Foxá estaban bien vistos en Insula, y yo quise aprovechar el poquito de caso que se me hacía en esa revista para que a ellos se les hiciera también, al mismo tiempo que le ajustaba las cuentas a Mainer. Naturalmente éste replicó y fui desaconsejado de contrarreplicar, por la sencilla razón de que el director de la revista, don Enrique Canito, detestaba las polémicas.

Cuento todo esto, ya que es importante que se sepa cuáles eran los mandarinatos literarios en aquellos años de 1970 a 1973 y qué clases de habas cocían en cada uno de ellos. Posiblemente en Cuadernos Hispano-Americanos, que por entonces dirigía don José Antonio Maravall, destacado intelectual falangista, me habría sido más fácil publicar mis artículos. Eso para mí no tenía mérito; yo lo que quería era enterar de quiénes eran Rosales y Foxá a unos lectores que no sabían o no querían saber nada de ellos.

No voy a reiterar aquí lo dicho tantas veces sobre los auténticos mandarinatos de aquellos años, que son los mismos de ahora, con el agravante por parte de éstos que además ocupan los resortes del Estado y los medios de difusión tanto oficiales como oficiosos. Entonces, si no me querían en Insula me podía ir a Cuadernos Hispano-Americanos. Ahora sería como ir de Herodes a Pilatos. Eran los tiempos de la poesía de Celaya y de Otero, del teatro de Buero y de Sastre, de la novela de Goytisolo y Hortelano; y estaba muy mal visto hablar de Sánchez Mazas, de Eugenio Montes, de Rosales, de Panero o de Foxá.

A Foxá yo lo conocía y lo admiraba por sus maravillosas crónicas de ABC, donde a veces aparecía también algún que otro poema suyo ilustrado por Sáenz de Tejada, y cuando entré en contacto con el grupo gaditano de la revista Platero, la poesía del conde tenía entre nosotros entusiastas y epígonos como Julio Mariscal, el poeta de Arcos. Fue entonces cuando tuve acceso a El almendro y la espada, y en ese libro a unos versos que era fácil aprender de memoria, cosa que entonces hacíamos mucho los jóvenes poetas.

Pero Foxá era poeta no sólo en sus versos y en sus crónicas, sino en su teatro, en sus relatos y en el nutrido anecdotario de su vida de diplomático bohemio. En el teatro tuvo éxito con Cui-Ping-Sing, fábula dramática entre la pantomima oriental y la fiaba del también conde Carlo Gozzi, y con Baile en Capitanía, drama romántico en verso con el fondo de las guerras carlistas. En la narrativa publicó en ABC un largo cuento de ciencia-ficción: Hans y los insectos. También publicó otros, alguno trufado en exceso de tópicos taurinos, pero Hans y los insectos raya a muchos codos sobre todos los demás. Dejó a medio hacer una novela de la guerra mundial ambientada en los Balcanes, y hecha del todo Madrid, de corte a checa, que yo llamé una vez “espléndido esperpento frustrado”. En realidad debí decir “espléndido esperpento truncado”, porque las primeras páginas (“Zambra y revuelo en la Cacharrería del Ateneo. Llegaba don Ramón con sus barbas de Padre Tajo, sucio, traslúcido y mordaz. Hablaba a voces contra el general Primo de Rivera…”) no tienen continuidad estilística, y a mí como lector entonces no me bastaba con el homenaje liminar a aquella caricatura literaria, sino que quería seguir por el mismo camino deformante, como si el lenguaje y la sintaxis de Valle-Inclán sonaran bien en otro que no fuera él. A partir de ese momento, Foxá se sale de la literatura y se mete en la realidad, es decir, en lugar de pasarse el resto de la novela entre el Ateneo y los espejos deformantes del callejón del Gato, sale a Puerta Cerrada, a la plazuela de los Carros, a las calles del Conde y del Cordón, a un Madrid castizo próximo al Palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Estado, en cuyo Gabinete de Cifra estaba destinado el protagonista, trasunto del autor. El realismo de Foxá en esta novela es un realismo concreto, a diferencia del realismo abstracto de cierta novelística que asoló España a partir de los años 50. Tan concreto es, que al reeditarse el libro más de medio siglo después, lo releía yo en Madrid y me daba un vuelco el corazón al llegar a este párrafo: “Fue a verla; la había refugiado en una portería de la calle de Cervantes, vecina a la casa reconstruída de Lope de Vega. Su ventanuco daba al muro cerrado de las Trinitarias, donde rezumaba el sol triste de la tarde”. Esa casa no es otra que el número 9 de la calle de Cervantes, única de toda esa calle desde cuyo portal se puede ver, al cabo de la calle transversal de Quevedo, el muro de ladrillo de las Trinitarias, que está en la calle paralela de Lope de Vega. Era justamente la casa en que me encontraba yo cuando releía esa descripción tan escueta.

Otro de los relatos de Foxá se titulaba Viaje a los Efímeros, y era una alegoría de la relatividad del tiempo situada entre el cuento filosófico y la ciencia-ficción. En ese país de los Efímeros, el tiempo se acelera vertiginosamente y lo que en nuestro mundo tarda siglos enteros en pasar, pasa allí en unos segundos. A los Efímeros les preocupaba el Tiempo y la Muerte, pero más les preocupaba la operación de reescribir la Historia, de suerte que el efímero Gobierno de turno pudiera desacreditar a todos los Gobiernos que lo habían precedido, tan efímeros como él. ¿Era consciente Foxá de adelantarse a la realidad? ¿O era que en su vagabundaje por las cancillerías había visto lo suficiente para deducir por qué leyes se rigen los regímenes políticos?

No hay hombre de Estado, por grande que sea, cuya obra no deshagan sus herederos. Toda construcción política es perecedera; tiene una duración limitada. Por eso resulta por lo menos grotesco el culto de tal o cual Constitución o Ley Fundamental, cuya letra ponen sus autores por encima del espíritu de la Nación, es decir, algo que es efímero por principio por encima de algo que es permanente por naturaleza.

Estos efímeros de la política nunca están solos, sino que van acompañados por los efímeros de la cultura, y en unos y otros causa enorme desazón el retorno de un eterno, vale decir, de un clásico. Todos los que reaccionaron con rabia o con embarazo ante la reimpresión de Madrid, de corte a checa, son efímeros temerosos del tiempo y de la muerte que además no están muy seguros de que su fama vaya a sobrevivir al ocaso de sus ideologías.

Uno de los efímeros de Foxá, cuyo nombre no diré pues fue muy amigo mío, me comentaba indignado los funerales del conde diciendo que parecía que se hubiera muerto Lope de Vega. Este efímero, que poco antes de morir cosechó importantes laureles, es harto improbable que tenga un retorno como el que tiene Foxá, y es que Foxá nunca se fue, como creo haber demostrado más arriba. El retorno espectacular de Foxá obedece a un cálculo mercantil. El editor contó con cierto reflujo hacia la verdad histórica y el gusto literario después de algunos años de mal gusto y de mentiras políticas, y resulta que acertó y el libro de Foxá figuraría entre los libros más vendidos. Agustín de Foxá es el único autor duradero que figura en una lista formada exclusivamente por escritores efímeros. Hasta ahora, yo concebía el Infierno como una biblioteca formada por los libros más vendidos actualmente en los diversos idiomas que conozco.

Más de una vez he dicho que el humor es uno de los grandes conservantes de la literatura, un conservante que, por definición, no está al alcance de los efímeros. Estos en cambio usan un producto que les da mucho resultado a corto plazo, que es el lubricante; el lubricante es para los efímeros lo que el conservante para los duraderos. No hay efímero que no pase lo que yo llamo la prueba de la baba: de la baba política y de la baba lúbrica, y a esa doble prueba ha de someterse hoy por hoy todo el que aspire a figurar en la lista de autores más vendidos, es decir, más jaleados y promocionados.

El artículo de Aquilino Duque ha sido extraído del Blog VIÑAMARINA