Cultura Transversal

La fascinante historia de D´Annunzio en Fiume: El comandante y la décima musa.

Posted in Autores, Carlos Caballero, Gabriele D´Annunzio, Historia, Literatura by paginatransversal on 3 julio, 2009

Carlos Caballero

El presente artículo fue redactado en 1988, en el primer centenario de la muerte de Gabriele D´Annunzio, el poeta soldado.

Quizá sería más justo conocer a D´Annunzio por su amplia y rica obra literaria. Alguien ha dicho que él “dió fondo a todas las posibilidades de la literatura” y que tuvo “una fe absoluta en el valor de la literatura” (1). Pero el nombre de este Leonardo da vinci de las letras está indisolublemente unido a la acción, a Fiume. Antes de ponerme a redactar estas líneas he rebuscado por curiosidad en varias librerías, tratando de conocer qué puede leer el público en español de D´Annunzio; sólo he podido encontrar una edición de los “Cuentos del río Pescara” en Alianza Ed. (col. Alianza Tres), otra del “Canto nuevo”, bilingüe, de Ed. Lumen y una tercera, traducción al catalán de “El placer” de Ed. 62… Aunque me consta que ha habido otras ediciones de obras suyas una conclusión se impone: uno de los escritores italianos más importantes de este siglo, reverenciado en vida por sus compatriotas, que mantienen hoy tan vivo su interés por él como para conmemorar ampliamente el 50 aniversario de su muerte, es –en España- un autor del samiszdat (2).

Mientras que en nuestro país se conmemora de forma prácticamente institucional el mítico mayo del 68, queriéndonos imponer la idea de que aquel gigantesco “bluf” fue uno de los momentos estelares de la historia nadie parece querer recordar que fue D´Annunzio quien acuñó la idea de “la imaginación al poder”. Pero entremos en materia. La aventura de D´Annunzio en Fiume es inseparable de su participación en la I Guerra Mundial e, incluso más, de su actividad en el movimiento intervencionista. En un mundo intelectual dominado por el discurso irenista como el de hoy, casi cuesta trabajo imaginarnos a un intelectual de prestigio predicando ardorosamente la participación de su país en una guerra. Hay que anotar, en primer lugar, que en 1914 la guerra era una realidad que tiene poco que ver con el conflicto concebido por los estrategas actuales (con armas de destrucción masiva –químicas y nucleares- y sistemas de armas convencionales basados en tecnologías de punta, capaces de destruir al enemigo sin tan siquier verlo) y casi se parecía más a la que se había librado en la Edad Media. Hoy estar a favor de una guerra es predicar la llegada del Apocalipsis, ya que existe en la actualidad la temible posibilidad de acabar con toda forma de vida en el planeta, derivada de la ideología igualitaria-pacifista que, en su deseo de abolir la historia, de suprimir el conflicto ha creado los medios para conseguir que la próxima guerra sea la última… No era esta la modalidad de guerra que se presentaba ante los intervencionistas italianos; sin duda sería una guerra cruel, pero estaría muy lejos de toda posibilidad de aniquilación masiva.

Pero aún queda otra pregunta: ¿por qué entrar en guerra? En el intervencionismo italiano debemos distinguir entre una corriente de izquierdas y otra de derechas. Los últimos veían en la guerra una posibilidad para Italia de recuperar las regiones irredentas: una típica guerra nacionalista. Mucho más interesante fue el intervencionismo de izquierda, donde confluyeron futuristas (Marinetti), sindicalistas revolucionarios (Panunzio, Michels) y socialistas disidentes (Mussolini). Los futuristas, en su ferviente deseo de acabar con la moral pequeño-burguesa, estaban dispuestos a todo con tal de liquidar aquel mundo y no dudaban en predicar que la guerra era “la única higiene del mundo” (3). Los sindicalistas revolucionarios y socialistas disidentes habían descubierto que las masas obreras eran enteramente permeables a las ideas nacionalistas con motivo de la guerra italo-turca por Libia (en 1911) y habían extraído de ahí una lección importante: la nacionalidad era más eficaz como motor de la movilización de las masas que las ideas de clase. Si se conseguía llevar a los italianos a la guerra, venciendo la oposición del Parlamento, éste quedaría totalmente desacreditado, y con él todo el sistema de dominación político construido por la burguesía, abriendo así la posibilidad a una crisis revolucionaria (4). La guerra era sí entendida y presentada como una guerra revolucionaria.

D´Annunzio participaba en esta última tendencia. Aunque había iniciado una breve carrera política en las filas de la derecha, en una famosa ocasión abandonó su escaño para dirigirse “hacia la Vida”, sentándose entre los diputados de la izquierda. La más conocida contribución de D´Annunzio a la causa intervencionista fue la “Oración de Quarto” (5), magnífica pieza oratoria, con una significativa transvaloración implícita de las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña, en la mejor tradición de la religiosidad pagana:

“Bienaventurados los que tienen, porque podrán dar más, porque podrán arder. Bienaventurados los que tienen veinte años, una mente casta, un cuerpo templado y una madre animosa. Bienaventurados aquellos que, esperando y confiando, no disipan sus fuerzas, sino que las preservan con la disciplina del guerrero (…) Bienaventurados los que tienen hambre de gloria, porque serán saciados (…) Bienaventurados los puros de corazón, felices al retornar victoriosos, porque verán la nueva faz de Roma, la frente coronada de Dante, la belleza triunfal de Italia” (6).

Después de pronunciar palabras tan encendidas cabía esperar que D´Annunzio se alistara como soldado… pese a que contara ya con más de 50 años (nació el 12 de marzo de 1863). Esto no desanimó al celebrado poeta, que movió todos los hilos de sus influencias hasta conseguir ser alistado. Su hoja de servicios militar resulta abrumadora: tres Cruces al Mérito de Guerra, una Medalla de Bronce al Valor Militar, tres ascensos por méritos en campaña, Cruz de Oficial de la Orden Militar de Saboya, seis Medallas de Plata y la codiciadísima Medalla de Oro al valor Militar. Lo más singular es que en los años de guerra D´Annunzio sirvió en las tres ramas de las Fuerzas Armadas. En tierra combatió como oficial de Lanceros (no fue casual, desde luego, su elección de la Caballería) y en el mar como tripulante de lanchas torpederas. En una audaz incursión en las bases adriáticas de la Marina de guerra austro-húngara echó a pique un acorazado enemigo. El fue quien redefinió las siglas, M.A.S., de estas frágiles embarcaciones que de “motoscafo antisomergibili” (lanchas motoras antisubmarinos) pasaron a representar un épico “motto”. “memente audere semper” (“recordar siempre el ser audaces”). Pero sus aventuras más celebradas las vivió en el aire. Eran otros tiempos, eran los tiempos del Barón Rojo. Hoy un piloto de “Thomcat” puede disparar, gracias a la sofisticada electrónica de su avión, hasta 14 misiles letales hacia enemigos que ni tan siquiera tiene al alcance de la vista; entonces el solo hecho de atreverse a montar en aquellos frágiles aparatos exigía dosis de valor más que considerables. Pilotando un hidroavión, D´Annunzio perdería un ojo en un amerizaje forzoso. Su hazaña más famosa consistió en dirigir una escuadrilla que, tras sobrevolar los Alpes, bombardeó Viena… con propaganda redactada por el poeta. Toda la mística del “beau geste” está reunida en este hecho: desafiar los colosales Alpes, a la aviación y la artillería antiaérea enemigas, tan sólo para demostrar su voluntad y su audacia.

La guerra fue una catarsis para D´Annunzio, que la sufrió acosado por el estruendo de la artillería en enfangadas trincheras, meciéndose en solitario en su lancha en medio de la oscuridad de las noches del Adriático y frágilmente orgulloso a bordo de su endeble avión. El poeta se había transmutado en el poeta-soldado y los italianos ya no dejarían de conocerlo salvo con esta definición. Pero el tiempo de los guerreros pasó y llegó el de los políticos. Tras la derrota de los Imperios centrales se reúnen las Conferencias de Paz (7) que deben definir las fronteras de Europa. Y pronto Italia va a sufrir un amargo descubrimiento: sus aspiraciones nacionales no son admitidas. En el llamado “Pacto de Londres”, el Reino Unido y Francia habían reconocido a Italia la anexión de amplias regiones en la costa adriática, en Dalmacia. Pero los grandes vencedores del conflicto, los Estados Unidos, por obra y gracia de su presidente Woodrow Wilson, no reconocían aquel pacto. “La América de W. Wilson era la América del proceso a Sacco y Vanzetti (8) y esta América estaba difícilmente dispuesta a hacer concesiones importantes a los representantes italianos en las Conferencias de Paz” (9).

Un nuevo estado iba a crearse en los Balcanes, Yugoslavia. De hecho no era sino un “cocinado geopolítico” de dudosa viabilidad y estabilidad, tanto ayer como hoy mismo, y sería más apropiado llamarlo Gran Servia. Conviene recordar que Servia había sido el detonante del conflicto por su enfrentamiento con el Imperio Austro-Húngaro y ahora, vencidos los Imperios Centrales, había que premiar su dedicación a la causa aliada. La más profunda indignación sacudió a los excombatientes italianos. La rabia más feroz afloraba en sus expresiones. Tanta sangre vertida, tanta angustia, esfuerzo, dolor, ¿para qué? Sólo D´Annunzio supo dar una expresión magistral a esos sentimientos: “Nuestra victoria no será mutilada”.

D´Annunzio había arrastrado, con su oratoria y con su ejemplo, a miles de hombres hasta los campos de batalla. Permitir ahora que las Conferencias de Paz traicionaran las aspiraciones de aquellos oscuros soldados era romper vilmente los silenciosos lazos de fidelidad establecidos entre los combatientes. En su “Lettera ai Dalmati” (enero de 1919) el poeta-soldado escribía:

“Hemos combatido por la Italia Grande. Queremos la Italia Grande (…) Yo y mis compañeros no queremos ser italianos en una Italia chocha por las influencias transatlánticas de Wilson, ni de una Italia amputada por la cirugía transalpina de Clemencau (…) estoy dispuesto a sacrificar todo amor, toda amistad, toda conveniencia por la causa de la Dalmacia italiana. Me tendréis con vosotros hasta el fin”.

La situación era explosiva. Los EUA amenazaban con interrumpir toda ayuda económica (vital en aquellos momentos) si el Gobierno italiano persistía en reclamar la Dalmacia. Pero el gobierno que, como es habitual –casi diría que atávico- en la democracia italiana, se hallaba en una situación de extraordinaria debilidad política, difícilmente podía renunciar a una aspiración tan ampliamente compartida por el pueblo italiano. La inestable y potencialmente revolucionaria situación (la Europa de la primera postguerra mundial era campo abonado para toda suerte de experiencias revolucionarias) se complicaría extraordinariamente si el gobierno no acogía el clamor popular a favor de la Dalmacia italiana. Este clamor popular encontraba su mejor mentor en D´Annunzio. Aunque había nacido en Pescara, en los Abruzzos, el poeta-soldado era un veneciano adoptivo. Y, el 25 de abril de 1919, en la Plaza de San Marcos, el corazón de una Venecia que había construido su imperio en el Adriático, D´Annunzio volvía a alzar su voz ante un público expectante:

“Hoy, en todos los puertos de las ciudades dálmatas, en los muros de la ardiente Fiume, el libro está cerrado (10). Si lo reabrimos, lo haremos por la página donde está escrito, con la sangre de Montello, con la sangre de Vittorio Veneto, como sobre la puerta de Rovigo, VICTORIA TIBI MARCE, VICTORIA TIBI INTEGRA ITALIA” (11).

Días después, en mayo, bajo el recuerdo de la entrada de Italia en la guerra, tres años antes, vestido con su uniforme de Lanceros y con un parche sobre su ojo vacío, arengaba a las masas en el “Augusteo” de Roma:

“Nuestro mayo épico vuelve a comenzar y de nuevo estoy ante vosotros. Una vez más, yo estoy dispuesto y vosotros también (…) Levantaos, levantaos de nuevo con todo vuestro ardor contra los que os deshonran, contra los políticos que os traicionan… Allí, en las rutas de Istria y de Dalmacia, construidas por los romanos, ¿no oís el paso cadencioso de un ejército en marcha? Los muertos avanzan más rápido que los vivos. ¿Qué esperáis para uniros a ellos?”.

Y en la tarde del 6 de mayo, desde el Capitolio, se dirige a más de 50.000 absortos oyentes:

“El heroísmo ha resplandecido durante cuatro años de guerra se ha extinguido en todas partes, salvo en Italia. Todo aquello que ha arrojado los destellos más vivos no es ahora sino carbón apagado, bueno tan sólo para escribir sobre un muro blanco las cotizaciones de la Bolsa”.

Llegados aquí se hace imprescindible alguna información sobre la ciudad de Fiume. Situada geográficamente en la costa croata, había pertenecido a la doble corona austro-húngara. Si Trieste había sido la salida al mar de Viena, Fiume lo había sido para Budapest. Ciudad de gran interés estratégico y económico, estaba habitada por croatas y húngaros pero, sobre todo, por italianos, que eran el grupo nacional que impulsaba el desarrollo de la ciudad. Si el lector desea localizarla en el mapa debe buscarla bajo su actual nombre de Rijeka, en el extremo oriental del itsmo de la península de Istria. Durante los años de pertenencia al Imperio había tenido un estatuto de autonomía muy amplio, que garantizaba a los italianos el dominio de la ciudad. Ahora el nuevo Estado yugoslavo pensaba incorporarla a su soberanía y el fin de su italianidad se presagiaba como inminente. Los fiumanos eran, de entre todos los italianos que poblaban las costas dálmatas (había fuertes colonias en Pola, en Zara, en Spalato, en Ragusia…) los más decididos a mantener libre y viva su italianidad.

La lucha por Fiume se inició en octubre de 1918. Fuertes contingentes italianos se hallaban desplegados en toda la Dalmacia, ocupando los despojos del Imperio Austro-Húngaro hasta que se firmara la Paz. Pero el día 28 tropas yugoslavas entraron en la ciudad. Los ciudadanos italianos reaccionaron constituyendo un Consejo Nacional que proclamó su voluntad de unirse a Italia y pidió ayuda en este sentido a los soldados del III Ejército italiano. Buques de guerra italianos anclaron en el puerto y, simultáneamente, la crisis devino internacional. Los franceses apoyaban, casi sin reservas, a los yugoslavos, ya que esperaban transformarse en la potencia hegemónica en los Blacanes, gracias a una estrecha alianza con la nueva nación y con Rumanía. Los ingleses, como siempre, practicaban una política más sibilina: Fiume era un gran puerto, con importantes astilleros y si no caía en manos italianas los navieros y comerciantes del Reino Unido (que veían con temor el crecimiento de la marina italiana) harían mejores negocios en los Balcanes que con una Fiume italiana. La opinión de los EUA, ya la hemos visto.

Por espacio de varios meses se vivió una guerra fría internacional en la ciudad. Fiume era campo de lucha de agentes yugoslavos, norteamericanos, franceses, ingleses e italianos. La ciudad fue ocupada por tropas de todos los aliados: contingentes franceses, ingleses y norteamericanos flanqueaban a los italianos. Y las relaciones entre los antiguos aliados se hicieron crecientemente tensas. A lo largo del verano de 1919 hubo varias explosiones de violencia, incluyendo choques armados entre soldados italianos y franceses, con un saldo de varias decenas de muertos. Mientras, los diplomáticos reunidos en los alrededores de París eran incapaces de encontrar una solución al conflicto de intereses. Si el conflicto preocupaba en las Cancillerías europeas, en Italia apasionaba hasta al último hombre de la calle. El gobierno se debatía entre un moderado apoyo a los irredentistas, cuyas manifestaciones masivas e intransigentes eran una baza más en sus negociaciones en París, y el temor a que el movimiento se desbordase y, tomando un cariz revolucionario, subvirtiera el sistema político.

La explicación de este temor está en los veteranos de guerra, que se habían convertido en un grave problema: se les habían hecho grandes promesas a los soldados (participación política, repartos de tierras, etc.) que el gobierno ahora no estaba en condiciones o no estaba dispuesto a conceder. El país atravesaba una espantosa crisis económica (en 1921 el coste de la vida había aumentado en un 560% respecto a 1914). Los soldados echaban la culpa de sus males y de los de Italia a la inepcia y venalidad de los políticos. Las críticas eran especialmente feroces entre los “Arditi” (las tropas de asalto) que habían sido la elite del Ejército. Estos soldados, que habían vivido la guerra como una aventura épica, estaban ahora dispuestos a transferir sus energías a la vida política, combatiendo tanto al gobierno liberal como a la oposición socialista, que siempre se había opuesto a la guerra y denostado a los combatientes. En 1919 los “Arditi” habían asaltado, codo a codo con los fascistas, la sede del periódico socialista “Avanti”. Pero si el líder socialista Turati los calificaba de mercenarios en manos de la reacción, el gobierno prohibía a sus soldados la lectura de “L´Ardito” (el periódico de los “Arditi”) por considerarlo bolchevique.

Los italianos de Fiume estaban dispuestos a usar la explosiva situación interna de Italia a su favor. Los intervencionistas de le pre-guerra y los veteranos “Arditi” eran sus aliados naturales. A lo largo de la primavera y el verano de 1919 se tramaron varios complots para realizar una conquista violenta de la ciudad, a la sazón ocupada por contingentes inter-aliados. Implicados en ellos aparecían autoridades militares, líderes nacionalistas (como Federzoni), miembros de la Casa reinante (como el Duque de Aosta), sindicalistas revolucionarios y fascistas. Pero si un nombre sonaba era el de D´Annunzio. El gobierno trataba de alejar el peligro ofreciéndole al poeta-soldado medios para la realización de un sueño largamente acariciado: un vuelo en solitario entre Italia y Japón. “Era un proyecto propio del genio del poeta y le habría permitido finalmente visitar Oriente, con todos los exóticos misterios que le esperaban (años después D´Annunzio se volvió de nuevo hacia Oriente en busca de inspiración, cuando había llegado a la conclusión de que Occidente era ya estéril y de que sólo Oriente poseía la sabiduría y la profundidad capaces de revitalizar la creatividad europea). Los hombres del gobierno vieron en el vuelo la posibilidad de mandar al poeta lejos de las fronteras italianas y animaron por todos los medios posibles este sueño, mandándole a Venecia, donde vivía, un cortejo de generales y almirantes para pedirle que volara a Japón” (12).

Sin duda D´Annunzio no trataba sino de lanzar una cortina de humo sobre sus verdaderos propósitos. La situación en Fiume le obsesionaba, porque no dejaba de empeorar. Con los grandes mítines ya comentados de Venecia y Roma, pese a su eco y a la masiva audiencia, no había logrado hacer caer al gobierno de Roma, ni siquiera modificar la actitud de éste hacia Fiume. Había que decidirse a una acción directa, en el mismo Fiume, antes de que fuera tarde. Y el tiempo trabajaba en su contra. La Comisión Inter-aliada que se ocupaba de los problemas de la ciudad había dado varias órdenes significativas: disolver la “Legión Fiumana” creada por el Consejo Nacional italiano de la ciudad, y también el Consejo mismo, así como sustituir en la ciudad a las tropas italianas allí establecidas, consideradas demasiado próximas a los ideales irredentistas, por otras unidades. El gobierno, presidido por Nitti, estaba dispuesto a cumplir estas disposiciones y fueron emitidas las oportunas órdenes a las tropas, pertenecientes a una de las unidades italianas de más largas y gloriosas tradiciones, los “Granatieri di Sardegna”. El 25 de agosto de 1919 se producía la evacuación del primer contingente, entre gigantescas manifestaciones de los fiumanos, que imploraban a los soldados que no les abandonaran. Estos dejaron atrás la ciudad con el corazón encogido y los ojos llenos de lágrimas de rabia. Apenas salidos de la ciudad un grupo de oficiales decidió conjurarse y pasar al ataque. Siete oficiales juramentados (“¡Fiume o Muerte!”) se dirigen a D´Annunzio para que encabece el movimiento rebelde. Aunque el poeta-soldado se hallaba aquejado por una altísima fiebre, parte precipitadamente hacia Ronchi, donde los oficiales rebeldes le esperan. Lo hace tan rápido que no da tiempo a que le alcance el único hombre político con el que había estado íntimamente en contacto los últimos meses, Benito Mussolini (los “Granatieri di Sardegna” habían ofrecido en fechas anteriores la posibilidad de liderar su revuelta al escritor Sam Benelli, al líder sindicalista revolucionario Enrico Corridoni, al jefe del partido nacionalista Luigi Federzoni, auno de los descendientes del héroe nacional, Peppino Garibaldi, y al mismo Mussolini).

Alea iacta est. La suerte estaba echada. D´Annuzio, al frente de un reducido número de soldados rebeldes (186 granaderos) sale desde Ronchi (cerca de Trieste), hacia Fiume. La “Marcha de Ronchi” es el primer acto de la epopeya. Es el día 12 de septiembre. Cuando esta Marcha sobre Fiume acabe, ese mismo día, la columna del soldado-poeta habrá crecido con sucesivas incorporaciones espontáneas hasta 2.250 soldados. En vez de oponerse a su paso, los hombres –que reconocen al héroe por sus medallas y sus cicatrices- se unen a él. En cuanto a las unidades militares de otras nacionalidades, comprenden que oponerse a esta aguerrida y bien pertrechada tropa es una temeridad y abandonan el campo. D´Annunzio entra en Fiume aclamado frenéticamente por unas multitudes que están al borde de la histeria. Sus cálculos habían sido ciertos: ha bastado una demostración de valor y orgullo para que las potencias coaligadas contra Italia retiren sus peones del terreno de juego.

Benoist-Mechin, a mi parecer justificadamente, ha puesto en relación estos hechos con otros que él mismo ha estudiado minuciosamente en su magistral “Historia de Alemania y de su Ejército”. Me refiero a la marcha de los “Freikorps” alemanes hacia el Báltico: “la marcha de los Arditi sobre el Adriático se realiza mientras los Cuerpos Francos alemanes progresan hacia el Báltico, a través de Curlandia. Estas dos aventuras son estrictamente contemporáneas (…) es de esos raros momentos de la Historia en las que una fracción del Ejército, rechazando el seguir jugando el papel al que el Estado quería reducirlo- el de guardián y protector de una situación dada- se lanza a la aventura de abrir el camino a un nuevo Derecho humano” (13). En efecto, si el 12 de septiembre los “Arditi” tomaban Fiume, el 6 de octubre del mismo año los hombres de los Cuerpos Francos ocupaban Dunaburg (Daugavpils, en Letonia). ¿Es sólo la resistencia de Europa Occidental ante el avance de los eslavos? No lo creo: “la patria ardía en aquellos corazones atrevidos”, como escribió Von Salomon. Pero no sólo para defender sus límites, sino también, y aún más, para renovar su misma vida nacional, tanto política como culturalmente. Pero volvamos a Fiume.

Los “Arditi” que entran en Fiume cantando hasta enronquecer su himno, “Giovinezza”, se juntan con los voluntarios de la “Legión de Fiume”. Del Palacio de Gobierno se arrían todas las banderas, salvo la italiana. D´Annunzio es designado “Comandante”. El poeta-soldado se dirige desde el balcón a las masas, inaugurando un ritual que se hará característico:

“Italianos de Fiume (…) En un mundo loco y vil, Fiume es hoy el signo de la libertad; en un muno loco y vil hay sólo una cosa pura: Fiume; hay una sola verdad: Fiume; hay un solo amor: Fiume. Fiume es como un faro luminoso que brilla en un mar de abyección”.

¿No suena un poco exagerado todo esto para lo que parece ser apenas uno más de los innumerables conflictos fronterizos que en el mundo han existido, existen y existirán? Muchos han explicado esta oratoria recurriendo tan sólo al característico estilo ampuloso de parte de su obra literaria. Pero esto, por sí solo, es absurdo. No entenderemos jamás la epopeya de Fiume si no nos acercamos al pensamiento del poeta. “En la contraposición delineada por D´Annunzio entre Fiume y el resto del mundo se manifiesta una concepción elitista que desde hacía tiempo caracterizaba los escritos y declaraciones públicas edel poeta. Para D´Annunzio el mundo se dividía en dos campos, incluso podríamos hablar de dos niveles de realidad moral, cuyos símbolos eran Fiume y Roma. Fiume, donde se había expresado en un único acto de heroísmo viril la voluntad de un pueblo oprimido; y Roma, que se limitaba a vegetar, como de costumbre, entre las rutinarias preocupaciones por los asuntos de Estado, es decir, donde se desarrollaba una política manejada por viejos estadistas enclaustrados en cuatro paredes y entre la vulgaridad del mundo post-bélico” (14). Fiume no era un pedazo de tierra. Fiume era un símbolo, un mito, algo que quizá no pueda entenderse en nuestros días, en una época tan refractaria al mito y a los ritos. La empresa de Fiume tiene más de rebelión cultural que de anexión política. No está de más señalar aquí que ocupando Fiume, D´Annunzio se proponía darle una bofetada a Woodrow Wilson, el hombre que había frustrado las esperanzas italianas (“el mentiroso cuya sonrisa descubre treinta y dos falsos dientes”) ¿Simple exabrupto contra una potencia extranjera poco amiga? No, D´Annunzio tenía razones íntimamente más profundas: desde lo más íntimo de su alma odiaba a “esa pseudocivilización fundada en el culto al dólar”.

Pero estoy desviándome del hilo de esta exposición. D´Annunzio sí que valoraba los ritos y los mitos. La experiencia de Fiume fue elocuente en este punto. Apenas llegado a la ciudad empezó a orear un ritual, una liturgia, destinada a tener unos ecos muy amplios. Ante los ojos de los civiles de Fiume y de sus legionarios desplegó una bandera italiana que había llevado uno de sus amigos, oficial de infantería, cuando murió en combate. Con este símbolo sagrado galvanizó la voluntad de aquellos hombres, haciéndoles jurar que lucharían hasta la muerte. El culto a los héroes caídos por el ideal ocuparía en adelante el lugar central de una liturgia fiumana. No menos significativo fue que entre las primeras medidas del Comandante estuviera el diseñar un símbolo para Fiume. Y ese símbolo fue el de la llama de fuego; símbolo que ya había sido utilizado por los “Arditi” en la guerra y que entroncaba perfectamente con la definición danunziana de Fiume como “ciudad-holocausto”. Pero sin duda lo más famoso y trascendente habría de ser la nueva forma de liderazgo político, basada en las arengas a las masas, que se convertían en un auténtico diálogo entre el poeta-soldado y un gran conjunto de hombres y mujeres, que respondían unánimemente a sus preguntas y secundaban con una sola voz sus invectivas y sus gritos de guerra. Esta comunicación electrizante (mejor diríamos comunión) convertía cada mitin en un plebiscito. Las masas eran arrastradas por una oratoria creadora y brillante a una nueva forma de manifestación política, más noble y trascendente que la anodina anécdota de depositar un voto de papel en una urna. Los hombres que gritaban hasta enroquecer los estentóreos “Eia!, Eia!, Alalaaa!” –el célebre grito de guerra danunziano-, se sentían partícipes de una comunidad orgánica de ideales y voluntades y se vinculaban a un líder carismático que sabía captar cuál era su genuina voluntad mucho mejor que cualquier político al uso. La regeneración de la política que muchos, empezando por Max Weber, han considerado necesaria para que el mundo no caiga en manos de los burócratas, tuvo en Fiume uno de sus primeros y más afortunados ejemplos.

Volvamos a temas más prosaicos. ¿Cómo reaccionó Italia y el mundo ante la conquista de Fiume? En Roma fue el momento del pánico. El gobierno y los parlamentarios temían una “marcha sobre Roma” de D´Annunzio y sus legionarios. En las Cancillerías extranjeras se dudaba sobre si todo esto no sería una maniobra apoyada clandestinamente por el gobierno italiano, para dar más fuerza a sus negociaciones, o bien se temía el inicio de una revolución que fuera el final de la débil democracia italiana. Sorprendentemente, nada ocurrió. El Comandante, ingenuamente, pensó que su gesto bastaría para levantar a los italianos contra Nitti y esto, evidentemente, no sucedió. Nitti aprovechó la coyuntura y reaccionó declarando fuera de la ley a D´Annunzio y a sus legionarios, así como decretando el bloqueo a la ciudad, con el apoyo del parlamento.

Se abría un largo período de 16 meses, a lo largo de los cuales Fiume y su Comandante desafiaron a Italia y al mundo. “Más que molestias impuestas al gobierno fiumano, convertido en ilegal por las autoridades de Roma, el verdadero obstáculo de la empresa de Fiume fue la larga espera” (15). Los primeros días fueron aún exultantes: las tropas italianas destinadas a cercar la ciudad –al mando de un personaje que se hará famoso, el general Badoglio- desertaban y se incorporaban a los legionarios fiumanos en tan gran cantidad que el Comandante tuvo que rechazar a unidades enteras, por carecer de medios para abastecerlas. Desde Italia llegaban testimonios de apoyo y, aunque el gobierno censuraba la prensa para impedir manifestaciones de solidaridad, el periódico milanés “Il Popolo d´Italia”, dirigido por Mussolini, sostenía ardorosamente la causa fiumana. El líder del futurismo, Filippo Tommaso Marinetti, fue uno de los primeros en visitar la Fiume liberada. También lo haría, más tarde, Guglielmo Marconi, el inventor de la radiodifusión. Hubo otros muchos, pero la visita más significativa sería la de Mussolini (el 7 de octubre) quien se esforzó por hacer comprender a D´Annunzio que no podía encerrarse en Fiume, que debía lanzarse sobre Roma, desembarcando sus soldados en los puertos del Adriático, para abolir después la monarquía y tomar el poder. En ese momento aquello era aún imposible, pero D´Annunzio cometió aquí su primer error histórico. ¿Por qué el Comandante no se aprovechó de la ocasión, se pregunta Benoist-Mechin? “Se le veía dudar, contemporizar, perder un tiempo precioso. Pero no era audacia lo que le faltaba. Lo había probado. Esta vez parece haber pecado de exceso de presunción. En vez de saltar sobre su presa, adueñándose por la fuerza de Roma, parece haber imaginado que el Rey, viniendo hasta él, le ofrecería el poder sobre una bandeja. En esto es en lo que se equivocó”. Mussolini, un profundo admirador de D´Annunzio, era sin embargo un hombre realista. Y de hecho no confiaba ni en la capacidad de análisis político del Comandante ni en sus dotes de organizador. Conquistar Fiume no debía tener otro objetivo que saltar de allí con destino a Roma. Y eso no lo vio el poeta-soldado.

De hecho, D´Annunzio miraba en dirección contraria: hacia la costa dálmata. El conde Nino De Fangogna había desembarcado inesperadamente con un grupo de seguidores en la ciudad de Trau el 25 de septiembre y, aunque había sido obligado a reembarcar por los marines norteamericanos, pareció por un momento que el ejemplo podía extenderse. El Comandante tenía sus ojos puestos en Zara y en Pola. La visita de Corridoni, para animarle a marchar sobre Venecia, no tuvo más éxito que la de Mussolini. Esto no quiere decir que el Comandante no comprendiera que era vital para sus proyectos el hacer caer al gobierno de Nitti, pero era esta una tarea que confió a los políticos del Consejo Nacional italiano de Fiume. Eran estos unos políticos de viejo cuño, sólo preocupados por la anexión de su ciudad al Reino de Italia y ajenos a todo proyecto revolucionario, que no dudarían en negociar con Badoglio y con los políticos de Roma, incluyendo al gobierno, con tal de conseguir sus pragmáticas aspiraciones.

Los hombres del entorno inmediato del Comandante eran de una naturaleza totalmente distinta. Uno de ellos se hacía notar especialmente: Guido Keller. Había sido uno de los ases de la aviación italiana en la guerra y en Fiume destacó por organizar un grupo de singulares piratas que era capaz de adueñarse de cualquier barco, italiano o extranjero, que navegase por las aguas comprendidas entre el Estrecho de Messina y Venecia. En el Fiume cercado la llegada de los buques capturados era motivo de una alegría indescriptible, no sólo porque contribuía a solventar la penuria de abastecimientos de la ciudad (por causa del bloqueo establecido por el gobierno) sino -aún más- por lo que estos hechos tenían de desafío y reafirmación de su voluntad. Estas incursiones no se limitaban al mar. En tierra, los hombres de Keller fueron capaces de interceptar las líneas de comunicaciones enemigas, manteniendo así puntualmente informado al Comandante. Incluso se dio un golpe de mano para capturar a uno de los más destacados enemigos de la empresa dannunziana en Fiume, el general Nigra -uno de los comandantes de las tropas que cercaban la ciudad- quien una vez en presencia del Comandante se vio obligado a retractarse públicamente… En otra ocasión, ya hacia el final de la aventura fiumana, Keller voló en solitario hasta Roma para lanzar un orinal sobre la sede del Parlamento. El mismo D´Annunzio participaba en operaciones similares y así, el 14 de noviembre, desembarca en la ciudad de Zara (bajo administración militar italiana) para anexionarles simbólicamente por unas horas.

En la ciudad misma el ambiente no podía ser mejor. Fiume parecía vivir una fiesta permanente: “La vida en la Fiume dannunziana era un continuo espectáculo (…) esta eterna fiesta contribuía a mantener el apoyo de los legionarios y de los ciudadanos a los planes del Comandante. La eficacia de la movilización de las masas fiumanas será mejor valorada si se la considera sobre el fondo de la grave situación económica que padecía la ciudad y teniendo en cuenta las dificultades sociales que gravitaban sobre Fiume en el otoño e invierno de 1919” (16). En efecto, la otrora activa ciudad portuaria y mercantil estaba paralizada. Los suministros escaseaban. La moneda se había hundido. Y el panorama italiano evolucionaba en sentido totalmente contrario al deseado por el Comandante, ya que Nitti había sido capaz de ganar las elecciones de noviembre de 1919.

En esta situación desesperada eran pocos los hechos que llevaban hasta Fiume la esperanza. Y el más relevante de ellos fue la arribada del buque mercante “Persia”. Cargado hasta reventar de armas y municiones, el buque había sido fletado para llevar estos suministros al Ejército Blanco del Almirante Koltchak, que en Siberia combatía a los bolcheviques. Pero, en vez de dirigirse hacia Vladivostok, su comandante, el Capitán Giuletti, había puesto su proa en el rumbo de la ciudad asediada de Fiume. Giuletti no era un capitán cualquiera de la marina mercante: era el presidente de la “Gente del Mare”, el sindicato socialista de los marinos. Y también un amigo íntimo de Enrico Malatesta. El suceso estaba destinado a tener amplias consecuencias. Hasta entonces las fuerzas nacionalistas conservadoras habían constituido el sector más amplio de los que apoyaban a D´Annunzio (junto con los ex-intervencionistas de izquierda). Pero estas fuerzas habían sido incapaces de derribar a Nitti. Ahora eran los hombres de izquierda los que empezaban a prestarle un apoyo capital y D´Annunzio –en consonancia con este hecho- iba a reorientar su política en sentido netamente radical.

Para empezar, el Comandante quiso situar el conflicto en una nueva perspectiva internacional. El discurso del 24 de octubre (titulado “Italia y Vida”) marcó la nueva época. En él, D´Annunzio, tras repasar la lucha por la anexión de Fiume a Italia en sus distintas fases, daba un nuevo enfoque al problema que la ciudad-holocausto suponía en la política mundial:

“Podremos perecer todos bajo las ruinas de Fiume; pero de las ruinas emergerá, vigilante y activo, el Espíritu. Desde la Irlanda del indómito “Sinn Fein” hasta la bandera islámica de Egipto, todas las insurrecciones del Espíritu contra los devoradores de carne cruda y contra los explotadores de pueblos inermes se encenderán con nuestra chispa (…) Todos los expoliados de todas las especies se reagruparán bajo nuestro signo. Y los inermes serán armados. Y la fuerza se opondrá a la fuerza. Y la nueva Cruzada de todas las naciones pobres y empobrecidas contra las naciones usurpadoras y acumuladoras de toda riqueza, contra la raza de los depredadores, contra la casta de los usureros que explotaron ayer la guerra y hoy la paz, la novísima cruzada, restablecerá la verdadera justicia, crucificada por un maníaco gélido con catorce clavos (17) (…) Fiumanos, italianos, cuando gritasteis que la historia escrita con lo más generoso de la sangre italiana no podía cerrarse en París (…) anunciasteis el fin del mundo viejo. Por eso vuestra causa es la más grande y la más bella que se opone hoy a la demencia y a la villanía en el mundo (…) Vuestra causa acoge hoy a las razas blancas y a las naciones de color, concilia a los seguidores del Evangelio y del Corán (…) Toda insurrección es un esfuerzo de creación. No importa que sea truncada por la sangre, porque los supervivientes la transmitirán al porvenir”.

Alejándose de forma tan elocuente del nacionalismo pequeño burgués de los miembros del Consejo Nacional, el Comandante se acercaba a los ideales de revolución mundial de Giuletti y Malatesta; y se hacía eco a la vez de la teoría de la “nación proletaria” desarrollada por Roberto Michels y otros sindicalistas revolucionarios, como nuevo modelo de Estado Nacional que debería arrancar su lugar al sol en el concierto internacional a los imperialismos de las naciones plutocráticas. Micahel A. Ledeen ha interpretado estos hechos presentando al Comandante como un profeta del tercermundismo avant la lettre. Quizá sea más exacto decir que en él, después de siglos de hablarse incansablemente de los derechos del hombre, aparece por vez primera la temática de los derechos de los pueblos.

Esta nueva orientación suponía un cambio radical en la actitud hacia los vecinos eslavos. Yugoslavia, el Estado artificial surgido de los sueños expansionistas servios y de los oscuros intereses geopolíticos de las potencias occidentales, no era tan sólo el enemigo de Fiume. También lo era de los nacionalistas croatas, montenegrinos, macedonios y albaneses. El Comandante empezaba a comprender que poco podía esperar de un pueblo italiano que seguía votando a Nitti. Quizá la salvación de Fiume procediera de las nacionalidades eslavas que veían cómo el poderío de Servia crecía amenazador.

Mientras D´Annunzio evolucionaba hacia esta nueva forma de pensar, los líderes dell Consejo Nacional proseguían frenéticamente sus negociaciones con Roma. Pero la autonomía decisoria de Nitti era mínima. Sin el apoyo financiero de los EUA el país iría al caos económico. Y los norteamericanos seguían inflexibles en su oposición a la anexión de Fiume. Aún así el Consejo Nacional fue capaz de llegar a unos acuerdos de mínimos con el Gobierno a finales de noviembre. Se contempla en ellos la anexión de la ciudad dentro de determinadas condiciones. Tras algunas vacilaciones, D´Annunzio rechazó este “modus vivendi”. Muchos de los apacibles burgueses de Fiume se sentían satisfechos con él, pero no los hombres como Keller y sus guerreros (no podemos calificar de soldados, en el sentido usual de la palabra, a los singulares especímenes reunidos en torno suyo y que formaban la Centuria “La Disperata”). D´Annunzio y sus legionarios se resistían a aceptar un fin tan prosaico para una aventura tan fascinante. Aunque el pueblo de Fiume votara –como en efecto votó- a favor del acuerdo, el Comandante se negó a aceptarlo y a finales de diciembre se suspendían todas las negociaciones con Roma y con Badoglio. El 31 de diciembre de 1919 el Comandante volvía a dirigirse a las masas:

“Hoy se cumple un año milagroso: no el año de la Paz, sino el año de la Pasión (…) no el año de Fiume, sino el de la marcha de Ronchi. Versalles significa juventud, belleza, novedad profunda. Contra una Europa que vacila, se tambalea y balbucea; contra una América que no consigue desembarazarse de la mitad de un mentecato que ha sobrevivido a la enfermedad vengadora (18) (…) contra todos y contra todo, nosotros tenemos la gloria de dar nombre a este año de fermentos y de tormentos (…) No hay lugar de la tierra donde el alma humana sea más libre y novedosa que en estas orillas (…) celebremos esta creación y preservemos este privilegio”.

Lo decisivo de este giro ha sido clarividentemente subrayado por Ledeen: “D´Annunzio había decidido dar un significado nuevo a su aventura adriática; un significado mucho más vasto que el propósito de “completar” la Italia victoriosa y defender el derecho a la autonomía de los fiumanos”. Para alcanzar estos propósitos el Comandante invitó a Alceste De Ambris a venir a su lado, con el propósito explícito de redactar una Constitución para Fiume. De Ambris, líder del sindicalismo revolucionario (era secretario general de la “Unione Italiana del Lavoro”), intervencionista de izquierda y por algún tiempo enlace entre el Comandante y Mussolini, fue nombrado Jefe del Gabinete del Comandante.

Desde septiembre a diciembre D´Annunzio se había apoyado en los hombres del Consejo Nacional (Giurati, Sinaglia), pero estos hombres de derecha conservadora sólo habían actuado con calma y prudencia, buscando el pacto. En cambio, hombres de izquierdas como Giuletti y De Ambris prestaban un apoyo entusiasta y comprometido. En la mente del Comandante llegó a fraguarse la idea de una marcha sobre Roma codo con codo con las fuerzas políticas de izquierda. Malatesta y Bombacci (19), sondeados, dieron su apoyo, pero el Partido Socialista se negó en redondo.

El nuevo rumbo, inequívocamente revolucionario, entusiasmaba a Keller y a sus hombres. Mientras los legionarios conservadores y monárquicos abandonaban la ciudad, los restantes (en general veteranos “arditi”) aspiraban a metas cada vez más ambiciosas, Keller organizaba a sus “orgullosos y salvajes” guerreros en el grupo “Yoga”, definido como “unión de espíritus libres tendentes a la perfección”. Fiume estaba inmóvil, como en una postura de yoga, pero en su seno se iban creando las fuerzas espirituales renovadoras que el mundo esperaba.

Y el mismo Comandante profundizaba en su peculiarísima concepción de la actividad política: “D´Annunzio en Fiume –escribe Ledeen- estaba empeñado en la creación de un nuevo tipo de liturgia que tendría la máxima importancia en la evolución de las fiestas públicas y en el desarrollo de la política de masas en el mundo contemporáneo. Pero las formalidades exteriores (las cotidianas marchas al campo con los soldados, los discursos desde el balcón, el diálogo con las masas, la invención de nuevas fiestas “cívicas”) no habrían sido por sí solas suficientes para mantener a los legionarios en ese constante entusiasmo característico de los hombres del mundo de Keller. En el curso de 1920 D´Annunzio creó una nueva visión del mundo, que acabó por ser el lenguaje “oficial” de Fiume”.

Definitivamente, la empresa de Fiume ya no era la de los venerables pequeño-burgueses nacionalistas. Y la novedad no era tan sólo la subyugante liturgia diseñada por el Comandante. Fiume era también un laboratorio de ideas y proyectos políticos, algunos realmente ambiciosos: la redacción de una nueva Constitución y la creación de la Liga de Naciones antiimperialistas (una réplica a la ginebrina Sociedad de Naciones) eran los proyectos más ambiciosos y , junto a ellos, los planes, más antiguos, para realizar una conquista revolucionaria del poder en Italia, los tendentes a desmembrar el Estado yugoslavo y los intentos de crear unas fuerzas armadas de nuevo cuño, con un carácter más acorde con el espíritu “freikorps” de los guerreros libres de “La Disperata”.

La “Liga de Fiume” debía ser la concreción del deseo del Comandante de oponerse al “complot de ladrones y estafadores privilegiados” de la Sociedad de Naciones. D´Annunzio soñaba con unir bajo la bandera de Fiume desde irlandeses a hindúes, pasando por húngaros y egipcios: todos los pueblos sometidos a los imperialismos vencedores y también los pueblos humillados por los tratados de paz firmados en los suburbios de París. Leon Kochnitzky, un poeta belga llamado a Fiume en el otoño de 1919, y nombrado Jefe de la Oficina de Relaciones Exteriores, fue el impulsor del proyecto, estableciendo contactos con distintos grupos nacionales con vistas a la organización de un congreso internacional. Aunque llegaron adhesiones de Irlanda, de Egipto y de la India, y se establecieron contactos firmes con numerosas nacionalidades balcánicas, las angustiosas penurias financieras de Fiume impidieron realizar el Congreso, y a fines de abril de 1920 la idea podía darse ya por abortada. Pero nadie puede negar la trascendencia de este intento, que se adelantó en varias décadas a la Conferencia de Bandung y a la aparición con contornos precisos del Tercer Mundo (movimiento en cuya génesis estuvieron, precisamente, los países en que D´Annunzio había pensado: la India, Egipto y Yugoslavia… convertida hasta entonces en Estado Federal) apuntando, además, hacia una política que cada día más vemos como la única positiva para el futuro de Europa: la alianza entre el Viejo Continente y el Tercer Mundo.

Idéntica suerte siguieron las muy avanzadas negociaciones realizadas con líderes albaneses, croatas y montenegrinos para apoyar los levantamientos nacionalistas en todos esos países: el Comandante jamás logró disponer de la masa de armas y dinero que tales proyectos exigían. Los acuerdos con estos nacionalistas balcánicos preveían que las en las nuevas organizaciones estatales surgidas de las revueltas habría un amplio margen de autonomía cultural y política para las nacionalidades minoritarias que quedaran incluidas en las nuevas fronteras.

Pero si era materialmente imposible echar los cimientos de un nuevo orden internacional, no había tantos inconvenientes para fijar un nuevo modelo de estructura estatal. Aunque estoy de acuerdo con De Ferette en que “el proyecto de Constitución nace de la situación inconexa en que se encontraban los poderes del Comandante, del Consejo Nacional y de la Autoridad Militar” sería un error, y grave, el limitarse a ver en esta sorprendente Constitución, conocida como Carta del Carnaro (20) el intento por regular las relaciones entre el poeta-soldado y los pequeño-burgueses del Consejo Nacional. Como ha subrayado Benoist-Mechin, la Carta del Carnaro, publicada el 27 de agosto de 1920, “está muy lejos de ser un Código Civil o de los preceptos del Derecho Romano” y su análisis llenará de perplejidad a cualquier estudiante de Derecho Constitucional.

Aunque partía de un texto original de De Ambris, la redacción definitiva correspondía al Comandante. El título oficial del texto, “Reggenza Italiana del Carnaro. Disegno di un nuovo ordinamento dello Stato Libero de Fiume” (“Regencia Italiana del Carnaro. Proyecto de un nuevo ordenamiento…”) no es, lo subraya Benoist-Mechin, casual: “D´Annunzio ha evitado hacer una Constitución estática, simple “constatación” de un estado de cosas determinado. No quiso imponer a los hombres los límites de una ley-marco inmutable y rígida, sino proponerles una Constitución susceptible de una evolución constante. No una obra acabada sino destinada, voluntariamente, a no estar acabada nunca, lo que es algo muy distinto”.

La Constitución estaba bajo la advocación de la Décima Musa. ¿Cuál es esta Musa? En el curso de un viaje a Grecia, al oráculo de Apolo en Delfos, el poeta se había quedado extasíado ante la estatua de una mujer joven en cuyo basamento se leía: ENERGEIA. D´Annunzio narraba así a Benoist-Mechin la impresión que aquello le produjo:

“Era una Musa, me dije con una iluminación súbita; la Décima Musa, ¡la Musa Energía! La Antigüedad no la había reconocido porque aquella época estuvo limitada y como cerrada en sí misma. La Antigüedad no cantaba alabanzas más que de las obras acabadas. La Décima Musa es la de los tiempos modernos, la del futuro, la del porvenir. Sus hermanas son estáticas, sólo ella es dinámica. Sin ella Clío se inmovilizaría y Melpómene estaría muda. Ella inspira las revoluciones y los “coups de force” victoriosos, todo lo que no existe aún y aspira a nacer. Es la Musa del esfuerzo, del dinamismo creador, la Musa de las comunidades emergentes y de los pueblos en génesis. Inspira las fuerzas misteriosas que yacen en el fondo de las colectividades humanas y actúa en ellas como la levadura, asegurando su ascensión. Es lírica, porque todo lo que en el mundo hay vivo es poesía: el canto, la danza, el trabajo, el combate. En fin, esta Musa es la Imaginación, es decir, la percepción consciente de lo que podría ser. Sin ella las multitudes no serían sino tristes agregados de individuos, aplastados por la opresión y la mentira. Ella infunde a los Estados la fuerza necesaria para hacer que los pueblos que gobiernan alcancen a ser lo que realmente deben: una plenitud ascendente. Hasta aquí el mundo no ha conocido más que nueve Musas. No había descubierto la Décima, porque el grado de evolución que le permite tener conciencia de ella no se había alcanzado. Hoy es de otra manera, porque esta conciencia se despierta. El siglo XX se distingue de los precedentes por la irrupción de la Décima Musa en los asuntos públicos. Será el siglo de la energía. O bien perecerá por sus excesos o bien sabrá integrarla en sus instituciones. Será un giro decisivo: se traducirá por la instauración de LA IMAGINACIÓN EN EL PODER. Es lo que intenté hacer an la Constitución que proyecté para Fiume… Era una hija de la Décima Musa. No era sino el comienzo…”

El proyecto constitucional del Comandante se abría con una declaración “de la voluntad perpetua del pueblo” donde exponía las razones históricas, culturales y morales de la italianidad de Fiume y presentaba a la ciudad como ejemplo para la renovación de Italia. La preceptiva declaración de derechos del hombre, común a todas las Constituciones redactadas después de la norteamericana y la francesa era así sustituída por una declaración de los derechos del pueblo, de la nación. A continuación se establecían los Fundamentos de la nueva Constitución. Leamos:

“La Regencia del Carnaro es un gobierno intrínsecamente popular. Res populi. Este gobierno tiene por fundamento el poder del trabajo productivo y por normas directrices las formas más amplias y variadas de autonomía, tal como fueron aplicadas en los cuatro siglos gloriosos del período de las comunas italianas” (21).

Basándose en las fuerzas populares productivas, el Comandante soñaba con un modelo de Estado descentralizado, donde la persona disfrutaría de todas las garantías del Estado liberal (la Carta desarrollaba la protección de las libertades individuales, el habeas corpus, la igualdad ante la ley, etc.) y de las por entonces aún inéditas ventajas del Estado-Providencia y el Estado Socialista (se recogían los derechos a la educación gratuita, a la asistencia sanitaria, al seguro de desempleo, a las pensiones, etc.) pero en el que el sacrosanto principio liberal de la propiedad privada estaría limitado:

“Aunque el Estado considera el uso de la propiedad como la más útil de las funciones sociales, no considera la propiedad como un derecho absoluto (…) el único título legítimo de un medio de producción o cambio es el trabajo”.

Tras exponer los Fundamentos, la Carta desarrollaba los deberes y derechos de los ciudadanos, de los municipios y de las corporaciones. También aquí el tono de las palabras es totalmente ajeno al que estamos habituados a leer en un documento institucional. Al hablar de los ciudadanos, por ejemplo, leemos:

“La vida es bella y digna sólo cuando es vivida grave y magníficamente por el hombre enteramente renovado por la libertad. El hombre completo es aquel que sabe reinventar cada día su propia “virtud” (22) y ofrecer cada día a sus hermanos un nuevo don”.

Y las palabras no son la única novedad. Una aportación fundamental es el reconocimiento de las corporaciones -colectivos de los trabajadores y profesionales de las distintas actividades económicas- como órganos del Estado. Las Constituciones al uso dan existencia jurídica estatal a las colectividades geográficas de hombres (los municipios, las provincias, las regiones) pero no reconocen a las colectividades laborales. Para el Comandante, las corporaciones, órganos integrantes del Estado, debían gozar no obstante de una autonomía absoluta y en ningún caso ser empleadas como correas de transmisión del poder ejecutivo. Todos los ciudadanos debían pertenecer a una de las diez corporaciones previstas; cada una de ellas sería libre para darse sus propios estatutos, contaría con sus propios recursos y órganos directivos; también serían –en un rasgo muy dannunziano- las responsables de organizar sus propias festividades cívicas, diseñando sus rituales, y encargadas de honrar a sus propios héroes y mantener el recuerdo de sus muertos.

El genio dannunziano, que atribuyó a las nueve primeras corporaciones distintas categorías de trabajadores y empleados, reservó la décima corporación para los hombres inspirados por la Décima Musa:

“Esta corporación es el receptáculo de las formas misteriosas que actúan como una levadura en el fondo de un pueblo que trabaja para asegurar su ascensión. Casi es una figura votiva consagrada a este genio desconocido, a la aparición del hombre nuevo, a las transfiguraciones ideales de los trabajos y los días, a la liberación del espíritu realizado en el esfuerzo, a las conquistas obtenidas por el sudor y la sangre. Está representada en el Panteón cívico por una lámpara siempre encendida, que ostenta una vieja inscripción toscana de la época comunal, sorprendente alusión a una forma espiritualizada del trabajo humano: FATICA SENZA FATICA”.

En cuanto a las municipalidades, modeladas según el ejemplo de las Comunas italianas del Bajo Medioevo y el Renacimiento, gozarían también de una amplia autonomía. El poder legislativo se articulaba en dos cámaras –una de ellas formada por representantes de las corporaciones- que se reunirían por breves períodos y cuyos debates debían ser “de una brevedad lacónica”… Como se puede ver, un futuro muy negro para nuestros parlanchines políticos profesionales y para los leguleyos inveterados. El gobierno sería elegido por las cámaras y dirigiría la administración. Para casos de emergencia nacional y a imitación de la República romana se preveía la figura de un dictador temporal, que sería el Comandante (D´Annunzio o quien le sucediese en el cargo). En un modelo estatal tan descentralizado, gracias a las corporaciones y las municipalidades, las dimensiones y atribuciones del poder ejecutivo quedaban automáticamente limitadas. Finalmente, el poder judicial se articulaba en distintos tipos de tribunales, y sólo en los superiores las plazas de jueces estaban reservadas a hombres de formación académica jurídica.

La Carta también regulaba otros aspectos de la vida comunitaria. En el capítulo de defensa se preveía un ejército popular nacional, con un breve servicio militar. La Cultura era objeto de una atención prioritaria ya que, como se leía en el texto, “para todo pueblo de noble origen la cultura es la más luminosa de las armas de largo alcance”, y para Fiume amenazada de perder su identidad cultural en una región predominantemente eslava:

“la cultura es más que un arma: es una fuerza indomable, como el derecho y la fe”.

El Comandante fue siempre un hombre de letras y un hombre de acción. Como nos sugiere la figura del Doncel de Sigüenza, como vemos en los literatos del Siglo de Oro español, ha habido siempre hombres creadores que han sabido combinar admirablemente las letras y las armas. A imagen y semejanza de un Garcilaso, soldado del César Carlos y poeta insuperable; de un Cervantes, combatiente de los Tercios de su Católica Majestad Felipe II en Lepanto y suprema gloria de la prosa castellana, D´Annunzio supo siempre que las armas, que la acción, debían estar al servicio de la Cultura. “La Cultura es un bálsamo contra la corrupción, un viático contra la degradación”, leemos en la Carta, donde se afirma expresamente que “la Regencia Italiana del Carnaro coloca en la cúspide de sus leyes la cultura del pueblo”. La Constitución establecía qué centros académicos debían ser creados y qué tipos de materias debían ser cursadas…

Sorprende en la Carta la amplitud de los derechos individuales reconocidos a los ciudadanos: igualdad ante la ley, derecho al voto, derecho de petición a las autoridades y las cámaras, posibilidad de revocar y de pedir responsabilidades a todo tipo de cargos públicos, todo tipo de derechos asistenciales sociales. No menos sorprendente es el grado de descentralización del Estado, articulado en numerosas instancias intermedias (municipios y corporaciones). Pero lo que nos deja definitivamente boquiabiertos son capítulos como los referidos a la Edilidad y a la Música, frutos del genio dannunziano. Muchísimo antes de que los epígonos de mayo del 68 pasaran de las barricadas a la nouvelle cuisine française o a la pasión por el diseño y de que, donde habían puesto los maximalistas afanes revolucionarios instalaran ahora el discurso sobre la “calidad de vida”, la Carta del Carnaro ya contemplaba aspectos tales como la generalización del deporte, la protección del entorno ecológico y la mejora de la calidad de vida como objetivos estatales.

“Un Colegio de Ediles –leemos- se crea en la Regencia. Es elegido con discernimiento entre los hombres de gusto, de experiencia y de educación moderna. Más que inspirarse en la edilidad romana este Colegio hace revivir la función de los “oficiales propuestos para el ornamento de la ciudad” que en las Comunas de nuestro siglo XIV trazaban las perspectivas de una avenida o de una plaza con el mismo gusto musical que el que inspiraba el austero ordenamiento de un desfile republicano o la alegre decoración de un carnaval (…) Este Colegio de Ediles estudiará el medio de devolver al pueblo el amor por las bellas líneas y los bellos colores en los objetos que utilizan en su vida cotidiana”.

Hoy parece ya aceptada la idea de que una parte de los gastos públicos de las administraciones debe emplearse en promover actividades culturales de masas. Por desgracia esto sólo conduce en nuestros días a chabacanos conciertos de rock y a financiar ampliamente a intelectuales y artistas próximos al gobierno de turno. Con un sentido mucho más elevado, D´Annunzio ya había intuido la importancia de lo que en nuestros días es presentado por las administraciones como su “oferta cultural” (una expresión bien significativa de la mentalidad mercantil imperante) y en el capítulo dedicado a la Música (algo inimaginable en cualquier Constitución que no sea la fiumana) escribía:

“En la Regencia Italiana del Carnaro la Música es una institución religiosa y social. Cada mil o dos mil años brota de las profundidades de un pueblo un himno inmortal. Un gran pueblo no es solamente el que crea un Dios a su imagen y semejanza, sino aquel que crea un himno para su Dios”.

No fue casualidad que uno de los últimos eventos de la Fiume dannunziana fuera un gran concierto protagonizado por el maestro Toscanini, invitado, junto a su orquesta, por el Comandante, para “respirar el aire más resonante del mundo”. ¡Qué gran Constitución será aquella que, como la de Fiume, regule cómo y dónde deben crearse orquestas, teatros y masas corales!

Un texto como este (calificado por unos como “monumento capital en la historia de la utopía” y por otros como “constitución prefascista”) despertó el entusiasmo de los dannunzianos incondicionales como Keller. En un texto donde comentaba la Carta, el líder del grupo “Yoga” y comandante de “La Disperata” escribía que la tarea del Estado moderno era la de volver a dar significado al trabajo, degradado desde el comienzo de la Revolución Industrial, al hacerlo mecánico y repetitivo, rebajando al hombre de creador a herramienta. El trabajo debía ser valorado y honrado: “El trabajo –escribía Keller- será un placer, una de las necesidades humanas”. Se comprende así mejor la algo críptica frase “Fatica senza fatica” (que podríamos ahora traducir como “trabajo sin esfuerzo”). Ledeen toma de nuevo la palabra: “Situar al trabajo como realización de las energías creadoras del hombre, tal fue el objetivo de la Regencia. La estructura corporativa que De Ambris ideó para el nuevo Estado estaba destinada a dar a cada hombre el máximo posible de participación en el mundo de su trabajo (…) Además, la Carta garantizaba una vasta gama de servicios y derechos tendentes a hacer más digna así la vida del trabajador”. Pero la dignificación del trabajo (presentado como hace Ernst Jünger en “Der Arbeiter” [ El Trabajador] como héroe de los tiempos modernos) no era sino un peldaño hacia la aparición del hombre superior que D´Annunzio, uno de los mayores nietzscheanos de Italia, soñó siempre:

“He querido –declararía el Comandante años más tarde- establecer un equilibrio entre las dos tendencias fundamentales del hombre: la sed de libertad y la necesidad de asociación, porque sin ella no existiría la sociedad”.

Benoist-Mechin ha desarrollado más explícitamente esta idea básica del pensamiento dannunziano: “Este doble proceso hacia la libertad y la asociación existe permanentemente en el hombre y genera una especie de movimiento pendular. En un primer momento el hombre se abalanza hacia la periferia. En tanto que individuo, aspira a organizar su vida con el máximo de independencia. Pero pronto, otra fuerza, actuando en sentido inverso, le lleva hacia el centro, donde reencuentra a sus semejantes y establece lazos con ellos. En la primera fase toma conciencia de su identidad. En la segunda, conquista su plenitud e imprime a su vida un carácter ascensional. La mejor Constitución es, pues, aquella que permita este doble movimiento ejercerse con el mínimo de limitaciones, evitando a la vez los peligros que se presentan en los dos extremos del péndulo: la disolución en el anarquismo y la fosilización en la tiranía” (23). Comprendemos así mejor esta Constitución que es anti-estatista, laica, con amplísimas libertades individuales y grandes avances sociales, pero que en vez de ser una Constitución inorgánica e individualista, como todas las Constituciones modernas, es patentemente orgánica y federadora, como ha subrayado Benoist-Mechin. Ello se debe a que, como anota el historiador francés, “los tres pilares en los que reposa son las Comunas (Municipalidades), las regiones y las corporaciones”. No deja al individuo solo y desnudo ante la ley, sino que lo inserta en un haz de realidades vivas y concretas que dan más riqueza y diversidad a su vida. No lo deshumaniza, despojando al hombre de su complejidad para no dejar de él más que un esquema abstracto. Le anima a desarrollar todas sus potencialidades, otorgándole un conjunto de funciones y responsabilidades. La Constitución de Fiume, en fin, asegura el predominio del desarrollo sobre el crecimiento, del despliege de la capacidad creadora del hombre en vez de la proliferación de las cosas” (24).

La Constitución de Fiume no era el producto de una fantasía febril, ni el resultado del “dilettantismo” de un esteta metido a revolucionario. Creo que la breve ojeada que le hemos echado bastará para convencer al lector de que nos hallamos ante un auténtico texto revolucionario en la historia de las ideas políticas. De hecho esto lo comprendieron muy bien sus coetáneos enemigos ya que, no por casualidad, coaligaron a partir de ese momento sus esfuerzos para acabar con la experiencia fiumana. Los primeros ataques procedieron del mismo Consejo Nacional, firmemente conservador, que, en las mismas fechas en que se proclamaba la Constitución, pasó a enfrentarse frontalmente con las organizaciones sindicalistas de la ciudad, que contaban con el apoyo del Comandante. A la vez, el Partido Socialista daba orden a sus afiliados en Fiume de no apoyar a D´Annunzio y la dirección del PSI rechazaba la invitación de éste para que secundara su política. Leon Kochnitzky escribía, amargado: “una responsabilidad tremenda recae sobre los dirigentes del PSI”. Benoist-Mechin –de nuevo- da en el clavo al escribir: “La tentativa fiumana, como sabemos, no tuvo futuro. Ni los capitalistas ni los socialistas tenían interés en dejarla instaurar ni siquiera en los estrechos límites de la Regencia del Carnaro. Podía haberse extendido como una mancha de aceite. Los historiadores que estudian los hechos de Fiume no han insistido más que en las reivindicaciones italianas frente a Yugoslavia, en la polémica entre los delegados italianos y los representantes de las potencias Occidentales en la Conferencia de París, en el duelo entre D´Annunzio y el gobierno romano. Pero ¿basta esto para entender todo?”. No, desde luego que no basta. Las fuerzas políticas de derecha e izquierda, dentro de Fiume, en Italia y también a escala internacional, harían todo lo posible para acabar con el mal ejemplo que el poeta-soldado estaba dando.

Para desgracía del proyecto dannunziano había, además de la fuerte oposición de sus enemigos (casi podríamos decir que existió conspiración en su contra), graves problemas internos, fundamentalmente los derivados del agotamiento de las energías de los legionarios fiumanos. El “impasse” en el que se debatía la cuestión fiumana quebraba el ánimo de aquellos hombres, de temperamento activista. La situación italiana no mejoró porque, aunque finalmente cayó Nitti, su sucesor –Giolitti- no abandonó su oposición frontal a D´Annunzio. Y, aún más, supo atraerse hacia su coalición parlamentaria a los fascistas. El pueblo italiano, por otra parte, se desinteresaba cada día más de la suerte de sus connacionales de Fiume. Finalmente, el nuevo jefe de gobierno supo llegar a un acuerdo diplomático con Yugoslavia. El tratado de Rapallo, firmado en noviembre de 1920, establecía las fronteras italo-yugoeslavas. Zara, la ciudad dálmata que un año antes había ocupado simbólicamente D´Annunzio, quedaba incorporada a Italia; Fiume pasaba a ser una Ciudad Libre; y se reconocía a los italianos de las restantes ciudades dálmatas el derecho a mantener su pasaporte italiano. La mayor parte de las fuerzas políticas que habían apoyado la aventura fiumana (los nacionalistas de Ferderzoni, los ahbitantes de Fiume, incluso De Ambris y Mussolini) consideraban que los intereses italianos quedaban bastante bien parados. Quienes se habían levantado contra la “victoria mutilada” veían al menos una parte de sus aspiraciones satisfechas (25). El Comandante no. El no había combatido por un pedazo de tierra sino por crear un hombre nuevo en un mundo nuevo. Su sueño era anexionar Italia a ese microcosmos innovador que fue Fiume. Podemos comprender su desolación. Se sintió traicionado por todos, cayó en un profundo abatimiento. Y el gobierno aprovechó la ocasión para darle la puntilla. El 21 de diciembre de 1920 las tropas del gobierno se desplegaron en torno a la ciudad y pidieron la rendición. Ante la negativa, el día 26 la Marina de guerra italiana hizo acto de presencia en la rada y cañoneó el palacio donde residía el Comandante. Fue la “Navidad Sangrienta”. En esta miniguerra civil morirían 22 legionarios fiumanos y 25 soldados gubernamentales. El Comandante capituló, no por falta de valor personal, sino porque –como le diría De Ambris al mismo D´Annunzio- todo había cambiado desde los días de la Marcha sobre Fiume: “En el momento de la marcha de Ronchi, contigo tenías dos inmensas fuerzas morales: la desesperada voluntad de Fiume y el consenso de una gran parte de la opinión pública italiana. Estas dos fuerzas hoy no existen ya”. Prolongar el sacrificio de sus legionarios y el de los civiles de Fiume era una actitud sin sentido y sin futuro. Acababa el año 1920 y D´Annunzio celebraba su última ceremonia tras 16 meses en Fiume: un acto religioso en memoria de los caídos.

¿Qué trascendencia tuvo la aventura de D´Annunzio en Fiume? Para muchos la respuesta es simple: el Comandante fue el San Juan Evangelista del fascismo de Mussolini, el creador de su liturgia, de sus rituales. Resulta imposible negar la filiación dannunziana de una gran parte del fascismo. Es lo que muchos no le perdonarán jamás (26). No está demás recordar, sin embargo, que Lenin lo definió como “el único revolucionario de Italia”, que Gramsci buscó un acercamiento al poeta-soldado y que el también comunista Bordiga trató de levantar a los veteranos de Fiume contra el fascismo ascendente. Incluso se ha anotado recientemente su vinculación con la extrema izquierda italiana contemporánea, refractaria a la vía parlamentaria y partidaria de la lucha armada: “Basta con leer los escritos de Toni Negri y de Franco Pipperno, los líderes de Autonomía Obrera y Poder Obrero, para darse cuenta de quienes son hoy los verdaderos herederos del poeta-soldado” (27). Decir que D´Annunzio fue el San Juan Evangelista del fascismo será decir poco o nada trascendente mientras que sigamos careciendo de una buena definición de lo que en realidad fue el fascismo. Mientras se siga viendo en él “la dictadura terrorista del gran capital”, como dijo en su día Dimitriv, definir a D´Annunzio como fascista es absurdo. Quizá sea la adecuada comprensión de la experiencia de Fiume una de las vías para acceder a un conocimiento más correcto de lo que fue y lo que significó el fascismo.

En todo caso, la experiencia de Fiume trasciende también los límites del fascismo. Ha sido Michael A. Ledeen quien ha sabido situar mejor la experiencia dirigida por el Comandante en un amplio contexto: “Por dieciséis meses D´Annunzio gobernó la ciudad de Fiume y la mantuvo a despecho del mundo entero. No se trata sólo de unos hechos fascinantes y atractivos por derecho propio, sino también de un modelo verdaderamente revelador y sugestivo, puesto que Fiume, bajo D´Annunzio, representó un microcosmos del mundo político moderno y un análisis del Fiume dannunziano es una gran ayuda para explicar gran parte del comportamiento político de las sociedades Occidentales después de la Gran Guerra. El tipo de manipulación política elaborado por D´Annunzio ha sido el precedente de afortunados movimientos de masas en los decenios siguientes (…) somos los herederos de una tradición política que, en gran parte, se desarrolló en los 16 meses en los cuales Fiume estuvo bajo el control del poeta. La edad de la política de masas ha sido una realidad gracias a los hombres que han aprendido cómo forjar a las masas en un bien afiliado cuerpo político y, entre ellos, D´Annunzio ocupa un lugar importante”.

Todo el electrizante ritual dannuziano permitía lograr un crisol donde ideas y fuerzas antes opuestas podían fundirse. “Fiume fue uno de los primeros gobiernos –afirma Ledeen- que consiguió una nueva forma política de consenso. D´Annunzio consiguió convencer a fuerzas aparentemente contrapuestas de que su gobierno era el que representaba mejor sus intereses (…) La esencia de la idea política de D´Annunzio consistió en la intuición de que intereses contrastados podían encontrar su superación, incluso su “sublimación” en un movimiento de nuevo tipo”. La Liga de Fiume y la Carta del Carnaro (ese “código napoleónico reescrito por un Ezra Pound” como alguien ha escrito) son dos ejemplos de estas afirmaciones.

Aún podemos llegar más lejos. “La revuelta capitaneada por D´Annunzio estaba dirigida contra el viejo orden existente en Europa Occidental y fue realizada en nombre de la creatividad y de la virilidad juvenil (…) la esencia de tal revuelta fue la liberación de la personalidad humana”. Son palbras de Ledeen. Tan ambiciosos sueños son incomprensibles sin acercarse directamente a la figura de D´Annunzio; lo que, por otra parte, debe conducirnos al objetivo final de este artículo: analizar el papel del intelectual y de la Cultura en nuestro tiempo.

Él, que no era una líder político en el sentido clásico, ni tampoco un intelectual volcado en el análisis socio-político, demostró que el artista capaz de establecer el lenguaje de la política ejerce, de hecho, un gran poder. Su ingente capacidad mitopoiética hizo girar en torno a sus ideales –a su favor o en su contra- toda la vida política italiana. Supo cubrir, además, el vacío que ordinariamente se abre entre los intelectuales y las masas. En resumen, D´Annunzio va más allá del modelo de intelectual “engagé”, presentándosenos como el prototipo de creador en la letra y en la acción.

Pero ¿qué lleva a un creador literario hasta la acción política revolucionaria? La Revolución Liberal (en lo político) y la Revolución Industrial (en lo económico-social) han supuesto la aparición de la sociedad de masas. Pero de masas amorfas controladas por intereses mercantiles: es la sociedad del consumismo. La literatura y el arte no han podido escapar a la lógica implacable de las leyes de la oferta y la demanda y de la máxima rentabilidad como objetivo supremo. ¿Qué arte y qué literatura suministrar a las masas? Un arte y una literatura plebeyizadas. Es el mundo del “best-seller”, en el que el artista es valorado por la cotización que sus obras puedan alcanzar en una subasta, o por el número de ejemplares vendidos, independientemente de su calidad intrínseca. La comercialidad es el valor supremo. D´Annunzio se rebeló siempre contra esta perversión. En su obra literaria y en su epopeya fiumana hay un denominador común: el afán por transformar a las masas plebeyizadas del mundo contemporáneo en una comunidad orgánica de hombres y mujeres elevados por la cultura. Sólo en una sociedad donde la persona haya sido así dignificada, el poeta, el creador, podrá liberarse de la dictadura del mercader, desplegar su potencialidad creadora en vez de obsesionarse por el éxito de ventas.

Cuando, el 1 de marzo de 1938, moría Gabriele D´Annunzio, Europa perdía a uno de sus más notables creadores contemporáneos, a un apóstol de la imaginación y de la energía, a un hombre que supo entender que lo que nuestro siglo necesita es, antes que nada y por encima de todo, una Revolución Cultural.

NOTAS

(1) Son opiniones de G. Barbieri Squarotti, recogidas por Juan Arias, en “El País”, 2.3.1988.

(2) No es éste un artículo donde se pretenda estudiar la obra literaria de Gabriele D´Annunzio, pero imprescindible, para una adecuada comprensión de su figura, reseñar sucintamente sus libros.

En poesía sus principales títulos son “Primo Vere” (1878), “Canto Nuovo” (1882), “Intermezzo di Rime” (1883), “La Chimera” (1885-1888), “Elegie Romane” (1887-1891), “Odi Navali” (1891-1893), “Poema Paradisíaco” (1893) y, sobre todas ellas, “Laudi del Cielo, del mare, della terra e degli Eroi” (1902-1912).

En el capítulo de teatro destacan “La Citta morta” (1898), “La Gioconda” (1899), “Francesca de Rimini” (1902), “La Nave” (1908) y “Fedra” (1909).

La novela fue el género de otras obras: “Il piacere” (1889), “Giovani Episcopo” (1892), “L´innocente” (1893), “Il triunfo della morte” (1880-1894), “Le vergini delle rocce” (1894) e “Il fuoco” (1899).

Escribió también en francés, con títilos como “La Pisanelle” y –sobre todo- la obra de teatro “Le martyre de Saint-Sebastien”. Otros libros suyos son “Per la Morte di Carducci” (1907), “La Leda senza cigno” (1916), “Notturno” (1921), “Il venturiere senza aventura” (1924), “Il sudore di sangue” (1931)… Sus discursos a favor de la causa fiumana y los pronunciados en la ciudad dálmata están recogidos en “Il livro ascetico della Giovane Italia” (1926).

(3) F.T. Marinetti, “Manifiestos y textos futuristas” Ediciones del Cotal, Barcelona, 1978. Cfr. Pág. 62.

(4)Cfr. Mi artículo “Sergio Panunzio”, REVISION, vol. III, nº 1.

(5) El nombre de “Oración de Quarto” deriva del lugar desde donde, en 1860, Garibaldi partió con sus “camisas rojas” hacia la conquista de Sicilia.

(6) Las arengas intervencionistas de D´Annunzio aparecen recopiladas en “Per piu grande Italia; Orazione e Messagi”, 1915.

(7) La Paz entre los Imperios Centrales y las Potencias Aliadas se realizó gracias a una serie de tratados negociados y firmados en distintas localidades de los alrededores de París: Versalles (con Alemania), Saint-Germain (con Austria), Neuilly (con Bulgaria), Trianon (con Hungría) y Sevres (con Turquía).

(8) El caso de los italianos Sacco y Vanzetti fue mucho más que un ejemplo de error judicial. Acusados, juzgados y ejecutados por un delito que no habían cometido, su caso reveló la xenofobia latente en los países anglosajones contra los hombres de origen latino.

(9) Micahel A. Ledeen, “D´Annunzio a Fiume”, Edizioni Laterza, Roma, 1975.

(10) Esta alusión resulta difícilmente comprensible sin conocer una peculiaridad del símbolo heráldico de la ciudad de Venecia, el león de San Marcos. Cuando la ciudad estaba en guerra el libro del Evangelio que el león lleva entre sus garras se representaba cerrado, mientras que cuando se halla en tiempo de paz el libro se representa abierto.

(11) Montello y Vittorio Veneto son los nombres de dos de las principales victorias italianas en la I Guerra Mundial. Rovigo es una ciudad del Veneto, en la carretera de Venecia a Bolonia. El “Victoria a ti, Marcos” es –de nuevo- una alusión al santo patrón de Venecia.

(12) Ledeen, op. cit.

(13) “Benoist-Mechin presente l´imagination au pouvoir ou la Constitution de Fiume” La Pensee Nationale, nº 9, noviembre-diciembre de 1975.

(14) Ledeen, op. cit.

(15) Guillaume de Ferette, “Autosie d´un itineraire politique: Gabrielle d´Annuzio”,Defenese de l´Occident, nº 138 y nº 139 (marzo y junio de 1976)

(16) Ledeen, op. cit.

(17) Alusión al “Programa de los 14 puntos” del presidente Woodrow Wilson, donde se definían los objetivos norteamericanos para la postguerra.

(18) Alusión a la grave enfermedad padecida por el presidente Wilson, interpretada por D´Annunzio como un castigo divino.

(19) Enrico Malatesta fue uno de los discípulos italianos de Bakunin. “Anarcocomunista”, vivió una vida revolucionaria muy agitada a partir de las insurrecciones anarquistas italianas de 1874, participando en actividades políticas revolucionarias, además de en su país, en Argentina, Francia, Gran Bretaña, EUA y España (donde organizó grupos anarquistas en Madrid y en Andalucía). Durante los primeros años del fascismo italiano editó “Pensero e volonta” (1924-1926). Murió en 1932, en Roma. Ha sido definido como uno de los mayores revolucionarios italianos de la era contemporánea. Nicola Bombacci fue otro de los grandes revolucionarios italianos de la primera mitad del siglo XX. Líder del ala “maximalista” del Partido Socialista, fue después uno de los fundadores del PCI, del cual ostentó cargos directivos hasta 1924. El aplastamiento por parte del terror estalinista de los auténticos revolucionariosbolcheviques le fue apartando del comunismo. Su acercamiento progresivo al fascismo culminó con su adhesión plena a la República Social italiana. Fue ejecutado por partisanos comunistas al final de la guerra.

(20) Carnaro es el nombre italiano de la región donde se encuentra Fiume.

(21) Las ciudades italianas del bajo Medioevo y del Renacimiento (la Florencia de los Médicis, el Milán de los Sforza, la Venecia de los Dogos, etc.) fueron siempre para el Comandante ejemplos de comunidades políticas en las que el arte y la cultura brillaron de manera inigualable.

(22) La palabra italiana “Virtu” no puede ser traducida directamente por la española “virtud” ya que implica también “valor”, “carácter”, “energía”. Se comprende mejor por relación a la idea griega de la “arete”.

(23) Estas ideas de D´Annunzio enlazan perfectamente con el modelo de análisis político de Ludwig Van Bertalanffy, la “teoría sistemática”. Van Bertalanffy rechazaba la separación entre las ciencias que se ocupan de lo órganico y de lo inorgánico. Su concepto clave es el de “sistema”, definido grosso modo como una unidad en la que existen fuertes tendencias que niegan la entropía del universo, o tendencia constante existente en la materia hacia el máximo grado de desorganización, como han demostrado las leyes de la termodinámica. Pero van Bertalanffy ha recordado que existen, en la materia y en las sociedades, tendencias que niegan la entropía (neguentrópicas). D´Annunzio supo captar instintivamente lo que Van Bertalanffy iba a teorizar en 1937: el doble juego de las tendencias entrópicas y las neguentrópicas existentes en toda sociedad, que tienden a equilibrarse (en un proceso de homeostasis) que mantiene la unidad.

(24) De nuevo encontramos aquí una notable anticipación dannunziana sobre la evolución del pensamiento contemporáneo. El antropólogo francés Louis Dumont, en sus libros donde ha analizado la génesis de la ideología occidental, ha llamado abrumadoramente la atención sobre el hecho de que ésta, individualista y economicista, desemboca en una sociedad donde la posesión de cosas (la “reificación” o “cosificación”) se erige en valor supremo, en vez de colocarse como tal las relaciones hombre/hombre y hombre/sociedad, a través de las cuales el hombre se realiza y despliega. El crecimiento (la multiplicación de los objetos que han de ser producidos y adquiridos) prima así sobre el desarrollo orgánico de la sociedad y del hombre. Cfr. “Homo Aequalis. Génesis y apogeo de la ideología económica”, Taurus.

(25) En 1923 Mussolini anexionó Fiume, lo que fue reconocido diplomáticamente por Yugoslavia en 1924. En 1944 Tito la incorporó a la República Federal de Croacia, una de las integrantes de la Federación Yugoslava.

(26) Leonardo Sciascia, “D´Annunzio, el fascismo y su eco”, El País, 31.1.1988.

(27) Juan Arias, “Revisión en Italia de la figura de D´Annunzio en el 50 aniversario de su muerte”, El País, 2.3.1988.

Publicado en REVISION, vol. IV, nº2, octubre 1990

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