Cultura Transversal

Derechos humanos y revisión de la historia.

Posted in Autores, Censura y Libertad, Historia, Vicente Blanquer by paginatransversal on 15 septiembre, 2009

por Vicente Blanquer

La historiografía tradicional -Raul Hilberg, Victor Frankl, Hannah Arendt y Yehuda Bauer- tras la segunda guerra mundial ha sostenido la tesis del genocidio judío como culminación lógica de los postulados ideológicos del nacionalsocialismo. La historiografía revisionista por el contrario ha cuestionado los métodos de análisis empleados. Por último, dentro de la propia historiografía clásica, cabe distinguir entre la postura de quienes como Bauer son favorables a la censura en nombre del honor de las víctimas, que según ellos está amenazado por el revisionismo, y la de aquellos que como el propio Raul Hilberg son favorables a la libertad de expresión dentro de lo que constituye el debate académico propiamente dicho.

La controversia surgida en torno a los “supervivientes” del Holocausto ha desatado una vivísima polémica en el seno del propio judaísmo, al amparo de la cual el revisionismo se ha ido abriendo paso poco a poco. La obra de Filkenstein “La industria del Holocausto” (*) denuncia la contradicción entre un número de muertos elevado para recalcar la barbarie nazi y un número igualmente elevado de supervivientes. No es posible estar vivo y muerto, a la vez. Muerto para denunciar la maldad nazi, de la que nadie duda, y vivo para cobrar las indemnizaciones. No sería muy riguroso incluir a 4.390.049 “supervivientes-peticionarios” de indemnizaciones entre los muertos del Holocausto. Porque son 4.390.049 los individuos a los que, con arreglo a convenios internacionales, ha tenido el gobierno de la República Federal Alemana que pagar 50.18 billones de marcos, entre octubre de 1953 y diciembre de 1983 (1)

Si admitimos asimismo que son 600.000 los supervivientes del “Holocausto”, ello supondría que ha habido 3.790.049 resurrecciones, lo cual sería una buena noticia que, tal vez, contribuiría al acercamiento ecuménico judeo-cristiano porque si en la segunda mitad del siglo XX pueden producirse tales fenómenos ¡¿cómo podemos dudar de la resurrección de Cristo en el siglo primero?!

Denuncia este autor que las cifras al alza son peligrosas porque dan argumentos a los “negacionistas” y denuncia la censura del sionismo oficial sobre este tema porque no sólo perjudica a los llamados revisionistas, sino también a las propias víctimas del nazismo que no son indemnizadas directamente sino a través delas organizaciones sionistas que administran dichos fondos. Para autores como Bauer los revisionistas son unos mentirosos que saben que están mintiendo y con la mentira no es posible entrar a considerar sus argumentos. Para él estos autores no revisan sino que niegan la evidencia y por ello no debemos escucharlos ni polemizar con ellos.

Para el lego en la cuestión, sin descartar la hipótesis de Bauer, se plantea una pregunta: si los “negacionistas” sí entran en los argumentos de sus oponentes, y los consideran para refutarlos, podría ser por dos motivos:

1.- Porque consideran que quienes sostienen la tesis del genocidio lo hacen de buena fe pero que sus argumentos son erróneos.

2.- Porque admiten la posibilidad de que aquellos entren en los suyos, es decir, que quienes sostienen la tesis del genocidio estén en lo cierto y que ellos estén equivocados.

Para quienes tenemos un conocimiento superficial de la polémica se nos plantea el siguiente problema. No es posible denunciar un asesinato sin un asesino, ni un robo sin un ladrón. Del mismo modo no es posible denunciar una opinión como mentirosa sin juzgar la conciencia y la intención del otro y resulta sorprendente que algunos de quienes más han denunciado la Inquisición como el mayor atropello a la conciencia humana tengan el valor de violarla nada más y nada menos que en nombre de esos derechos humanos que dicen defender. ¿No creen que al actuar así la gente pueda pensar que, más que tener la razón, den la impresión de tener miedo?

Un error muy extendido es creer que el revisionismo histórico niega el genocidio, lo cual puede ser cierto en algunos autores, pero no en todos ni siquiera en la mayoría. Lo que niega el revisionismo es que la mera afirmación del genocidio constituya por si misma prueba suficiente de su existencia, lo cual es muy distinto. La autentica revisión histórica, la investigación sin “a prioris”, se opone tanto al negacionismo como al afirmacionismo. En historia existe lo que se puede demostrar con pruebas documentales, y lo que no se puede demostrar simplemente no se toma en consideración pues de lo contrario la ciencia historiográfica volvería a la era del rumor y la leyenda. El cuestionar la fiabilidad de las pruebas o los métodos de análisis en los que se basa la afirmación de que la muerte de judíos bajo el III Reich se debió a un proyecto criminal concreto, ¿supone negar el Holocausto o cuestionar su carácter?

De todas las cuestiones planteadas por el triunfo del materialismo biológico en la Alemania de los años 30 hasta el final de la segunda guerra mundial sin duda la llamada solución final, el exterminio sistemático y deliberado de los judíos europeos por parte de las autoridades nacionalsocialistas, es la que más pasiones suscita. El horror que en todo ser humano producen la tortura y el asesinato de inocentes ha hecho que los estudios sobre dicho tema se hayan abordado desde un punto de vista ético o moral más que estrictamente histórico. Ello ha creado incontables dificultades a los investigadores, pues, con frecuencia, su labor se ha visto entorpecida y dificultada por la acción de la opinión pública y los poderes políticos para los cuales la “soah”, el holocausto, posee un valor escatológico y metarracional que no puede ser, no ya cuestionado, sino ni siquiera estudiado o analizado. Se considera un hecho ante el cual la única actitud es la contemplación y el silencio. No debería ser necesario, sin embargo, recordar a las personas que así piensan cuántas “realidades incuestionables” basadas en la mentira han sido semilla de odio y fanatismo a lo largo de la historia, p.e.: que los cristianos practicaban canibalismo o sacrificaban recién nacidos; que los judíos asesinaban recién nacidos; que Juana de Arco tenía tratos con el demonio, etc.

Tras los enfoques emotivos de algunas víctimas de la brutal tragedia se alzaron las primeras denuncias de otras víctimas del nazismo, como Paul Rassinier, militante antifascista francés de la resistencia y también ex-deportado en Buchenwald y en Dora, que consideraban que el sufrimiento concede derecho a lo que es justo y sólo a lo que es justo. La obra del Dr. Rassinier “El Drama de los judíos europeos” (*) supuso un análisis crítico del “genocidio posible”, a partir de datos estadísticos de los propios judíos (entre ellos los del Centro Mundial de Documentación Judía, de Tel Aviv) sobre dicha población, lo cual arrojaba una cifra de 1.485.292 judíos que con una corrección al alza del 40% para incluir a los judíos no practicantes podía dar una cifra de 2.079.528 judíos, cifras que no concuerdan con los 6 millones, pero es que además si aceptáramos esta última cifra cotejada con las estadísticas judías tendríamos que admitir que los judíos poseen la capacidad de duplicar su población cada 3 años. A estos estudios vendrían a sumarse otros que abordarían cuestiones tales como la ausencia de garantías procesales en Nüremberg, lo cual fue un error para las potencias vencedoras pues si bien, a corto plazo, les permitía obtener unas sentencias espectaculares, desde el punto de vista histórico el rigor de las pruebas aportadas por la acusación se devaluaba considerablemente ya que a los acusados correspondía probar su inocencia. Es decir se partía de un “a priori” en contra de lo que es la práctica jurídica habitual.

Para llevar a cabo una empresa de tal magnitud son necesarias unas órdenes muy precisas. Unas órdenes generales que se traduzcan en órdenes particulares y todo ello debería de haber dejado algún rastro de tipo documental. Sin embargo, en un sistema tan burocratizado como el nazi, la impresión que pretende darse es que las cosas funcionaban de modo “oral”.Es decir que las relaciones administrativas del III Reich se basaban en la “confianza” y que no se comprobaba ni la procedencia de las órdenes ni su cumplimiento.

Por otro lado, indudablemente, en los campos de concentración murieron cientos de miles de personas, sin embargo en cualquier juicio por asesinato (y el genocidio mientras no se demuestre lo contrario es un asesinato), sin pruebas forenses, sin autopsias nadie se atreve a efectuar un dictamen sobre la causa de las muertes (2) . Teniendo en cuenta que, según Iván Lagaz, especialista en crematorios del tanatorio de Calgary (Canadá), que llevó a cabo un estudio sobre los crematorios de Auschwitz, Maidanek y Treblinka, cada cadáver necesitaba un mínimo de 2 horas para consumirse, y los hornos deben funcionar al 50% por motivos de seguridad. Teniendo en cuenta que la capacidad de incineración al 100% de los hornos de todos los campos de concentración durante el periodo de la solución final es de 430.600 personas, suponiendo que funcionaran al 100% todo ese tiempo, ello significaría que tendríamos 1.648.928 cadáveres sobre los que investigar o practicar al menos un estudio aleatorio. ¡Y no digamos si aceptamos la cifra de los 6 millones! La única posibilidad de justificar la imposibilidad de un estudio forense sería demostrar que los cadáveres judíos arden a mayor velocidad que los cadáveres del resto de las personas y que por tanto 2.079.528 cadáveres de judíos tienen la propiedad de consumirse a mayor velocidad que 2.079.528 cadáveres de no judíos.

De todas las cámaras de gas que se dijo que había en los campos de concentración alemanes la única que se exhibió en cinta fue la de Dachau, que no era sino la antesala de un crematorio. El hecho de que los campos de concentración en muchos casos fueran centros de producción de armamento suscitó dudas sobre el que la finalidad de los mismos fuera compatible con un programa de genocidio (3) . De hecho la investigación actual, incluso la más conservadora, limita el número de campos de exterminio a siete: Riga, Treblinka, Sobibor, Maidanek, Bergen Belsen, Birkenau y Chelmo. Auschwitz finalmente ha sido excluido a raíz de las investigaciones de Germar Rudolf sobre análisis químico de las “cámaras de gas” y el nivel freático del campo, aunque para subsanar este “contratiempo” suele hablarse actualmente de Auschwitz-Birkenau.

El estado actual de nuestros conocimientos nos plantea por consiguiente algunas dudas. Si el programa de genocidio sólo se llevó a cabo en siete campos, o bien rebajamos las cifras con lo que podríamos cuestionar que el gaseamiento obedeciera a un programa de genocidio y deberíamos plantear la posibilidad de que obedeciera a un programa de eutanasia, o bien si pretendemos seguir manteniendo la primera hipótesis deberemos confirmar las cifras con un estudio de los registros y archivos de dichos campos. Por el momento, a falta de más pruebas, los 40 archivos de Auschwitz que establecen los registros de los internos por nombre, nacimiento, último lugar de residencia y defunción sólo registran 68.000 defunciones, que no son pocas. Sin embargo sabemos que la eutanasia no era una medida antijudía, sino una ley de aplicación general para todos los alemanes que además no habría podido ser aplicada dentro del contexto de la solución final, debido a que por presiones de las iglesias tales medidas dejaron de aplicarse en agosto del 41, lo cual nos lleva a plantear la posibilidad de que dichas muertes se deban a negligencia criminal y no a un asesinato premeditado, lo cual no cambia el juicio moral que podamos tener del nazismo pero sí el que teníamos de los vencedores y en este sentido constituye un importante motivo de reflexión que podría llevar a los investigadores e intelectuales a identificarse menos con el punto de vista de los aliados y a adoptar las necesarias cautelas que toda exégesis requiere.

La aplicación de la técnica del peritaje químico a los campos de exterminio “seguros” ha sido decepcionante. El problema del gaseamiento se plantea con los análisis químicos por la siguiente razón: el Zyclon B es gas hidrocianhídrico. Si realmente se hubiera aplicado éste donde se dice que se aplicó, debería haber dejado una impronta azul en las paredes y hallaríamos restos del mismo en el interior del mortero, incluso aunque se hubiesen limpiado las paredes. Sin embargo, los resultados de las llamadas cámaras de la muerte son negativos. El gas hidrocianhídrico tiene capacidad para penetrar el cemento de las juntas de los ladrillos traspasando la totalidad del muro. La única forma de borrar esta prueba hubiera sido derribar los muros de las cámaras y construir otros nuevos. Extremo que debería haber sido alegado tanto por los testigos de la acusación que sobrevivieron a los campos como por los nazis (Niemoeller, Gernstein, Hotl, y Höess) que decidieron autoinculparse. La pregunta es la siguiente: ¿cómo consiguieron los aliados que los acusados confesaran que en el lugar de los hechos, las llamadas cámaras de gas, se habían llevado a cabo unos hechos que se ha probado son químicamente indemostrables? Según el historiador judío-francés Pierre Vidal Naquet “Los estudios realizados por químicos de diversos países y distintos orígenes ideológicos son de suma importancia ya que todos ellos son de hecho negacionistas” y añade: “Sería un grave error poner mala cara a una conquista científica como el hecho de que a las cifras de un testimonio tan importante se les debe aplicar un coeficiente de división por cuatro (6 dividido entre 4). Al renunciar a las cifras falsas no se atenúa el crimen de los nazis. El problema del número de las cifras no es esencial.”Sin embargo al cuestionar el “arma del crimen”, el principal argumento de la acusación, no se trata ya de una cuestión de cifras, sino del concepto mismo de genocidio. Si un solo judío hubiese sido asesinado por el hecho de serlo con el propósito de destruir al pueblo judío como tal, estaríamos evidentemente ante un hecho genocida. Ahora bien, la única forma de mantener tal teoría es establecer que el hambre y el tifus, al ser consecuencia de la política alemana, convierte a ésta en responsable deliberada de tales muertes. Si admitiéramos dicho punto de vista ¿cómo deberíamos calificar las muertes de personal civil y militar de los países del Eje en campos de concentración aliados por causas análogas?

Por otro lado tampoco se explica el lenguaje empleado por las autoridades nacionalsocialistas para referirse al problema judío. La postura que sostiene la tesis del genocidio intenta explicar el empleo de un lenguaje y una terminología en el llamado documento Wansee (sin fecha, ni firma ni sellos) debido al pudor “religioso” de los nazis ante un hecho tan bárbaro, cuando lo cierto es que a la hora de adoptar decisiones criminales contra la población civil que apoyaba a los partisanos los nazis no parecen mostrar ese pretendido pudor. ¿Qué pudor experimenta Himmler, por ejemplo, por las órdenes criminales que reconoce haber dado en sus discursos de los días 4 y 6 de octubre de 1943, referentes a al exterminio de las mujeres y los hijos de los partisanos, para evitar que crezcan en el odio contra Alemania (sic.)? Pero estas órdenes, al menos, tienen base documental. Las órdenes son claras y taxativas también a la hora de ordenar represalias o fusilamientos de rehenes (práctica que por lo demás es común a todos los ejércitos de la época, simplemente con remitirnos a los manuales de guerra aliados tal y como inútilmente denunció la defensa en Nüremberg).Probablemente debamos admitir que los nazis eran muy poco nazis si el asesinato de un judío les daba más vergüenza que el de un gentil o un ario. En cuanto al contenido del “documento”, si alguien tiene interés en consultarlo, se refiere al traslado de población al este, lo cual tiene sentido si pensamos que los campos eran centros de producción de armamento y se buscaba alejarlos del radio de acción de la aviación aliada. Mediante este procedimiento los jueces de Nüremberg dieron un paso más allá de lo lícito en la ciencia jurídica juzgando hechos a partir de intenciones atribuidas a los acusados sin base empírica que las fundamenten. Sólo así tiene sentido unas traducciones tan “libres” de los términos: endlösung, gemsamtlösung, zurückdrängun, ausschaltung y ausrotung como exterminio, cuando en alemán dicho concepto se expresa por medio de la palabra verninchtung (4). Para encontrar un precedente de tales técnicas jurídicas debemos retrotraernos a alguna de las páginas más negras de la Inquisición.

Pero, en fin, asumiendo a pesar de todo los criterios metodológicos sostenidos por la tesis favorable a la hipótesis del genocidio creo que el debate académico no tendrá problemas en aplicar dichos criterios al trato aliado a los prisioneros del Eje puesto que, si aplicáramos un criterio diferente, estaríamos negando a los criterios antes mencionados validez universal y ello implicaría reconocer que no estamos obrando de forma científica sino con arreglo a algún otro criterio que se nos escapa. Pero claro, al asumir la tesis tradicional, pues el Parlamento al parecer tiene capacidad para pronunciarse sobre cuestiones de índole académico, para ser coherentes debemos dar por válido el análisis de James Bacque, lo cual vistas las cosas no resultaría sorprendente que condujera nuevas modificaciones legislativas de nuestro código penal (5).

Hasta hace poco las fuentes históricas apenas ofrecían posibilidad para los investigadores de trabajar sobre otro tipo documentación distinta de la prensa. Ello ha hecho que declaraciones de líderes políticos y militares occidentales fueran aceptadas sin contrastar con documentos oficiales, limitando considerablemente nuestras posibilidades. Sin embargo la desclasificación de parte de la documentación aliada con la apertura de archivos de 1980, completada con la desclasificación de los archivos soviéticos en 1990, nos está obligando a modificar algunas ideas que veníamos manejando al respecto. El final de la segunda guerra mundial ha sido presentado como un final feliz en el que, con el triunfo de la causa de la democracia y los derechos humanos sobre la tiranía fascista, tras un breve período gracias a la ayuda del Plan Marshall, vencedores y vencidos se reconciliaron poniéndose las bases de una Europa unida sin resquemores ni venganzas. Sin embargo, pese a lo atrayente y lo idílico del panorama, desgraciadamente éste, a la vista de la documentación desclasificada, no siempre se corresponde con la realidad.

El plan Morgenthau, que preveía la desmembración, desindustrialización y ruralización de Alemania, parecía apuntar en otra dirección. Según Henry Morgenthau, su objetivo era el siguiente: “Quiero que se desmantele el Ruhr… Sé que mi plan dejará sin trabajo de 18 a 20 millones de alemanes… Mi plan tendrá una enorme influencia sobre Inglaterra y Bélgica y debería garantizar para los próximos 20 años su bienestar económico, pues el Ruhr ha sido su principal competidor en el carbón y el acero. De esta manera prestaremos un gran servicio a la economía inglesa”. De este modo la guerra contra el fascismo se instrumentalizaba al servicio de ciertos intereses que poco tienen que ver con la causa de la democracia o los derechos humanos y sus consecuencias iban a repercutir sobre todos, fueran o no fascistas.

Declaraciones de este tipo y aun otras más duras fueron vertidas por influyentes personajes de la vida política y económica de los países aliados que no tardaron en llegar a la prensa alemana. La propaganda evidentemente era nazi, pero las declaraciones y la existencia de tales planes eran reales y no fue tanto la oposición de la bondadosa opinión pública angloamericana al plan, cuanto el informe del general Donovan del O.S.S. (servicios secretos) sobre el hecho de que la filtración de dicho plan por los nazis a la prensa había unido incluso a los opositores al nazismo en contra los aliados lo que llevó a aparcarlo, al menos oficialmente. Así que se decidió rechazar públicamente el plan pero aplicarlo en la medida de lo posible. Y el alcance de esa “medida de lo posible”, la instrucción JCS-1067, según James Bacque, al parecer fue considerable. Los prisioneros alemanes fueron sometidos a trabajos forzados para reconstruir Europa, Estados Unidos y las colonias; a parte de ellos se les dejó morir deliberadamente de hambre mientras se quemaba comida en buenas condiciones o se hundía ésta en el mar y, bajo la autoridad de Eisenhower, se castigaba con pena de muerte el alimentar a los presos, siendo fusiladas algunas adolescentes que intentaban alimentar a sus hermanos. Las escuelas y universidades fueron cerradas; las radios y los periódicos clausurados y cuando se volvieron a abrir fueron sometidos a censura militar. La cruz roja alemana y el servicio postal suprimidos. El carbón, las patentes industriales, la madera y las reservas de oro requisadas. Las fábricas destruidas, incluso las que no tenían finalidad bélica. La Alemania de preguerra tenía un 80% de autosuficiencia alimentaria. Los aliados expulsaron a los agricultores alemanes del 24% de la superficie cultivable alemana, al mismo tiempo que prohibían el uso de fertilizantes. El número de alemanes muertos bajo la ocupación aliada por hambre fue superior al número de alemanes muertos en toda la segunda guerra mundial en todos los frentes y en la retaguardia. ¿Cuál fue la causa de este hambre? Según la explicación tradicional, la barbarie nazi que habría provocado la guerra y los vengativos bolcheviques. Sin embargo las excavaciones realizadas en 1996 en Lambach, Austria, arrojan nuevas dudas al respecto. En las mismas se encontró una fosa común que, en principio, se atribuyó a víctimas judías del nazismo, no obstante la investigación forense confirmó que las víctimas eran alemanas, lo que coincidía con el hecho de que el lugar fue en 1945 un campo de concentración americano. Con posterioridad han surgido otras en Bromberg, Erfurt, Reinberg, etc.

Por otro lado el estudio de las estadísticas aliadas plantea algunos interrogantes. Según el gobernador militar norteamericano Lucius Clay, la mortalidad de Alemania en noviembre del 46 era del 12% al año, sólo ligeramente superior a la del 11,9% del año 39 en el que el impacto de la guerra apenas es apreciable ya que estalló a finales del mismo. Sin embargo el informe secreto del oficial médico de Clay habla del 21,5%. Es de señalar que los primeros años de la posguerra fueron particularmente duros debido al tifus, la gripe, el cólera, la tuberculosis, la falta de calefacción, de vivienda, etc. Por otro lado, si añadimos los nacimientos e inmigración de las estadísticas oficiales observamos lo siguiente:

5 millones de nacimientos
8,3 millones de inmigrantes expulsados
4,8 millones de prisioneros (cifras de Proodfoot)

Ello hace un total de 78,5 millones de personas; sin embargo en el censo de septiembre de 1950 sólo encontramos 68,8 millones. Es decir, tenemos 5,25 millones de “desaparecidos”. 5,7 si tomamos como punto de partida las cifras de la ONU. ¿Dónde fueron? La explicación clásica es que los soviéticos los hicieron desaparecer en el Gulag; sin embargo, la desclasificación de los archivos del KGB no parece corroborar esa teoría. Los rusos en su propaganda sobrevaloraron los prisioneros japoneses en manos occidentales; no obstante, en lo que se refiere a Europa los archivos de sus campos de concentración demuestran que sólo tenían 890.000 alemanes porque estos prefirieron rendirse a los aliados creyendo que recibirían mejor trato. Por tanto se justifican 890.000, quedando 4,36 millones que nos vemos obligados a buscar en otra parte.

Es curioso observar cómo a finales de los años 60, en pleno desarrollo industrial y económico, la mortalidad alemana, según fuentes del gobierno federal era del 12,2%, es decir, superior al año 47 con el tifus, la gripe, el cólera, la tuberculosis, el hambre, el frío y los desplazados. Según James Bacque hay que ser muy generosos, por decirlo de forma educada, para creer tales cifras. Una explicación podría ser que perecieron de forma natural por las desastrosas consecuencias de la guerra provocada por el nazismo. Para que estas muertes puedan ser consideradas “accidentales” hay que demostrar que no era posible obrar de otro modo. Para tener un punto de referencia podemos observar que las raciones holandesas bajo la ocupación nazi hacia 1943 eran de 1.775 calorías por persona y día, mientras en Alemania eran de 1.550 calorías por persona y día en esos mismos momentos. Es cierto que en 1944 se redujo, pero no como consecuencia de una política contra la población civil sino por necesidades de la guerra. Si consideramos que los granjeros fueron expulsados del 24% de la superficie agrícola útil de un país antes autosuficiente en un 80%; si consideramos que cerca de 6 millones de alemanes se encontraban prisioneros sometidos a trabajos forzados al servicio de los vencedores y no podían aportar su esfuerzo a sus familias; si consideramos que la industria alemana había sido destruida, privando al país del recurso al comercio para obtener alimentos es de suponer que ello se debía a que los aliados podían y estaban dispuestos a hacerse cargo del mantenimiento de los alemanes. Pero si el hambre alemana es fruto de la fatalidad de la guerra, ¿qué sentido tiene la prohibición del gobierno militar aliado a la comunidad menonita canadiense y a los cuáqueros americanos para enviar alimentos a sus correligionarios alemanes?¿Qué sentido tiene la orden del general Eisenhower de prohibir a los civiles alemanes entregar comida a los prisioneros bajo pena de muerte?¿Qué sentido tiene prohibir pescar a la población?¿Qué sentido tiene la destrucción de stocks de alimentos en buen estado? Por último, según fuentes de la Oficina Americana para el Comercio Agrícola Internacional, la producción agrícola mundial había alcanzado el 90% de los niveles de preguerra. Las cosechas en Europa fueron particularmente buenas, de acuerdo con el informe de la ONU de diciembre de 1946. El trigo y el centeno habían alcanzado el 80% de la producción normal, la remolacha el 66 % de los niveles de preguerra. Por otro lado los Estados Unidos y Canadá tenían excedentes disponibles según Robert Paterson. La ración británica era de 2.900 calorías/ persona y día. La ración americana era de 3.300 calorías/ persona y día.

Por otro lado, el control de los mares y los espacios aéreos por parte angloamericana no deja lugar a dudas sobre la infraestructura disponible para hacer llegar esa comida a su destino. La única explicación es que se trató de un ajuste de cuentas a expensas de quien está indefenso, del mismo estilo que se produjo cuando tras la primera guerra mundial se prolongó por iniciativa del entonces primer Lord del Almirantazgo Sir W. Churchill el bloqueo naval, tras la firma de los tratados de paz, durante 8 meses causando la muerte de un millón de alemanes. El hambre de 1947, coincidiendo con buenas cosechas, fue en parte debida al hundimiento industrial de Europa que, al hacer caer los precios, provocó que los agricultores retirasen sus productos del mercado. Debemos tener en cuenta que el mínimo biológico necesario para mantener vivo a un ser humano son 1.500 calorías/persona y día. La pregunta ya contestada sobre cuál era la capacidad aliada para alimentar a Alemania debe dejar paso a otras cuestiones.

Los informes de Murfy del año 47 en calidad de asesor político del gobierno militar aliado en Europa pronosticaban que las muertes excederían los nacimientos en Alemania en 2 millones en los próximos3 años, lo cual supone una mortalidad del 24%. ¿Como explicar tales “pronósticos” con los datos que tenemos, a no ser que no se trate de pronósticos y debamos de hablar de previsiones? Según James Bacque, si añadimos a los civiles muertos por el hambre, los expulsados por la limpieza étnica del este y los prisioneros muertos en los campos de concentración, conceptuados eufemísticamente como “otras pérdidas”, la cifra total de muertos oscila entre los 9,3 y los 13,7 millones de muertos. A los prisioneros debilitados por la falta de alimentos se les enviaba a las llamadas “unidades hospitalarias” donde no recibían ningún tratamiento y así se ocultaban las muertes. Nadie volvía de los “hospitales”. Con una ración de 1.390 calorías por persona y día se obtiene una mortalidad de un 0,6% a la semana, un 2,6% de la población al mes y un 32% al año.

El plan Morgenthau fue “oficialmente” abandonado para conseguir desmovilizar a la resistencia alemana; sin embargo las raciones cayeron progresivamente de forma sospechosa. De 1.500 (el mínimo vital) a 1.300, a 1.000, a 900, y en la zona francesa bastante menos. Los efectos de esta política fueron devastadores la mortalidad infantil en Berlín en 1945 fue del 100%. La mortalidad por inanición en Landau (Renania) era del 39% en 1946.En Hamburgo, bajo ocupación británica, murieron 100.000 personas de inanición. En Viena en 1946 era entre el 27 y el 35%.

Para finalizar, no debería ser nuestra misión valorar los acontecimientos históricos, aunque algunos de nuestros colegas dediquen más tiempo a la valoración que al análisis. Sin embargo como no parece ser ésta la óptica de ciertos manuales escolares no estaría de más recordar que el genocidio es el asesinato deliberado de una población por motivos de raza, lengua o religión, sean las víctimas del mismo judíos turcos, o… alemanes. Es decir, por pertenecer a ese grupo nacional con independencia de una culpa personal por un hecho concreto que pueda calificarse de punible. Que el arma del crimen sea la cámara de gas o sea el hambre provocado es completamente indiferente. Asimismo sería interesante que un debate académico arrojara luz sobre estas cuestiones.

El limitar el alcance de la persecución judía bajo el III Reich a niveles parecidos a los de la persecución comunista o católica, lejos de constituir una apología del nazismo, constituye una denuncia de la manipulación del antinazismo que pretende convencernos de que los nazis fueron más buenos o, más malos, con unos que con otros. Desgraciadamente el debate académico hoy por hoy es imposible, pues para que exista el debate es necesario que haya libertad e igualdad de condiciones para todas las partes y eso no se da. Y no por falta de voluntad de las escuelas revisionistas sino por la negativa de los medios académicos oficiales a “rebajarse” a entrar en dicho debate, sin que al parecer se sientan muy incómodos con el hecho de que sus posturas hayan de ser defendidas por la vía penal (tal vez tengan otros argumentos, pero por el momento no podemos saberlo). Y si la justicia sobre las cosas depende, en última instancia, de la verdad sobre las cosas, no debería ser tanto interés de los historiadores revisionistas el exponer públicamente estas dudas para llegar al fondo del problema cuanto de la propia sociedad en que la justicia de su causa no quede empañada por lo que en su nombre hubieran podido hacer determinadas personas.

Conclusiones

El presente artículo no pretende más que ser una exposición del punto de vista de la escuela historiográfica revisionista, sin cuernos ni rabo, tan buena o tan criticable como cualquier otra. Aunque mi especialidad es la historia moderna y no la contemporánea, sin embargo, como ser humano considero que la obligación del historiador es no dejarse ofuscar por las voces de su tiempo y denunciar la instrumentalización que de los Derechos Humanos se está haciendo, como en su día se instrumentalizó la Patria. Hoy se invocan los Derechos Humanos para negar el derecho a la libertad de opinión, a la investigación científica y al derecho a la defensa en relación a un hecho concreto. Si hoy cedemos en este punto concreto pronto deberemos ceder, cada vez más, en relación a más cosas, pues quien cede una vez cede siempre. Los Derechos Humanos de las víctimas del “genocidio”, como las de cualquier crimen, se defienden mediante la verdad, porque si no es así alguien podría pensar que, o bien las “víctimas” no lo son tanto, o que incluso las “víctimas” no lo son en absoluto. Los juristas lo llamarían los frutos del árbol envenenado.

La difamación pública, la pérdida de la libertad, la pérdida de la propiedad, la privación de los derechos civiles y la esterilización o el aborto forzados ya constituyen de por sí crímenes contra la humanidad, pero la dignidad de las víctimas no se ve respaldada cuando su defensa se hace sobre castillos de arena y, es más, quien recurre a tales procedimientos hipoteca su credibilidad en el futuro.

Para más información

“The destruction of the European Jews” de Raul Hilberg (Contrástese la edición de 1961 con la de 1986 y con el “Drama de los judíos europeos”).
“El drama de los judíos europeos” de Paul Rassinier Barcelona 1976.
“The Holocaust industry” de Norman G. Filkenstein Londres 2000.
“Les Mythes fondateurs de la politique israelienne” de Roger Garaudy, Paris 1996 (existe en la red internet versión en inglés).
“Crimes and Mercies” de James Bacque editado por Warner Books, London, 1998 ypor Little, Brown & Company/ 1997 Lancaster Place, London WC2E 7EN.
Para lo relativo a la técnica jurídica empleada en Nüremberg, aunque no agota el tema, es interesante el libro “Crímenes de Guerra” de José A. Llorrens Borrás, Ed. Acervo, Barcelona 1958; es posible que más de uno se lleve alguna sorpresa.

Direcciones y correos

Hay varias webs revisionistas pero creo que desde C.O.D.O.H. se tiene acceso a todas:
http://www.codoh.com/campus/campus.html

Notas

(1) West Germany’s Holocaust payoff to Israel and World Jewry http://www.ihr.org/jhr/v08/v08p243_Weber.html, pág. 4

(2) ¿Hubo investigación forense en los procesos de Nüremberg? Debemos responder afirmativamente. Concretamente en el proceso de Auschwitz de 1946 el Instituto de Investigación Forense de Cracovia (I.E.S.) llevó a cabo una serie de estudios sobre Auschwitz. Estudios cuya autoridad nunca ha sido cuestionada pese a que las garantías de investigación independiente en las llamadas Democracias del Pueblo siempre han sido limitadas, como ya se tuvo ocasión de comprobar durante el asunto de las fosas de Katyn. ¿Porqué excluyeron los analistas del Instituto de Cracovia el azul prusia de las cámaras de desinfección de su objeto de análisis alegando a priori que se trataba de pintura?¿Cómo es posible una diferencia tan grande entre los restos de ciclón B de las presuntas cámaras de ejecución? ¿Porqué el nivel de ciclón B de las primeras es prácticamente 0, concretamente 0,6mg./kg, y el de las segundas oscila entre 1 000 y 13 000 mg./kg. ¿Es que los niveles de degradación del ciclón B en mortero varían según el uso que se de a las cámaras? Este extremo ha tenido que ser reconocido incluso por los críticos de Germar Rudolf como Richard Green. Por lo que respecta a las autopsias las únicas autopsias realizadas, mientras no se demuestre lo contrario, son las llevadas a cabo en el campo de concentración de Struthof, Alsacia, y los resultados de las mismas, mientras no se demuestre lo contrario, apuntan al tifus y no al Zyiclon B. Desgraciadamente el original de este informe médico, el único,que contradecía las acusaciones de la prensa , de diciembre de 1945 llevado a cabo por el toxicólogo Rene Fabré, y confirmado por otros 3 especialistas, fue extraviado por las autoridades por una extraña falta de celo. La referencia es de Faurisson, http://www.irh.org/books/kulaaska30faurisson.html. Es decir el peso de la acusación de genocidio, en los términos que tradicionalmente hemos entendido, recae casi exclusivamente en pruebas testimoniales de gentes que tenían motivos sobrados de venganza, lo cual no significa que puedan ser aceptadas sin mayores críticas por la investigación histórica.

(3) Máxime cuando Burton H. Kleinen sus estudios sobre archivos alemanes ha desvelado que la industria alemana, después de descontar mano de obra esclava inclusive, tenía un déficit de 3’8 millones de trabajadores porque la economía alemana de preguerra, a diferencia de las economías aliadas, se encontraba operando en un nivel de pleno empleo y por ello se resintió más de la incorporación a filas. Burton H. Klein, Germany’s Economic Preparation for War, Harvard University1959, pág. 136.
Por otro lado la tesis tradicional interpreta la política judía del nacionalsocialismo como una persecución total a los judíos por el hecho de serlo, sin embargo las reveleciones de Brian Rigg, http://codoh.com/newsdesk/961203.HTML, respecto de las excepciones obliga a introducir algún tipo de matización. Al parecer Brian Rigg ha encontrado pruebas documentales que habían escapado a la atención de los historiadores del nazismo en particular el hecho de que no todos los judíos fueron internados en campos de concentración. La polémica medida fue presentada a la opinión pública como un modo de preservar a los judíos de las furias antisemitas alemanas que en realidad estaban atizadas por el partido nazi. Dicho análisis es correcto. Sin embargo de esta medida quedaron excluidos todos aquellos judíos que decidían prestar servicio como voluntarios en la Wehrmacht que fueron bastantes más de los que podríamos creer.
Ello significaría que nos encontraríamos ante una involución respecto de los derechos civiles adquiridos por una minoría, pero no ante una persecución total a esta minoría por el hecho de serlo.
Este tipo de medidas se exige a aquellos extranjeros que aspiran a adquirir una nacionalidad. Por ejemplo en Estados Unidos se exige jurar la constitución americana, en Gran Bretaña se exige jurar fidelidad a la reina. Y en ambos países el servicio militar es el medio más seguro para obtener la nacionalidad.
Es decir, estaríamos ante un hecho claramente censurable, pero bastante alejado de lo que habitualmente se ha venido diciendo.
Lo que sí se ha podido demostrar estudiando las conversaciones cifradas entre los campos de concentración y los cuarteles generales nazis, porque los británicos habían roto las claves alemanas, son un plan de esterilización masiva de los judíos con rayos X lo que permitiría su destrucción como grupo étnico pero manteniéndolos bien vivos para que trabajen en las industrias de armamento ayudando a Alemania a ganar la guerra. Vease Irving, D. Churchill’s War, vol. II, Triumph in Adversity, pág. 700.
Hay quién podría intentar sostener que ello se debió a motivos prácticos, evitar el mantenimiento de niños demasiado caros en una industria de armamento, sin embargo tal motivo no pasa de ser una mera excusa pues con la separación de sexos en los campos ya se cumplía esa función. Por ello sí puede hablarse de genocidio pero no con arreglo de la definición de tal dada por el Tribunal Militar Internacional si no con arreglo a la cosmovisión preformacionista nazi. Como botón de muestra baste estas dos citas, que no son únicas, del Segundo Libro de Hitler:
“Pero la guerra más cruel es precisamente aquella que parece ser la más pacífica a los ojos de la humanidad actual, esto es la pacífica guerra económica, …Porque esta guerra económica afecta no solamente a los vivos , si no que alcanza con su zarpazo a todos aquellos que están a punto de nacer. Mientras que la guerra lo más que hace es matar un fragmento del presente, la guerra económica asesina al futuro. Un solo año de control de nacimientos en Europa mata más gentes que todas las que cayeron en campos de batalla, desde los tiempos de la Revolución Francesa hasta nuestros días, en todas las guerras de Europa, incluyendo la guerra mundial”,Hitler A. Segundo Libro de Hitler, p. 16,Ed. Barcelona, 1969, bajo el título Raza y Destino. En realidad este segundo libro nunca tuvo título ni se publicó hasta después de la guerra. Se trataba de un borrador. Fue escrito entre la primavera y el verano de 1928 permaneciendo en una caja fuerte de la central de publicaciones del N.S.D.A.P. hasta que fue requisado por tropas americanas en 1945, guardados los manuscritos en la II División de Documentos de la II Guerra Mundial de los Archivos Nacionales de Washington. Su autenticidad como obra de Hitler fue comprobada en 1958 y se publicó en Nueva York en 1961 con el título Hitler’s Secret Book, en Stuttgart en el mismo año con el título Hitler Zweiter Buch y en Barcelona en 1962 y 1969 con el título Raza y Destino.
“La denuncia pública de niños enfermos, débiles mentales y, en definitiva, su destrucción, era más decente y, en realidad más humana (sic.) que la perversa locura de nuestros días que defendía a toda costa al individuo más patológico. Y en cambio arrebata la vida a centenares de niños sanos, practicando el control de nacimientos o los abortos, de modo que mantiene una raza de degenerados llenos de taras y enfermedades”, pág. 27, idem.

(4) La Falsificación de la Realidad, Madrid, 1998, R. Ceresole, Norberto, págs. 347 y 348. Ciertamente Hitler utilizó este término en su discurso de 30 de enero de 1939 ante el Reichstag , y en otras ocasiones, pero dentro del contexto de la campaña de prensa que se había desatado en medios judíos americanos y británicos a favor de la guerra contra Alemania.
Rassinier considera ésta la expresión hiperbólica de un hombre de estado. Además si interpretásemos esta expresión como literal ¿no estaríamos actuando como la propaganda nazi cuando hacía eso mismo con declaraciones como las aparecidas el 24 de Marzo de 1933 en el “Daily Express” en cuya pág. primera el sionismo oficial se pronuncia a favor de la guerra con Alemania? Krustchev y Ronald Reagan durante la guerra fría se han expresado en términos semejantes cuando se hablaba de la necesidad de aplastar, exterminar o aniquilar al campo imperialista o al imperio del mal sin que los historiadores otorguen a tales expresiones mayor significado cuando son empleadas en tales contextos.
La actitud científica ante un texto nos exige ceñirnos a lo que el texto dice, no a lo que a nosotros nos hubiera gustado que el texto hubiera dicho, por mucho que podamos odiar la ideología nazi. El científico debe centrarse en la rigurosidad del análisis y aceptar los resultados del mismo aunque estos contravengan sus simpatías personales, no alterar dicho análisis por las simpatías o antipatías que suscite el objeto de estudio. Y el sacar un texto de contexto no es una forma, no ya, muy honesta de proceder si no ni siquiera seria.
La pregunta es: ¿Cómo un movimiento de carácter gnóstico y neopagano como el nazismo consiguió arrastrar a la sociedad germana centroeuropea a una cruzada contra el judaísmo que está en la base del propio cristianismo? No fue un problema racial si no un problema económico, disfrazado de problema racial, lo que permitió a esta secta hacer lo que hizo, como reconoce el propio Dr. Brunning, último canciller democrático de Weimar en 1943 desde el exilio al denunciar que después de la gran crisis sólo quedaba un gran banco alemán en manos no judías. El dato lo consigna D. Irving, Hitler’s War, pág. 24. Reacciones contra minorías en momentos de crisis se han dado en Kenia contra los hindúes, tras la descolonización, o contra los europeos en Argelia sin que tengamos que recurrir a la metafísica para explicar conflictos de intereses.

(5) Según el artículo 607 del Código Penal español de 1998 se considera genocidio no sólo “Los que, con propósito de destruir a un grupo nacional étnico, racial o religioso, perpetraren alguno de los actos siguientes:
a) los que mataren a alguno de sus miembros .
b) los que agredieran sexualmente a alguno de sus miembros .
c) los que sometieran a cualquiera de sus individuos a condiciones de existencia que pongan en peligro su vida o perturben gravemente sus salud .
d) los que llevaran a cabo desplazamientos forzosos del grupo o sus miembros, adoptaran cualquier medida que tienda a impedir su género de vida o reproducción o bien trasladaran por la fuerza individuos de un grupo a otro” (de lo cual podría inferirse que el legislador ha notado la necesidad de apropiarse de la cosmovisión nazi que iguala la esterilización y el aborto); sino también “La difusión por cualquier medio de ideas o doctrinas que nieguen o justifiquen los delitos tipificados en el apartado anterior de este artículo, o pretendan la rehabilitación de regímenes o instituciones que amparen prácticas generadoras de los mismos, se castigará con la pena de prisión de uno a dos años”.
Obsérvese cómo en nuestro Código penal se amplía el concepto de genocidio al mero traslado de prisioneros, pero más grave si quien no distingue confunde, obsérvese como se sitúa al mismo nivel el hecho del genocidio, la justificación del genocidio y la negación del mismo. Si consideramos conceptualmente el genocidio como un asesinato, ¿se aceptaría dicha “simplificación” en un proceso criminal común? ¿Es lo mismo un delito en sí, por ejemplo un asesinato, que su negación, aún considerando la mala fe de quien lo niega? ¿Quiere decir ello que la convicción moral de las víctimas de un delito prima de modo absoluto sobre el derecho a la propia defensa del acusado, defensa cuya mala fe se presupone? Si sustituimos el término genocidio por el término homicidio o si aplicamos dicho criterio al resto de los delitos, al homologar el delito mismo con la negación de haberlo cometido negamos nada menos que el derecho a la defensa, eso sí en nombre de los derechos humanos ¡no faltaba más! Pero como hay más miedo que vergüenza es de esperar que se alcen tantas voces en defensa de los revisionistas como se alzaron en defensa de los judíos.
Aún suponiendo que los revisionistas fueran unos mentirosos y unos apologetas del nazismo que varían la realidad de los hechos para glorificar al III Reich, ¿cómo deberíamos considerar a unos legisladores capaces de variar en un Código Penal de 1998 el concepto de genocidio tal y como fue definido en 1948 por el Tribunal Militar Internacional Aliado en Nüremberg? ¿Acaso no implica dicha modificación del concepto un reconocimiento de la insuficiencia de la definición del año 48? Pues sí es lícito a un jurista definir un nuevo delito no lo es alterar la definición de un delito de una causa fallada.
Y si es así, ¿creen que con cárcel o con multas van a hacer real lo que ellos mismos con sus propios actos están desmintiendo?

Vicente Blanquer
22.V.2004

Extraído de la página Mi amigo PIC. Página extramuros de ideas, letras y eventos

Notas de la Página Transversal:

(*) Hay edición española: Norman G. Finkelstein La Industria del holocausto Siglo Veintiuno de España Editores, Madrid, 2002.
(**) Existe edición en español: Rassinier, Paul. El drama de los judíos europeos. Barcelona: Editorial Acervo, 1976.