Cultura Transversal

“Los Rubios”, por San Juan

Posted in Autores, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín, Música by paginatransversal on 28 junio, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – La programación de cante de la Suma Flamenca se aferró al cartel con muchas apreturas. Cinco recitales en la misma jornada: Saúl Quirós en la Casa Museo Lope de Vega, Pedro El Granaíno con Juan Carmona en el Museo del Traje, Macanita y Rancapino Chico en el Museo Lázaro Galdiano, Jesús Méndez con Manuel Valencia en la Sala Berlanga y Los Rubios en el Café Berlín. ¡Cinco combinaciones de lujo! Añádase el recital de Paco del Pozo organizado por su peña en Casa Patas, y teníamos ya seis veladas en liza. Había dolorosamente que escoger y optamos por el Berlín, pues la presencia en el cartel de Charo y Luis de los Rubios, dos voces que suben a los escenarios en muy contadas ocasiones, suponía un reclamo irresistible.

A nuestra llegada, estaba finalizando su concierto junto a Antonio Serrano un guitarrista en gran momento y con reciente disco en tándem con Javier Colina: Josemi Carmona. Con su amigo, el fotógrafo Manuel Naranjo, hemos de quedar en breve a ver qué pasa con ese libro, si lo hacemos o qué… Saludamos en la puerta al escritor Carlos Aguilar, con quien compartiremos cartel en el ciclo de conferencias organizado en Pamplona por Flamenco On Fire y Gaz Kaló. En la barra charlaba Pepe Habichuela con una Anya Bartels-Suermondt recién aterrizada en Madrid tras dos meses de ausencia. Y pronto empezaron a afluir artistas convocados por la magia del cante: Jorge Pardo, Paquete Porrina, Piculabe, el bailaor Rober El Moreno, Paco Soto… Y Aída Gómez, claro, responsable de todo este tinglado.

El de los Rubios es un caso especial entre las prosapias cantaoras, pues los artistas de este linaje no sólo han heredado -como resulta preciso para poder hablar de dinastía- el don y talento para el cante, sino también un eco muy característico que, a cualquiera que con los ojos cerrados les escuche, le permite sentenciar sin temor a caer en yerro: “Este es de los Rubios”. Con motivo del impactante y aún fresco recital ofrecido por Miguel e Ingueta en el Patas señalamos ya la enorme influencia que en el desarrollo estilístico del cante ha ejercido esta casa y aludimos a la naturaleza privilegiada de sus representantes en lo que a expresión del sentimiento flamenco y los lazos de amistad estrecha con el duende se refiere.

Hilos conductores de su noche en el Berlín fueron la magnífica percusión de Lucky Losada -que al día siguiente, y también en la Suma, impartía una clase magistral en los Teatros del Canal- y las guitarras de Camarón de Pitita y Vaky Losada, tan cosmopolitas que, si el primero metió My way de Sinatra por bulerías en una interpretación con mucha molla y pasajes con sabor a jazz manouche, el segundo trasladó a tiempo de romera La vie en rose de Edith Piaf mientras Miguel El Rubio jalonaba sus falsetas con quejidos espeluznantes. Cosas, en fin, que -como imaginarán- no se escuchan a menudo.

Ya al filo de la medianoche y como despidiendo con honores la tan gitana festividad de San Juan, rompió plaza Luis de los Rubios, sobrado de tonancia y musicalidad por malagueña, palo en el que todos se asfixian y él aborda, en cambio, con espíritu de martinete. Destiló elegancia y sabor del bueno por tangos, y en el fandango, cosecha por antonomasia de la casa, sentó -como no podía ser de otra manera- cátedra de buen decir y doler. Le siguió su sobrino Ingueta con una personalísima tanda por martinete y cabal -la última letra, de acuñación propia- que puso firmes a la audiencia. A continuación, y por granaína, Ingueta literalmente asombró. ¿Qué quieren que les diga? Aquello fue una obra de alta orfebrería. ¡Qué manera de meterse en un palo y de recorrer sus arterias, células y tejidos para obrar con él maravillas merced al paladar y el oído! Una auténtica joya para los degustadores de lo bueno, esa granaína suya, que archivamos para el recuerdo.

Como Luis, Charo de los Rubios es una cantaora prácticamente inédita para el gran público. De que eso debiera acabarse cuanto antes dio fe, tras su recreación de la canastera de Camarón y Paco, el timbre añejo y los quejidos con que, por soleá y arropada por la sonanta de su hermano Camarón de Pitita, puso en pie al público de la sala. El agua del arroyo resbalaba entre verdosos ocres con cristalina tranquilidad y, de repente, llegaba el colibrí, pegaba un picotazo y brotaba el olé de las gargantas. Es el misterio del cante gitano, guardado con sumo mimo por esta familia y que en los melismas por soleá de Charo sonó a alumbramiento primigenio y brasa de meteorito caído del cielo.

Con Miguel El Rubio alcanzó la velada su colofón, iniciado por El Chaqueta y por Cádiz en esos momentos antedichos en que el eco de ancestrales resonancias del cantaor se fusionó con las fantasías de un Vaky Losada a quien la sabiduría musical se le desborda por las sienes. En la soleá por bulerías, se dobló Miguel para arrancar a su garguero estremecidos acentos que los olés arroparon. Los claroscuros de sus relinchos encendieron aún más si cabe el rojo tapizado de los sillones del Berlín y argénteos destellos brillaron en cada pupila de una audiencia entusiasmada. Los fandangos de la casa los encajó en tiempo de bulería a modo de ayudados por alto quebrando el espinazo al toro en las postrimerías de una faena intensa y torera y levantaron de nuevo de los asientos, en homenaje final a toda la familia, a cuantos asistieron a esta función flamenca decididamente fuera de lo normal en el Berlín, enclave acogedor e intimista y que en verdad recuerda a los cabarets berlineses de los días de Entreguerras.

Coronamos su escalinata de salida a la calle iluminados de fervor y con los ojos haciéndonos chiribitas. Y bueno, lo que decíamos el otro día: después de cenar en un restaurante de campanillas, a uno se le hace muy cuesta arriba pedir el menú en cualquier sitio. Así que vamos a hacer un alto hasta la noche de los Porrina, que también son cocina selecta. ¡Reserven su mesa!

Foto: José Luis Chaín
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