Cultura Transversal

Cosas de la censura

Posted in Autores, Censura y Libertad, Juan V. Oltra, Literatura by paginatransversal on 27 febrero, 2013

JUAN V OLTRA

por Juan V. Oltra – Resulta recurrente hoy por hoy el hablar de lo malvada que fue la censura franquista. Es más, hablar de ella sin demonizarla supone que uno reciba una catarata de etiquetas que normalmente auguran la entrada sin billete de salida en el lazareto de apestados. Y aunque tal encasillamiento hace tiempo que dejó de preocuparme, antes de seguir adelante, deseo dejar claro que queda lejos de mi toda intención de romper una lanza por los censores de la época. Es más, yo particularmente no usaría el epíteto de malvados, sino el que creo más preciso de surrealistas.

De otra manera, sin interpretar que la intención no pasaba por hacer un rizo en el camino emprendido por Bretón con su manifiesto, no se llega a entender que a Francisco Ibáñez, genio creador de Mortadelo y tantos personajes de la escuela Bruguera, le hicieran cambiar su personaje del científico loco de su 13 Rue del Percebe por un sastre, aduciendo que sólo Dios podía dar vida. O la invocación que llevó a prohibir a Ciclón, antes y después conocido como Supermán, por poseer poderes más propios de seres tocados de la gracia divina. O cambiar una historia de amor por un incesto, en Mogambo.

Que Gabriel Arias (seguro que el nombre les suena, pero no, no hablo de esa generación) llevara una contabilidad de las almas que salvaba del infierno eliminando escotes descocados y minifaldas lujuriosas en ese aparentemente paraíso del rijo que era Radio Televisión Española, sucedía mientras que Álvaro de Laigleisa, que no era precisamente un rojo con pintas, se quejaba de que al tiempo que se le censuraba en La Codorniz artículos que no tenían aviesas intenciones contra el régimen, en los libros podía cargar la mano porque el censor parecía mirar a otro lado. Y patidifuso debió quedar cuando uno de ellos le confesó que era cierta su suposición, ya que tenían claro que el público que leía libros era más culto que el que leía revistas y por tanto podía hacerles menos daño leer según qué cosas.

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Jardiel Poncela

Posted in Autores, Historia, Jardiel Poncela, Juan V. Oltra, Literatura, Teatro y Artes Escénicas by paginatransversal on 12 noviembre, 2012

por Juan V. Oltra – Jardiel fue un genio. Sin paliativos. Personalmente no sólo lo sitúo entre lo mejor de las letras hispanas del siglo XX, sino de toda su historia. Esta genialidad, discutida por unos y por otros ha llegado a la actualidad de manera diversa: mientras algunos pretenden ignorarlo, otros, conscientes de que su ingenio no se puede amagar, le inventan biografías paralelas y lo hacen pasar por un personaje casi más que de izquierdas, resistente y acosado por la dictadura de Franco. Siempre hay quien no deja que la realidad le estropee una buena teoría.

Jardiel no fue, efectivamente, un ser procedente de la carcundia que, atisbando desde su caverna, se enraizase con los poderes fácticos tradicionales… pero menos aún era un sindicalista de clase. Jardiel fue, creo que mejor que nadie, el representante de la tercera España. Un ejemplo está en su por muchos (me incluyo) considerada obra maestra: “La Tournée de Dios“: escrita durante la república, se prohibió por unos por considerarla “propaganda beata” y por otros por “atacar a la religión”. El que tenga oídos para oír, que oiga.

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Edgar Neville

Posted in Autores, Cine, Edgar Neville, Edgar Neville, Juan V. Oltra by paginatransversal on 10 julio, 2009

por Juan V. Oltra – Bajo el poco hispano nombre de Edgar Neville aparece la gran figura de un castizo de primera. Edgar Neville (Edgardo Neville y de Romreé, Conde de Berlanga de Duero) nace en Madrid el 28 de diciembre de 1899, hijo de una joven de la nobleza española y de un ingeniero inglés venido a trabajar a España, según unos en instalaciones eléctricas, según otros en minas andaluzas.

De la rama hispana de sus genes quizá le viniera ese punto de genial locura que después tanto le benefició en su vida literaria, Su abuelo, Carlos de Romreé, con quien el pequeño Edgar pasaba sus veraneos en su palacete del valenciano pueblo de Alfafar, fue todo un personaje: inventor disparatado capaz de crear un aeroplano que levantaba el vuelo con un mecanismo parecido al de un tirachinas (que probó su tío Joaquín “en gloria pudra”, en palabras de Edgar) y compañero de juergas de Alfonso XII y el duque de Sesto, sería indescriptible sin invertir litros de tinta. Baste, a modo de anécdota, recordar ese pequeño refugio que se construyó en su zona privada del palacio: atrincheró el water, repleto de comida y lectura, de manera que podría sacar la escopeta por unas troneras que le permitiría resistir un pequeño asedio sin moverse muy lejos del retrete.

Cuando era bachiller, empezó a interesarse por lo que a sus mayores pudo parecerles el lado frívolo de la vida: pronto escribió una obra que leyó en “El Infierno”, especie de “precabaret” en los sótanos del teatro Chantecler a la que asistieron, entre otros, una artista frívola de la época, “La Chelito”, con su inseparable madre. Obra que casi estrenó (para poder asistir al estreno tuvo que pedir permiso en casa para salir de noche). Y decimos casi pues, después de los ensayos generales y poco antes de levantarse el telón, un policía fue a prohibirlo. Cosas de la época. Edgar rogó y rogó al Director de Seguridad, adujo la posibilidad de suprimir escenas, aunque la respuesta fue tajante “No, en su obra no se puede cortar nada, hay que cortarlo todo, hay que suprimirla”. No contento con esto, se autoconvenció y convenció a la Chelito y a doña Antonia, su madre, de que el Director de Seguridad había sido benevolente, así que estrenaron con todo el éxito de público que seria posible en un teatro de variedades de la época. Nervioso de manera infinita, no pudo aguantar la impresión del estreno y decidió acudir al día siguiente a disfrutar de su introducción como autor. No pudo ser, al llegar al teatro vio un papel blanco donde se leía escuetamente: “Por orden de la Autoridad se suspende indefinidamente la representación de la obra”.

Después de este desventurado inicio, tras su paso por tertulias y cafés, a la vuelta de una huida a Marruecos que le permitió enviar crónicas de guerra a “La época” como “El voluntario Ben-Aquí”, conoció al padre de las vanguardias, Ramón Gómez de la Serna. La tertulia de Ramón en la cripta del Pombo le marcaría para siempre, algo que puede apreciarse en su primer libro, “Eva y Adán” (1926) y en sus tempranas colaboraciones en “Buen Humor” y “Gutiérrez”, aunque no hay que olvidar sus amistades con otros grandes, como Ortega y Gasset. Cuando se conocieron, aunque Neville era ya diplomático de carrera, la visión que daba un Ortega de cuarenta años era la de la inmensa categoría y maestría que años después inundaría su biografía… aun así, Ortega siempre quiso mucho a Neville. Una de las pocas fotos de su escritorio era, como recordaban sus hijos, una de su esposa con Edgar en el Gran Cañón del Colorado.

Otros grandes amigos suyos fueron los miembros de su generación, “la otra” del 27: Mihura, Tono, López Rubio… Un día, aprovechando que era uno de los pocos españoles que contaban con automóvil, les propuso a Tono y a López Rubio salir hacia Córdoba. De camino, atropellaron a un conejo, bajaron y miraron el cadáver circunspectos. Poco después, hicieron lo propio con una gallina. Entonces Tono le suplicó: “A ver si atropellas un poco de arroz y hacemos una paella”.

Suele olvidarse que Edgar Neville era diplomático de carrera. Algo totalmente disculpable, pues su mejor tarea diplomática la llevó a cabo en sus años de Hollywood, donde trabajó con otros genios españoles como José López Rubio o Enrique Jardiel Poncela. Allí no sólo hizo brillar su genio, sino que forjó amistades con grandes del cine que en algún caso, como en el de Chaplin, duraron hasta la muerte (cuentan que nunca le quisieron decir a Chaplin que su gran amigo Neville había muerto, tal y como suele hacerse con los ancianos para ocultarles malas noticias que agraven su estado. En América estaba cuando cayó la dictadura de Primo de Rivera. Rápidamente mandó un telegrama a un subsecretario que se había portado mal con él y que aspiraba a ser embajador con la dictadura. El texto era: “Ja, ja, ja. Firmado: Edgar Neville”. También fue en Hollywood donde terminó su novela “Don Clorato de Potasa”, pequeña obra maestra dedicada a sus tres amigos Chaplin, Ramón y Belmonte, regresando a España en 1931.

Y es aquí donde su carrera le lleva de nuevo a Marruecos. Después de renunciar a un destino en Caracas “por razones familiares”, otro a Estocolmo “por razones de índole privada”, el consulado de España en La Plata, el consulado español en Uxdá “por necesidades urgentes de familia” y solicitar dos prórrogas consecutivas, en 1934 no puede retrasar más su entrada en acción e inicia un viaje por el Marruecos francés hasta que en 1935 le es concedido el destino de… Madrid, que se apresura a tomar en posesión.

Es entonces cuando conoce a la que verdaderamente será la mujer de su vida, Conchita Montes. Aunque Edgar se había casado antes, el poco entendimiento con su esposa había convertido ese matrimonio en papel mojado. Sin embargo, su relación con Conchita fue hasta la muerte… e incluso más allá. Quizá el motivo fue la fortaleza intelectual de Conchita, el encontrar una media naranja capaz de resistir su propia envergadura. Conchita, recordada frecuentemente por ser la creadora del Damero Maldito, fue más, mucho más: estupenda actriz, autora, adaptadora… fue sin duda estupenda compañera esta madrina de la división azul que, como otra virtud, supo perdonar las infidelidades a que la sometía Edgar.

A punto de ser fusilado en el Madrid de 1936 salvó la vida de manera carambolesca: siendo detenido con Conchita, ésta estalló con una furia tal que aplazaron la ejecución y consultaron telefónicamente al ministerio de la Guerra, desde donde se ordenó su puesta inmediata en libertad. El azar había querido que un decorador de cine, Vicente Petit, que los conocía, hiciera antesala en el ministerio, escuchó el teléfono sonar y, como nadie más había, lo descolgó, salvando a Edgar y sus acompañantes. Logró aun así ser nombrado secretario en la embajada republicana en Londres, donde al llegar se encuentra con que se le exige su vuelta inmediata, al ser descubierto el pastel. Neville ingresa de nuevo en la carrera diplomática vía gobierno de Burgos, ayudando así al triunfo de las tropas nacionales, más que como soldado o diplomático, con su particular genio: desde las páginas de “La Ametralladora” a la novela y película homónima “Frente de Madrid”, obra que gustó poco al mando por su final, donde mueren abrazados un falangista y un anarquista, con una simbología nada dudosa. Otras pequeñas joyas de esa época son los cuentos “F.A.I.”, “La Calle Mayor”, “Don Pedro Hambre” y “Las muchachas de Brunete”, así como los documentales “La ciudad universitaria” (1938), “Juventudes de España” (1938) y “¡Vivan los hombres libres!” (1939).

En abril de 1939 Neville llega a Roma, hablando algo más parecido al valenciano que al italiano, nada atípico por otra parte en la época (recuerdo cómo mi padre me contaba las aventuras de una prima suya que, no hablando más que valenciano, llegó a ser secretaria del Cónsul), rodando al fin “Frente de Madrid” con los resultados esperados.

En los años 40 sigue con su carrera cinematográfica, con su faceta de escritor (novelas, teatro…), sembrando buen humor: “La familia Mínguez” (1946), relatos ya aparecidos en “La Codorniz”, resulta una estupenda aproximación a su humor de esa época, sin descuidar alguna magnífica película de entre las que me gustaría destacar una joya casi olvidada: “La Torre de los siete jorobados”, basada en una novela de Carrere (El Caballero Audaz), prácticamente ilocalizable salvo para los que tuvimos la suerte hace unos años de estar con los dedos preparados sobre el vídeo durante un memorable programa de Garci (al que también hay que agradecerle el número de diciembre de 1999 de su revista de cine “Nickel Odeon”, dedicado por entero a Edgar Neville).

Empieza a perder su figura de deportista y, por culpa de una enfermedad glandular, rompe a engordar terriblemente. Tal y como haría el padre de Fernando Vizcaíno Casas años después, hacía régimen con trampa: algún día después de comer en casa o en la clínica sus calorías contadas, escapaba para paladear unos buenos callos o cualquier plato de la gastronomía española que tanto amaba.

Apasionado del flamenco, alterna con obras estupendas como “El último caballo” (1950), “El cerco del diablo” (1952) una atípica “Duende y misterio del flamenco” (1953), con la que consiguió una mención de honor en el festival de Cannes. Ya se sabe que los españoles vestimos todos de torero y las mujeres de gitana.

Fue una de sus obras de más éxito “El baile”, estrenada en teatro en 1952, la que inicia una fórmula dramática que mantendrá hasta su última obra, “La extraña noche de bodas” (1964). El éxito continuo en el cine lo lleva a publicar “Producciones García, S.A.” (1956), repleta de diálogos del mundo del cine. Y no acaban ahí sus inquietudes: alternando su trabajo en teatro, cine, libros, sus colaboraciones con “La Codorniz” y otros medios, empieza a pintar y a cultivar su pasión final: la poesía.

En abril de 1967 enviaba a ABC su último artículo: “Apunte para mi necrológica”. El 23 del mismo mes, fallecía en Madrid. Conchita Montes lo haría mucho más tarde, en 1994, perpetuando hasta entonces la memoria de Edgar.

Antonio Mingote, esposo de la secretaria de Edgar, Isabel, publicó un chiste en ABC al día siguiente del fallecimiento de Neville, mostrándolo a las puertas del cielo, preguntando al ángel guardián “¿Es verdad que aquí uno se ríe mucho?”

Textos recomendables para saber más de Neville y su obra

Edgar Neville: 100. Número monográfico de “Nickel Odeon”, Madrid, diciembre 1999
Edgar Neville: entre el humor y la nostalgia (Mª Luisa Burguera). Alfons el Magnànim, Valencia, 1999
El negociado de incobrables. Ed. de la Torre, Madrid, 1990.
Las anécdotas del humor (Fernando Vizcaíno Casas) Planeta, Barcelona, 1999.
Los humoristas del 27 (ed. Patricia Molins) Sins entido, Madrid, 2002.
Obras Selectas (Edgar Neville) Biblioteca Nueva, Madrid, 1969.
Eduardo Zamacois y Edgar Neville, dos miradas narrativas sobre el Madrid de la Guerra Civil (J.Mª Martínez Cachero), Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2001.
Edgar Neville. La luz en la mirada (J.Mª Torrijos). MEC, Madrid, 1999.
El humor en España : Carlos Arniches y Edgar Neville (Juan Antonio Ríos Carratalá), Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2001.

Obras de teatro escogidas
[tomamos preferentemente las ediciones más modestas, de Eslicer, antes que otras comentadas de Espasa Calpe o Cátedra, por considerar que son más fácilmente localizables en librerías de viejo, hoy por hoy por desgracia el único mercado donde pueden conseguirse]

Adelita.
Alta fidelidad.
Aquella mañana.
El baile (comentada estupendamente en Cátedra, 1990, de manera conjunta a “La vida en un hilo”); con otros relatos cortos en una edición de Castalia en 1996.
La extraña noche de bodas.
Margarita y los hombres.
Marramiau.
Prohibido en otoño.
Rosita la guapa .

Otros textos

Don clorato de potasa, Temas de hoy, Madrid, 1998 • El día mas largo de monsieur Marcel, Afrodisio Aguado, Madrid, 1965.
Eva y Adán, Libros del innombrable, 2000.
Frente de Madrid, Espasa Calpe, 1941.
La Codorniz (8 Vols.) Aguaclara, Madrid, 2001.
La familia Mínguez, Taurus, 1956.
La piedrecita angular, Bibllioteca Nueva, 1941.

Su obra

“ADIOS, ALFAFAR”. OBRAS SELECTAS, pgs. 759-761.

“La mudanza de los tiempos impone en el hombre de hoy sacrificios mucho más profundos de lo que parece. Uno de ellos, el decir adiós a las casas que han sido el abrigo de sus primeros años de la infancia y de la adolescencia.

Hoy se han terminado ya para la mayoría de nosotros las fincas de placer en plural: todo lo más que se puede tener es una casa en la montaña o junto al mar para el descanso veraniego o para los fines de semana, y eso en casos excepcionales.

Nuestros abuelos tenían facilidades para que estas casas se multiplicaran, y poseían fincas en un lado y en otro. Hoy ya hay pocas economías que resistan ese gasto, y es, pues, necesario ayudar a bien morir estos lugares que nos han sido tan queridos y a los que está ligada la historia de la primera parte de nuestra vida y el recuerdo de nuestros padres y, en general, de nuestros familiares.

Hoy he tenido que decir adiós a la casa donde viví mis primeros veinticinco años en Madrid. Era una vieja casa anárquica, situada de lado en una pequeña calle del Madrid viejo, obstruyéndola casi por completo. La casa se venía abajo, y las rentas, que eran suficientes en tiempo de mis abuelos, eran hoy, a pesar de los aumentos, completamente risibles, y el concepto moderno de la vida hacía la casa inhabitable.

También he tenido que renunciar a una vieja masía situada en tierras de Valencia y lejos del mar, que mi abuelo había convertido en eso que llaman en Francia y Bélgica un château y que aquí llamaban «palacio». Era un disparate arquitectónico que se levantaba en plena huerta, desentonando con ella su estructura neoclásica en el cuerpo principal y sus torres de ladrillo con tejados de pizarra, como se encuentran en todas partes en Bélgica, que es donde se alzan las edificaciones más feas de Europa. Pero el «palacio» tenía un encanto fabuloso para los que habíamos sido niños en él, para los que habíamos vivido con tres generaciones de la familia, de las cuales ya solamente quedamos dos o tres representantes.

Tenía un gran parque lleno de arbustos y de flores y como una especie de árboles gigantescos, con esa exuberancia que permite aquella tierra tan rica y que está deseando el menor pretexto, la menor simiente, para levantar la esbeltez de una palmera o de un pino a campear sobre el cielo azul.

En tiempos de mis abuelos se comprendía el haber hecho ese enorme edificio con quince salones en un lugar donde el clima es realmente excepcional, porque en épocas sin carretera y sin automóviles podían tomar el tren en Madrid a las ocho de la noche y a las ocho de la mañana apearse en Alfafar, a cien metros escasos de la puerta de su casa de campo.

También antiguamente no se tenía el culto por la playa y por el mar que tenemos hoy, y ni siquiera se había tenido la idea de colocarla cerca del Mediterráneo.

En verano el calor de Valencia es tremendo, y el tamaño de los mosquitos en la huerta se acerca mucho al de las palomas del tiro de pichón. Las acequias, cuando llevan poca agua, están llenas de fermentos que enriquecen la huerta, pero que huelen atrozmente mal.

Así y todo, la infancia transcurría en aquel pueblo y en aquel jardín de una manera deliciosa, como las páginas de los libros infantiles de la condesa de Segur. Allí cada uno desarrollaba su fantasía, y tan pronto se montaba la fabricación del pan de Viena en unos inmensos hornos traídos de Inglaterra como se confeccionaba en 1910 un biplano sin motor, construido por el carpintero del pueblo con el consejo técnico de mis tíos, que no habían visto jamás ningún avión, como no fuera alguna viñeta de Alrededor del Mundo. Pero había también otros recuerdos de los que me ha sido verdaderamente penoso separarme, y es el recuerdo de mi madre dándoles de comer a unas docenas de palomas, que se posaban sobre la bandeja donde les traía el maíz, y la colecta de huevos en los gallineros a la caída de la tarde, y los juegos con otros amigos del pueblo las noches de luna llena, donde la parte iluminada era donde se podía ser atrapado y la parte de sombra la barrera inviolable donde se estaba en seguridad.

Hacía cuarenta años que nadie vivía en el caserón. Las actividades de mi generación nos habían llevado por otros derroteros, nos habían lanzado por el mundo primero y luego a otras zonas y a otras costas más de acuerdo con los gustos de hoy, y solamente íbamos a pasar tres o cuatro días al año para llenarnos de melancolía ante el recuerdo de tanto ser querido desaparecido y de la tristeza de verse desmochar y resquebrajar todo aquello que solamente viviendo en el sitio puede repararse a medida que se va estropeando.

Hoy he tenido que decir adiós a mi infancia y a mi mocedad. Sé que lo primero que han hecho ha sido talar el jardín y el bosque, con ese odio al árbol tan conocido en este país, y ellos, como seres vivos que son, me han dado mucha más pena que la demolición del «palacio», aquellos árboles que colaboraban en nuestros juegos, que daban sombra a nuestros familiares más queridos.

Es una época que desaparece. Ya no quedará pronto ni el vestigio de lo que fue esa vida sosegada que nuestros padres pudieron gozar. El tiempo ha pasado. Son otros modos, son otras costumbres. Pero da mucha pena.”

Extraído de: Mi amigo PIC