Cultura Transversal

Manuel Reyes vuelve por farruca

Posted in Autores, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín, Música by paginatransversal on 25 julio, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – Años hacía que no nos dejábamos caer por el Teatro Alfil, donde escucháramos cantar en nuestros años mozos a Rafael Romero El Gallina con Perico El del Lunar, al Pele o a Antonio Bartrina al frente de su Malevaje, y años también que no veíamos bailar a Manuel Reyes, que acaba de presentar sobre su escenario el espectáculo –dirigido por Cristiane Azem- Tan solo. Sobrino de Cristóbal Reyes, hermano de Antonio Reyes -también excelente flamenco y de quien, en sus días de formación en el Ballet Nacional, se decía que además bailaba en zapatillas como casi nadie- y primo de Joaquín Cortés, resulta innecesario precisar que pertenece a una casa de bailaores prestigiosos. En el recuerdo de muchos pervive el baile en pareja con su hermano en el espectáculo de Joaquín, en los tiempos de ascenso de éste, cuyas recientes noches en el Rialto de la Gran Vía nos pillaron, por cierto, fuera de Madrid.

Ya decía el otro día Antonio López que: “La falta de sentido ha debilitado al ser humano”, si bien sin apostillar que, entre otras cosas, está obnubilando la mente de los bailaores. En unos tiempos en que el sello de tantos de ellos se caracteriza por no saber ya qué inventar para llamar la atención por la vía de la extravagancia, es gratificante la constatación de que el hacer de Manuel Reyes sigue investido de absoluta dignidad flamenca. Lo suyo no es anunciar flamenco para que, luego, el público se encuentre con bocinas o bolsas de patatas fritas.

Su espectáculo, de gran seriedad y fondo, tejido a base de redondas sutilezas y argumentado sobre ideas musicales y recursos de baile de mucho calado, no es sólo una propuesta de rampante calidad, sino que constituye además excelente respuesta a un importante dilema. Todos sabemos que la introducción en el flamenco de una excesiva preocupación por la expresión corporal y los clichés propios de la danza clásica y contemporánea conlleva sus riesgos: principalmente, el de hollar la estrechísima línea que separa el arte de la pantomima y el olé de la carcajada. Manuel Reyes y Tan solo encarnan un completo tratado acerca de las mágicas pericias que sirven para no poner nunca el pie en esa tan hiperdelicada frontera.

Tan solo parte de una necesidad de comunicar los anhelos del alma mediante las añejas armas del flamenco más puro, pero todos los números nos son servidos como envueltos en aromas de una cierta bohemia cosmopolita, elitista y crepuscular, y el uso de los audiovisuales –en ningún momento gratuito, pues contienen parte de la actuación- consigue casi que imaginemos a Juanito Mojama charlando con Tarkovsky. Ya el inicio del espectáculo, merced a la acompasada sincronización lograda por Reyes entre sus movimientos y los realizados por él mismo en la pantalla –tremendo ejercicio de disciplina y casi de meditación yóguica, y que sentimos como una suerte de cálido homenaje al cine mudo- nos dejaron cavilando y sumidos en la certeza de que íbamos a asistir a la puesta en escena de un espectáculo flamenco distinto.

Luego, una fantasía por farruca concebida para paladares y oídos románticos sin cura, cocinada con especias zíngaras y parisinas, fue desplegada ante nuestros ojos con tan fuerte poder evocador que, en determinado momento, giré la cabeza para ver si se encontraban por allí sentados Charles Boyer, Pastora Imperio, Marlene Dietrich o Vicente Escudero. Fue esta farruca una de esas interpretaciones en las que no se sabe bien qué fuerzas ocultas son despertadas, pero el caso es que todo funciona y rueda de modo que la amalgama se torna centelleante armonía: los guiños lo mismo a Güito que a Nijinsky de Manuel Reyes, el acariciante metal de Saúl Quirós, las dulcísimas guitarras de Ramón y Kilino Jiménez… y bueno, yo no tenía ni idea de que la melódica, ese instrumento de plástico con el que aprendíamos música en el colegio, pudiera sonar con tan misterioso son hasta que me lo ha mostrado, en Tan solo, Pablo Rubén Maldonado.

Es todo un acierto la recuperación de la guitarra de Ramón Jiménez, musicazo a quien más de una figura del baile debe buena parte de lo que ha llegado a ser. Su conjunción es magnífica con la danza tan compleja como osada de Manuel Reyes, quien por siguiriyas nos dejó momentos de verdadero impacto en cuanto a empaque y juego con el compás. El solo de Ramón Jiménez y unos coloridos tangos dieron paso al número final del bailaor en solitario y por bulerías, cantándose a sí mismo en figuras rítmicas de aplastante sinceridad y honda emoción.

Tan solo quiere ser y es un apunte biográfico y una confesión personal, pero me parece también una brillante inmersión en el legado estético resultante del encuentro entre las Vanguardias del XX y los primeros flamencos que triunfaron en París. Es una lectura mía, claro, y en absoluto la única posible. Lo que tengo claro es que los degustadores de lo bueno no pueden ni deben perderse ni este espectáculo ni a este bailaor de tan sugerentes acentos. Esa farruca de bulevar en el Alfil –canónica desde lo insólito- nos tiene aún atrapados, y dudo que salgamos nunca de su hechizo.

Foto: José Luis Chaín

 

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