Cultura Transversal

Cambio

Posted in Autores, Juan Manuel de Prada by paginatransversal on 22 enero, 2016

JUAN MANUEL DE PRADA

por Juan Manuel de Prada – Cualquier persona con una mínima capacidad de análisis de la Historia descubrirá que el rasgo más característico (constitutivo, en realidad) de nuestra época es el afán de ‘cambio’; y también que se trata de un ‘cambio’ que actúa siempre en la misma dirección. Bastaría analizar, por ejemplo, la evolución política de los treinta o cuarenta últimos años para descubrir, por ejemplo, que los llamados ‘conservadores’ han hecho propias y defienden con orgullo tesis que hace unas pocas décadas los ‘progresistas’ apenas se atrevían a defender vergonzantemente. Este fenómeno nos confirma que los conservadores son tan sólo quienes se encargan de conservar y consolidar los ‘avances’ progresistas; y nos revela un designio muy profundo que, por miedo, no acertamos a explicar; o que explicamos ingenuamente como un «signo de los tiempos» -que repetimos como loritos- exigen «renovarse o morir», adecuarnos a nuevas ideas como quien se adecua a nuevas modas indumentarias. (more…)

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Simbolismo de la caza

Posted in Autores, Esaúl R. Álvarez, Sabiduría Universal by paginatransversal on 29 noviembre, 2015

por Esaúl R. Álvarez

Velázquez Diego - Cabeza de venado

Diego Velázquez, Cabeza de venado [1]
Óleo sobre lienzo, Museo del Prado, 1626-28.

 

“La caza mayor no la cultivo, matar un animal mayor que una liebre me da grima. Esos corzos y esos ciervos tienen ya los ojos muy humanizados, es un vertebrado muy evolucionado y no soy capaz de disparar sobre ellos. Ya la misma liebre me da una cierta dentera matarla cuando no queda muerta del tiro. En cambio, otras especies, la perdiz, la codorniz, me parecen de pronto blancos menos cruentos porque a la perdiz no la ves sangrar, la abates de una perdigonada”. (Miguel Delibes en entrevista realizada por Manuel Leguineche para El País, 10 de septiembre de 1978)

Las anteriores palabras pertenecen a un escritor conocido por su amor por la naturaleza así como por su gran pasión por la caza. No dejan de sorprender unos argumentos como estos que, en lo esencial, no distan mucho de los esgrimidos actualmente por los más radicales ecologistas y animalistas, tan de moda. Es fácil comprobar que sus argumentos van solo un paso más allá de los anteriores y su lógica es la misma aunque conduciendo a menudo a una reductio ad absurdum. (more…)

Animalismo

Posted in Arte Taurino, Autores, Censura y Libertad, Juan Manuel de Prada by paginatransversal on 27 noviembre, 2015

JUAN MANUEL DE PRADA

por Juan Manuel de Prada – Para quienes consideramos que el respeto a los animales es una obligación humana irrenunciable, las reivindicaciones de los llamados ‘animalistas’ o defensores de los derechos de los animales constituyen una constante interpelación. Según el movimiento animalista, los animales no sólo merecen un trato ético y una protección legal, sino que deben ser sujetos de derechos. Tal vez el primer animalista fuese el filósofo Jeremy Bentham, quien escribió en su ‘Introducción a los principios de la moral y la legislación’ (1789): «Un caballo o un perro adulto es, más allá de toda comparación, un animal más racional y más comunicativo que un niño de un día, o de una semana, o incluso de un mes. Pero incluso suponiendo que fuese de otra forma, ¿qué importaría? La cuestión no es si los animales pueden razonar ni tampoco si pueden hablar, sino si pueden sufrir». (more…)

El mito del progreso

Posted in Autores, Juan Manuel de Prada by paginatransversal on 12 septiembre, 2015

JUAN MANUEL DE PRADA

por Juan Manuel de Prada – Tal vez no exista quimera más falaz, maligna y destructiva que el mito del Progreso, levadura de todas las ideologías modernas. Según dicha quimera, la Humanidad avanza hacia un porvenir siempre mejor, en alas de avances científicos cada vez más refinados y de logros políticos cada vez más estimulantes; y tales avances y logros irán produciendo, a su vez, un perfeccionamiento de la propia Humanidad, que merced a la conquista de sucesivos derechos podrá entronizarse a sí misma como un dios (resulta, en verdad, desternillante que las masas se resistan a creer en un Dios trino y no tengan problemas en creer en la Humanidad, un dios mogollónico a modo de hidra de infinitas cabezas). En realidad, el progresismo no es más que un grotesco determinismo eufórico que confía (en contra de las evidencias que nos proporciona la observación empírica) que la vocación natural de la naturaleza humana es ascender por sí misma, ignorando que el hecho más cierto e irrefutable de la historia humana es la Caída, de la que el hombre sólo puede levantarse con Dios y ayuda.

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De Sor Ye-yé a Sor Yo-yo

Posted in Autores, Manuel Fernández Espinosa by paginatransversal on 1 julio, 2015

por Manuel Fernández Espinosa – El convento no está revuelto, usted se equivoca. La mayoría de monjas está en sus cosas: orando y laborando. Las que andan revueltas son las monjas que no rezan. Y como no rezan, se aburren y piden cámaras, luces y ¡¡¡acción!!! Después del Vaticano II y el mayo del 68 tuvimos “monjas ye-yé”, pero eso no era nada más que un comienzo: las monjas ye-yé dejaron de cantar haciéndonos el favor de no romper la belleza del silencio, las que ahora tenemos son Monjas Yo-Yo y el Yo es algo difícil de acallar.

Justo será reiterar que no podemos alarmarnos: no se trata de una epidemia. Las Monjas Yo-Yo que tenemos en España son dos (una no es de aquí y la otra se piensa que su región es una nación); pero ahí las tenemos, diciéndole a Dios que se equivocó cuando dictó la Biblia, que tiene Dios que corregir, a ver si no se ha enterado allí en las alturas de lo que han cambiado los tiempos tan progresistas. Las monjas Yo-Yo hablan en nombre de sí mismas y de las “causas” más impotables: el caso es llevar la contraria, para granjearse popularidad, ser aplaudidas y que se les dé palmaditas en la espalda. Ahí las tenemos, pidiendo por su boca que se cambien las leyes de Dios, que las leyes de Dios sean refrendadas o rechazadas a mano alzada, en una votación democratísima.

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Miura

Posted in Arte Taurino, Autores, Juan Manuel de Prada by paginatransversal on 3 marzo, 2015

JUAN MANUEL DE PRADA

por Juan Manuel de Prada – ABC ha concedido su premio taurino a la ganadería de Miura, los ásperos toros de la finca de Zahariche que les pararon el corazón al Espartero y a Manolete. Al premiar estos toros legendarios cuyo mero nombre infunde miedo, ABC acierta de pleno, pues en un miura se sintetiza todo lo que la fiesta de los toros significa.

Los animalistas siempre han pretendido presentar al toro de lidia como si fuera una mezcla de Ferdinando, aquel torete sarasa y relamidín que se extasiaba oliendo las florecillas del campo, e Idílico, aquel cabestro que indultó José Tomás, que no hacía otra cosa sino trotar en círculo, como si acabase de escapar de un tiovivo para niños lactantes. Pero lo cierto es que el toro –Foxá dixit– no es un animal democrático, sino una fiera totalitaria. (more…)

Los pijos del 68 se jubilan, y sus nietos antisistema no llegan

Posted in Autores, Pascual Tamburri by paginatransversal on 28 abril, 2014

PASCUAL TAMBURRI

por Pascual Tamburri – Aunque arden contenedores, no hay oposición ideológica en el fondo Los manifestantes son tan progres como los políticos, sólo que más sinceros. José Javier Esparza nos lo decía hace mucho.

Son esos señores ya bien mayores que nos hablan de Daniel Cohn-Bendit como si fuese la esencia de la juventud y de la Universidad de Nanterre como si fuese la revelación de lo revolucionario. Pero se equivocan, claro. Los progres del 68, cobrando ya su pensión, han creado esta situación de desorden callejero y de perplejidad en los valores, en la que lo “progresista” es aplaudir a manifestantes antisistema que en realidad defienden como nadie la esencia materialista del sistema. (more…)

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Philippe Muray y la demolición del progresismo (I)

Posted in Autores, Philippe Muray, Rodrigo Agulló by paginatransversal on 20 febrero, 2012
por Rodrigo Agulló

“Imagina a toda la gente […] viviendo al día, sin países y sin religiones, sin nada por lo que luchar o morir, una hermandad del hombre compartiendo todo el mundo, y el mundo vivirá como uno solo.” Nada mejor que John Lennon y su pastelosa balada para saludar a la nueva era, una era cuyo umbral probablemente hace ya tiempo hemos traspasado. Bienvenidos al mundo rosa-bombón del futuro: la utopía más espantosa, porque todo indica que es realizable.

Caminamos, sin duda, hacia un mundo mejor. Un mundo que en el que la democracia y los derechos humanos reinarán sin alternativa posible. Un universo pacificado donde todas las voces serán oídas, todas las creencias reconciliadas, todas las contradicciones evacuadas, donde la solidaridad y la transparencia serán la norma en un presente eterno liberado de las rémoras y atavismos de épocas anteriores. Pero es preciso no bajar la guardia. Todo lo contrario. Hoy más que nunca es preciso el compromiso. La ingerencia humanitaria. La lucha. Contra las exclusiones, contra los populismos, contra el sexismo, contra el racismo, contra las discriminaciones en todas sus formas, contra la xenofobia, contra la polución, contra el maltrato a los animales, contra el tráfico de marfil y de pieles, contra las responsables de las lluvias ácidas, contra la masacre del paisaje, el tabaquismo, el colesterol, el sida…

¿Y que hacer del pasado? ¿Qué hacer de esa historia de exclusiones, de genocidios, colonialismos, sexismos, racismos? El pasado es culpable, es preciso arrojarlo como pasto de revisiones, autoinculpaciones y desagravios, o bien reacondicionarlo, asearlo y pasteurizarlo en un parque temático ejemplarizante y progresista, porque de lo que se trata es que la humanidad sea transformada, reeducada y readaptada en esta vasta empresa de mejora del mundo.

Vivimos en la era del azúcar sin azúcar, de las guerras sin guerra, del té sin té, de los debates en que todo el mundo está de acuerdo. Más modernización. Más globalización. Más Europa. Más transparencia. Más pluralismo. Más mestizaje. Más igualdad. Más paridad. Más de más. Lo esencial es la tolerancia, mucha tolerancia, tolerancia del respeto, respeto de la tolerancia, ¡delatemos y sancionemos a los enemigos de la tolerancia! La paz eterna pasa por una civilización universal donde ya no habrá racismo, porque ya no habrá razas; donde ya no habrá sexismo, porque ya no habrá sexos. Ideal supremo: un mundo poblado de suecos socialdemócratas en celofán, plácidos, higiénicos, participativos y ecocompatibles.[1]

Pero esta cruzada necesita de todos sus combatientes, porque se trata de una lucha titánica y de dimensiones cósmicas. Es el combate de los partidarios de la emancipación individual y de la tolerancia universal, de la sociedad abierta y sin fronteras, de la universalización derechohumanista y de la igualdad de géneros, frente al oscuro pasado de un mundo hecho de dogmas, de prejuicios grupales y religiosos, de un orden social jerárquico, conflictivo, intolerante y desigualitario.

Y cada victoria de la innovación contra la tradición es una conquista radiante de la humanidad. Es por ello lógico que los “inconformistas” –esos que asumen el grave riesgo de enfrentarse a las fuerzas “conservadoras, inquisitoriales y homófobas” – vean coronados sus esfuerzos con nombramientos institucionales, y que los subversivos sean subvencionados, y que los anarquistas reciban encargos ministeriales.

¿Y que hace usted, lector, por la victoria? ¿Es usted un rebelde? ¿Es usted un transgresor? ¿Un iconoclasta acaso? Si es usted un individuo flexible, elástico, libertario, sin tabúes ni prohibiciones, sin ataduras ni prejuicios, sin memoria, inocente, perfectamente integrado en cuando emancipado, solidario y comprometido con la buena causa, absolutamente conforme a la voz del tiempo, sepa que es usted un perfecto ejemplar de Homo Festivus, el hombre de la post-historia. Y que como tal ha sido retratado, diseccionado en sus pompas y en sus obras y –lo que es mejor– convertido en materia prima literaria por quien ha sido sin ninguna duda el mayor agente corrosivo en la literatura de los últimos tiempos: el escritor Philippe Muray.

 
¿Quién es Philippe Muray?

Rápidamente llegué a la conclusión de que no se podía escribir de otra forma que en el sentido contrario al de  las agujas del mundo
Philippe Muray

Nacido en Francia en 1945 y fallecido prematuramente en 2006, Philippe Muray nunca rebasó en vida el carácter de escritor “de culto”. Los media y el mundo literario trazaron un muro de silencio en torno a su persona, y sólo hacia el final de su vida comenzó a ser conocido por el gran público. Deja tras de sí una obra a caballo de varios géneros: ensayo, novela, panfleto, crítica literaria y de arte, poesía, y una extensa colección de crónicas agrupadas en varios volúmenes de disuasorio título: Exorcismos espirituales. Una producción un tanto críptica, que exige familiarizarse con el léxico peculiar del autor. Pero Muray es uno de esos casos excepcionales en los que el talento se impone frente al silencio mediático, y hoy, convertido en referencia de moda entre la intelectualidad del país vecino, muchos continúan ignorando quién era en realidad… ¿Un filósofo, un literato, un sociólogo, un moralista? Muray se quería, lisa y llanamente, un escritor. Su materia prima: el tiempo presente. Su estilo: cáustico, irónico, corrosivo, barroco –no en vano se le compara con Celine. Su método: una máquina en la que se introducen hechos y se extraen interpretaciones.[2] Su vocación: convertirse en el cronista del desastre de los tiempos actuales. Su programa: vamos a hacerle detestar el nuevo milenio.

Con estas premisas no es de extrañar que se sitúe en una zona maldita: allí donde toda recuperación se hace imposible. Muray es el gran crítico de la modernidad, es su enemigo acérrimo, irreconciliable, absoluto. Y si la literatura aún conserva para él alguna función, ésta es la de hacernos detestar este estado de cosas que no cesa de presentársenos como lo más deseable.

Porque para Muray –y este es su punto de partida– “ningún mundo ha sido jamás tan detestable como el mundo presente”. ¿Y qué es lo que hace a nuestro tiempo tan detestable? Repuesta: el hecho de que vivimos en una época inédita, aquella que ha visto consumarse una metamorfosis de lo humano. Y esta mutación sólo puede comprenderse si aceptamos una hipótesis: que la humanidad ha salido de la Historia, que vivimos en tiempos post-históricos –esto es, post-humanos, en tanto en cuanto Historia y humanidad han sido siempre términos sinónimos. Es un paradigma –el Fin de la historia que tiene una filiación intelectual bien conocida: hunde sus raíces en la dialéctica hegeliana y tuvo a su más brillante expositor en la obra del filósofo ruso-francés Alexander Kojève.[3]

Adiós a la Historia, adiós a lo humano

Simplificando mucho, podemos resumir la tesis de Kojève de la siguiente forma: el deseo de reconocimiento es lo que hace del hombre un ser con historia. Para el hombre no es suficiente con auto-percibirse: lo esencial es que los otros le perciban como sujeto, y su afán de auto-creación, de auto-transformación es así alimentado por ese deseo, que es lo que le empuja a hacer historia. Y aquí se introduce un elemento clave –para Kojève y para Muray–, que es la idea de negatividad. Es ese afán de reconocimiento –sustrato de la historicidad del hombre– lo que le lleva a negar el mundo tal como es, y también a negar sus propios instintos naturales. Sólo un ser libre es capaz de ello: el hombre. El hombre es negatividad encarnada, lo que implica reafirmación constante del Señor que llevamos dentro, y sumisión del Esclavo que llevamos dentro. Y es así como el deseo de reconocimiento triunfa sobre el instinto animal de autopreservación: vencer el miedo a la muerte y arriesgar la vida, si es preciso, para obtener ese reconocimiento. Ésa es la lucha constante en el fuero interno del hombre, ésa es la fuerza que pone a la Historia en movimiento. Para Kojève, el hombre “es verdaderamente histórico o humano sólo en la medida en que es un guerrero”.

En el centro de la reflexión de Muray se sitúa una constatación: la Historia ha concluido, y la humanidad no ha podido todavía tomar la medida de su propia metamorfosis. Porque –siguiendo a Kojève– “la Historia se detiene cuando el hombre deja de actuar en el sentido fuerte del término, esto es, cuando ya no niega más, cuando ya no transforma el entorno natural y social por una lucha sangrienta y el trabajo creador. Y el hombre deja de hacerlo cuando el entorno real le da plena satisfacción, realizando plenamente su deseo de reconocimiento. Cuando el hombre está verdadera y plenamente satisfecho por lo que es, ya no desea nada más de lo real y ya no cambia más la realidad, cesando así también de cambiarse a sí mismo”.

Es en el momento en el que el mundo deviene completamente racional cuando el hombre agota todas sus potencialidades: la Muerte, el Mal y las contradicciones se eclipsan, y ya no queda otro proyecto que perpetuar un presente eterno hecho de placeres y distracciones. En el plano económico todo esto se expresa en el capitalismo. En el psicológico, en la democracia liberal y sus marcos garantistas de reconocimiento. Y en lo político en un orden universal y homogéneo en el que la política se sustituye por la administración de las cosas.

La salida de la Historia no es un acontecimiento apocalíptico que venga acompañado de trompetas. Es un deslizamiento que sucede quedamente, es invisible, imperceptible, cotidiano, anodino, trivial… El Fin de la Historia, por supuesto, no significa (como muchos se empeñan en malinterpretar) el fin de los acontecimientos. El Fin de la Historia significa la ausencia de un sentido superior de los acontecimientos, significa que éstos se limitarán a suceder, pero sin derivar su significado de una voluntad de transformación de los principios que gobiernan a los hombres. Significa que esos acontecimientos, lisa y llanamente, no significarán nada. El Fin de la Historia pertenece al orden de las sensaciones, y de ahí la dificultad en poder aprehenderlo. No es un descubrimiento científico, es una evidencia, que se tiene o no se tiene. Se puede describir –y la literatura es el mejor medio – pero no se puede demostrar.

Para Muray –cuya vida transcurre en los linderos entre el viejo mundo y el nuevo – el advenimiento de la post-historia es un acontecimiento de una profunda tristeza, la catástrofe por excelencia. ¿Cuándo se cruzó el umbral? Probablemente en algún momento entre los años sesenta y ochenta del pasado siglo. Pero esta evolución sí le ofrece algo a Muray: la materia prima de su obra literaria. Muray es el cronista del declive de un mundo y de su sustitución por otro. Muray levanta acta de cómo los nuevos tiempos post-históricos neutralizan todas las contradicciones, purgan todo aquello que es anterior e incompatible con ellos, pero al mismo tiempo se encargan de ocultar una realidad que sería demasiado dura de aceptar: la Historia ha concluido. Y para eso es necesario fingir que seguimos en los tiempos históricos, es necesario inventar enemigos imaginarios y contradicciones que ya no existen, en un relato épico en el que los guardianes del nuevo orden –invariablemente progresistas– se sueñan resistentes a órdenes jerárquicos y patriarcales, u opositores a regímenes autoritarios que hace ya tiempo fueron reducidos a cenizas. Son combates sin riesgo, luchas ganadas de antemano, parodias y pastiches que sólo disimulan una realidad: vivimos en una civilización de control total que se ha adueñado de lo negativo y que lo fabrica en serie para evitar su uso exterior. De hecho, ya no hay exterior: el “anticonformismo”, la “trasgresión” y la “marginalidad” son productos domesticados, y cualquier pensamiento verdadero se encuentra, tarde o temprano, ahogado bajo el peso de su duplicata. Y a esa desaparición de la dialéctica real –de lo auténticamente humano – sucede la instalación de un parque temático global donde, en vez del hombre de los tiempos históricos, habita un neo-hombre, el gran protagonista de la obra de Muray: Homo Festivus.   
 
La Fiesta del último hombre

¿Hay vida tras el fin de la Historia? ¡Sí! Responde Muray. De hecho no hay nada más que eso: la vida de ese turista universal llamado Homo Festivus, criatura definitivamente liberada de todas de las cuestiones existenciales, vinculadas a la muerte, que tanto atormentaban a sus ancestros. Homo Festivus es cool y carece de los atosigantes prejuicios de épocas anteriores, se ha sacudido el lastre de pertenencias hereditarias, no se considera continuador de ningún legado histórico. Él ha nacido ayer, él es su propio producto, él mismo decide su propia identidad cultural y sexual. Transgresor e inconformista, Homo Festivus es aquel que siempre dice ¡Sí! a toda novedad que se le propone. Adorador de la diversidad, es abstracto e intercambiable por cualquier otro de su especie en cualquier parte del mundo.

Homo Festivus está siempre en guardia contra los conservadores, los obscurantistas, los inmovilistas y demás adversarios del progreso, periódicamente exhumados desde un pasado difunto para hacer el papel de cómodos fantoches. ¡Sin esa presencia negativa no habría fiesta completa! ¡Dónde estarían, sin esa “lucha”, los oropeles trasgresores, las diademas libertarias! Homo Festivus está comprometido con todas las buenas causas del planeta; de la vieja izquierda conserva no sus dogmas revolucionarios, sino una visión moralista y un anhelo de utopía que le lleva a promover una visión virtuosa y arcangélica de lo real. Su empatía con los sufrimientos ajenos se manifiesta en un desbordamiento emocional que le lleva a encarar los dramas del planeta en un registro lacrimoso-caritativo, lo que a su vez le permite consumir, divertirse, viajar y socializar con suplemento de buena conciencia, siempre que haya una invocación solidaria, humanitaria o ecológica de por medio.

Homo Festivus es una alegoría, es un maniquí teórico, es la expresión sintética del festivismo de masas que aparece retratado en la obra de Muray. Y ahí reside el gran hallazgo de este autor, en la descripción de la Fiesta como estadio terminal post-histórico, como eterno presente donde se disuelven todos los venenos de la negatividad y de las contradicciones. Vivimos en una Festivocracia, en los tiempos Hiperfestivos. Entiéndase: no se trata de una fiesta en sentido tradicional –una ocasión excepcional que se contrapone a lo cotidiano. La Fiesta es ahora la cotidianeidad misma: todo concurre a mantener una ilusión de distracción permanente en la que la fiesta pierde su carácter distintivo. Entiéndase también que Muray no articula una crítica –en un sentido marxista– de la Fiesta como “alienación”, como pan y circo que los gobernantes impondrían a los gobernados y de la que sería posible “liberarse” según ese optimismo caro al mesianismo revolucionario. No. La Fiesta es exigida desde la base porque responde a una evolución sistémica en la que los gobernantes ya no gobiernan gran cosa y en la que el mutante Homo Festivus tiene la palabra, y tiene lo que se merece. Exacerbación hedonista y euforia compulsiva, las Pride, las Rave y las fiestas cada vez más gigantescas de la era hiperfestiva no son más que síntomas entre otros muchos.

Porque la Fiesta es mucho más que sus manifestaciones concretas, la Fiesta es modo integral de producción y reproducción de lo social, es organización, es eliminación de fracturas y escisiones, es fusión y unificación, es forma de “liberarse” del mundo concreto. La Fiesta es el proceso de sustitución del territorio real por el mapa de lo festivo. Homo Festivus ha llevado a la práctica, de manera siniestra, el lema festivista de los revolucionarios del sesentayocho: “tomad vuestros deseos por la realidad”. Bajo el signo de la realidad virtual discurren los tiempos post-históricos.

La llegada dHomo Festivus no es ninguna sorpresa. No es otro que aquel Último hombre que fue descrito por Nietzsche en una célebre intuición: el hombre de la post-historia, que llega, sin épica y sin grandeza, a quedarse para siempre.[4] El Último hombre que rechaza ostentoso todos los ideales e ilusiones del pasado (“antes, todo el mundo estaba loco”); el Último hombre “que cree que ha inventado la felicidad, y que guiña el ojo”; el emancipado absoluto, el nihilista pasivo, el ciudadano del mundo, el rebelde en patinete, el consumidor en bermudas, Homo Festivus.
 
Risa y subversión
 
El hombre sufre tan profundamente que ha tenido que inventar la risa. El animal más desgraciado y más melancólico es también el más alegre
Nietzsche

Nada más lejos de Muray, frente al desenfreno festivista, que una apología lastimera de “los viejos tiempos” y de sus adustas virtudes. Porque si Muray rechaza los tiempos hiperfestivos no es porque éstos sean alegres, sino por todo lo contrario: “la característica esencial de lo post-humano –dice Muray– es su ausencia de humor, la imposibilidad de reír –si no es con esa risa alelada propia de los bebés”. ¿Una Fiesta sin risa? Sí, una liturgia festiva mortalmente seria. La risa adulta requiere un fondo de incertidumbre y de indecisión que es incompatible con un moralismo que exige saber siempre dónde está el bien y dónde está el mal. Si nos reímos es siempre a expensas de algo –o de alguien­ –. La risa casi siempre es irrespetuosa, suele ser cruel, y es en cualquier caso discriminatoria y por tanto contraria a los valores democráticos de comprensión y de respeto del Otro. ¿Cómo reírse sin ofender a alguna de esas minorías tan minoritarias que son ya legión? El mundo contemporáneo, liberado de las taras de la Historia, se ha transformado en empresa positiva y no admite bromas. El Imperio del Bien rechaza las burlas por retrógradas.

Destruida toda trascendencia y toda ilusión, Homo Festivus intenta escapar del abismo, restaurar la fisura y colmar la brecha a través de una euforia que se superpone a las catástrofes del mundo real. Pero es un cierre en falso. Y todavía es posible mantener abierta esa brecha de incertidumbre. A través del humor. El humor que tiene como objetivo acentuar el desacuerdo con el mundo. Porque la risa es de lo poco que queda de aquella antigua negatividad, hoy asediada por todas partes. Nuestra época es ridícula, y ante ella la única actitud posible es la risa. Inútil esperar el más mínimo pensamiento de quienes se la tomen en serio. Frente a la conversión del mundo en un gigantesco jardín de infancia, “reír y pensar se han convertido en términos sinónimos”. El resto no es más que aquiescencia bobalicona y entertainment.
 
El consenso totalitario

Los modernos nunca pierden la ocasión de ser autoritarios y de dar órdenes a todo el mundo.
Philippe Muray

El lenguaje del Bien es sutil. Se espuma autocomplacido en el elogio del Otro – ¡los queridos Otros!–, hace la alabanza de la diversidad, del pluralismo y de la tolerancia. Pero con ello quiere decir justamente lo contrario. De lo que trata el “Otrismo” es de erradicar la alteridad. La alteridad genera discriminación, rivalidad, odio al extraño… y la unificación benéfica de la humanidad pasa por el mestizaje universal ¿Cómo es posible conciliar lo inconciliable? ¿Cómo es posible caer extasiados ante las identidades culturales y étnicas, y al mismo tiempo promover su disolución en el mestizaje? Llegamos al núcleo del proyecto progresista: el Otro siempre es bienvenido si su religión se disuelve en cultura, su cultura en folklore, y su identidad en simulacro. Es decir, si el Otro se convierte en lo Mismo. El elogio del Otro es siempre el primer paso hacia la estandarización del planeta.
  
Imposición y omnipresencia de lo Mismo. Se trata de erradicar la negatividad, la contradicción, lo real, todo aquello que constituía la Historia y que en la post-historia no es más que “el Mal”. Es el Imperio del Bien: un moralismo ubicuo que cuenta con sus beatos, sus misioneros, sus damas de la caridad y sus ligas de la Virtud. Con sus evangelios: el dogma del mestizaje, de la amalgama, de la abolición de fronteras, de abolición de la diferencia sexual, de abolición de toda diferencia. Con sus instrumentos represores: un síndrome maníaco-legislativo y una peste justiciera que Muray bautiza como “erótica de lo penal[5] y que se despliega en un arsenal de mecanismos de delación y de punición contra cualquier opinión o conducta supuestamente discriminatoria por motivos de origen, sexo, estado de familia, salud, discapacidades, características físicas, orientación sexual, edad, nación, raza, religión y un larguísimo etcétera. Y con el correspondiente celo persecutor contra cualquier idea, creación o línea de investigación que sea sospechosa de dar pábulo o alentar formas de pensar incorrectas. Una empresa de purificación ética que reclama vigilancia, control, prevención, y que se traduce en una bulimia normativa que persigue cualquier atisbo de vacío legislativo, que no cesa de inventar nuevos delitos contra la salud, contra la higiene, contra las costumbres juzgadas bárbaras o prehistóricas, y que acorrala, organiza y tabula cualquier resquicio por donde pueda asomar la vida, o sea, todo aquello que se salga de su ideal de asepsia absoluta y de su lívida, insípida y frígida Transparencia.

Con una consecuencia: la victimización general de la sociedad. El estatuto de víctima es rentable ¡todo el mundo quiere ser víctima! Un histerismo de la compasión y una exigencia obsesiva de protección que corren paralelas con un moralismo llorón y una sentimentalización de la política dignas de figurar algún día en una historia universal de la cursilería.[6] Con el colofón de la culpabilización general del pasado: la convocatoria de safaris morales para perseguir la xenofobia, el fascismo, el racismo y la homofobia a través de los siglos, lo que nos conforta en una certeza: nuestros valores son los universales y definitivos, nosotros somos mejores, nosotros somos buenos.

Claro que un mundo donde toda tensión haya sido abolida, un mundo sin misterio, sin sorpresas, sin enigmas, donde sólo reine lo indiferenciado y donde todos sean iguales, sería lo más parecido al infierno. Es por ello imprescindible introducir al menos un simulacro de tensión, una negatividad de cartón piedra. Y así las fuerzas del Mal son ritualmente convocadas, para que los “subversivos” y los “inconformistas” puedan librar sus cruzadas progresistas contra la intolerancia, el integrismo, la xenofobia y el fascismo que viene. Todos los totalitarismos necesitan enemigos. Stalin no cesaba de desbaratar conspiraciones trotskistas; en el 1984 de Orwell Oceania se enfrenta en una guerra eterna contra Eurasia y Estasia.

Muray denomina consenso blando a esa forma sutil del totalitarismo. En la era de los buenos sentimientos se hace imposible oponerse a las normas higiénicas e idílicas sin que al tiempo parezca que se ataca al género humano. En el fondo, más que reprimir violentamente la alteridad –como hacían las tiranías clásicas– se aspira a eliminar la posibilidad misma de su existencia. Decía Orwell –en su análisis de la Novolengua en 1984– que cuando ya no existen palabras para nombrar una cosa, la cosa deja de existir. La corrección política se encarga de esa depuración del lenguaje, de asearlo, aseptizarlo e higienizarlo conforme a los dogmas del día.

¿Qué hacer? Para Muray sólo cabe una opción: marcar, a través de la literatura, una distancia sanitaria frente a “todas esas formas pomposas y fúnebres de la moral contemporánea y todo su sistema de valores tolerantistas, paritarios, intercambistas, librecambistas, solidaristas y multiculturales, pero siempre vigilantes, niveladores y controladores como las beatas de sacristía que en realidad son, que ahogan con su peso de muerte y de prejuicios lo poco que todavía queda de vida, y que si perduran es porque siguen sin dejarse definir como lo que realmente son: un orden moral, el orden moral más odioso de todos los órdenes morales que jamás hayan agobiado a la humanidad, pero cuyo origen de izquierda le protege de la debacle que merece”.[7]

Segunda parte:Philippe Muray y la demolición del progresismo (II)


[1] Philippe Muray Chers djihadistes, Les mille et une nuits, 2002 p. 53
[2]Michel Houellebecq, Intervenciones. Anagrama 2011, p. 211.
[3]Alexandre Kojève (1902-1968). Nacido en una familia rusa exiliada tras la Revolución de 1917. Influenciado por Marx y Hegel, se hizo cargo en París de un seminario sobre la Fenomenología del Espíritu de Hegel en la École Pratique des Hautes Études entre 1933-1939, que influyó en muchas de las futuras celebridades del pensamiento francés de postguerra. Ocupó un alto cargo en el Ministerio de Economía francés, desde donde fue uno de los primeros arquitectos de las Comunidades Europeas. En la misma línea intelectual –a un inferior nivel – cabe situar la conocida obra de Francis Fukuyama, El fin de la Historia y el último hombre (1992).
[4] Nietzsche, prólogo de Así habló Zaratustra.
[5] Traducción muy libre de la expresión Envie du pénal.
[6] Para una crónica del empacho sentimental en la política española: Lágrimas social-demócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo. Santiago González, La Esfera de los libros, 2011.

[7] Philippe Muray, Minimun respect, Les belles lettres 2010, p. 30.

Extraído de: El Manifiesto