Cultura Transversal

Padre toro, tótem de la dehesa. Para una apología de la Tauromaquia

Posted in Arte Taurino, Autores, Censura y Libertad, Historia, Literatura, Manuel Fernández Espinosa by paginatransversal on 10 enero, 2017

toro-osbornepor Manuel Fernández Espinosa – Dedicado a mi amigo, el poeta y escritor Antonio Moreno Ruiz.

Contra el mundo taurino que hemos conocido pesa a día de hoy una cierta y siniestra amenaza. Grupos organizados (animalistas o antitaurinos) pugnan por erradicar la llamada “fiesta nacional” ante el escándalo de los aficionados y la perplejidad de todos aquellos cuantos, aunque no nos sentimos taurinos y mucho menos expertos en “toros”, nos parece una actitud de imposición, rabiosa y no exenta de tintes totalitarios. En estas campañas anti-taurinas confluyen los enemigos declarados de España (nacionalistas independentistas catalanes, p. ej.) por entender que la tauromaquia es una señal de identidad española, así como unas difusas e inconsistentes “hipersensibilidades” postmodernas que conjugan el ultra-ecologismo con la dieta vegana, muy New Age.

Pero es tal vez en este momento crítico cuando podamos encontrar, justamente en el Toro, un símbolo que recobrar, restaurándolo en sus connotaciones más identitarias. Todo patriotismo auténtico tiene unas raíces tan profundas que se pierden en la noche de los tiempos. No, no se trata de ese “nacionalismo español”, invención de liberales constitucionalistas extranjerizantes del siglo XIX, tampoco del “patrioterismo” casposo y cutre del residual franquismo que, personalmente, me es tan repugnante como cualquier fenómeno moderno. El nacionalismo siempre ha sido cosa de sentimientos, de ahí su endeblez. La reciedumbre del patriotismo se halla en los cimientos firmes sobre los que se activa y, lejos de ser estático, tiene la posibilidad de cobrar un dinamismo difícil de paralizar una vez que se le arranca y pone en marcha. Cuando se activan símbolos poderosos para una comunidad, como es el caso del Toro para la nuestra, bullen en los fondos del alma miles de resonancias que no son ya de índole individual, sino colectiva. Así, hombres de tan distintas ideologías e incluso antagónicas ideologías, deponen los constructos intelectualoides a los que se entregaron en el momento histórico que les tocó vivir, para acceder y -si están dotados de genio y arte- hacernos acceder a los símbolos poderosos de la comunidad.

Con el Toro lo hemos visto en España siempre. Hombres de izquierda, como Miguel Hernández, Picasso ó Rafael Alberti (pudiéramos citar a muchos más) sintieron por el Toro una fascinación difícil de emular. En el Toro encontraron el irreductible núcleo de su identidad hispánica. Hombres del frente contrario coincidirían en ello.

Para adquirir una ligera idea de lo que el Toro representa para la comunidad hispánica podemos recurrir a un término propio de la historia de las religiones y la antropología: el Tótem. El Toro, se ha dicho muchas veces, es nuestro Tótem.

En un artículo publicado en “El Sol”, allá en 1931, el periodista Víctor de la Serna (1896-1958), hijo de la novelista Concha Espina, escribía:

“El español tiene diversos modos de rito para este dios cruento [el toro]. Come criadillas, usa vergajo, guarda el agua, ¡gran rito el del agua en España! en vasijas tauriformes, y lleva el tabaco negro y picante en petacas transparentes de piel de toro bravo. De tal toro bravo que mató diez caballos en una feria castellana”.

Sobre el toro y los ritos del agua a los que alude aquí Víctor de la Serna hizo un maravilloso estudio (“Ritos y Juegos del toro”, 1962: revisado y ampliado posteriormente) uno de nuestros mejores historiadores de las religiones, Ángel Alvarez de Miranda (1915-1957).

Gerardo Diego escribe un soneto cuyo título es elocuente: “Invocación al Toro”.

Padre toro, tótem de la dehesa,
Zeus potente en bramas y en accesos
-relámpago de furias-, y en procesos
de largo, oscuro amor que oprime y pesa.

Tu negro soplo huracanado expresa
la tormenta que fraguas en tus sesos,
torva nube que truena -azar de huesos-
la amenaza del tronco hecho pavesa.

Padre toro, desgarra en mil jirones
las banderas del aire y borbotones,
fulmina y tala, abrasa y carboniza,

revuelve paraísos con avernos,
y encuna este poema de ceniza
y de gloria en la rima de tus cuernos.

Otra invocación al tótem hispánico compone Miguel Hernández en su vibrante poema “Llamo al Toro de España” que adquiere resonancias de plegaria ibérica, conjurando la fuerza y la virilidad táurica contra el lobo y el águila. Es cierto que, circunstancialmente, el lobo y el águila que evoca Miguel Hernández pueden ser a buen seguro trasuntos zooicónicos de la Roma fascista (la Loba Capitolina) y la Alemania nazi (el águila del III Reich), pero como poesía genuina la cáscara del tiempo se resquebraja para dejarnos una estampa fulgurante de lo que Miguel Hernández entiende racialmente como España: el Toro.

J. M. Blázquez ha estudiado el antiquísimo culto al Toro en la península ibérica en sus dos volúmenes de “Primitivas religiones ibéricas”, acopiando monumentos arqueológicos y documentación escrita que se remonta a Diodoro Sículo, aunque podríamos ir más atrás todavía para hallar las más primitivas fuentes escritas que ya nos hablan de estos mitos y ritos alrededor del toro en el extremo occidental de Europa: el mismo Platón nos pinta los ritos que protagonizaban los príncipes de la Atlántida, teniendo al toro como centro. Aquí debiéramos pensar que, aunque religiones orientales trajeran cultos taurinos (el mitraísmo), en la península ibérica ya existían desde tiempo inmemorial, muy probablemente por influencia atlante, cultos taurinos que más tarde, en tiempos de la Hispania romana, pudieron converger con religiones mistéricas en las que el toro jugaba a su vez mucha importancia sagrada, como es el caso del mitraísmo.

Según la tesis de Álvarez de Miranda, las corridas de toros actuales vendrían a ser la degradación de ritos religiosos que devienen a espectáculos y juegos públicos; lo que también ocurrió con la tragedia griega, las Olimpíadas o la lucha de gladiadores en el circo romano que tuvieron un origen sagrado y religioso y terminaron siendo un divertimento público. Aquí estamos ante lo que pudiéramos enunciar como un principio constatado en la historia de la religión que es decir la historia de la cultura: lo que es religioso en un principio va depauperándose hacia formas que pierden su contenido y sentido sagrado.

No obstante, tengamos en cuenta también que, como Blázquez nos hace entender: “Uno de los rasgos característicos de la religiosidad ibérica es su carácter pragmático -entrar en contacto con la divinidad para obtener favores tangibles-. Este pragmatismo parece ser también una nota distintiva del culto a los bóvidos en Hispania. El toro fue considerado como una gran cantera de virtudes misteriosas. Su utilización se inscribe dentro de la magia”. Y, en efecto, en todos los ritos taurinos -por fragmentada que nos haya llegado su antigua conmemoración o degradada que haya resultado en el curso del tiempo- lo que parece que en la mayor parte de leyendas medievales sobre el toro ocupa el interés capital son dos virtudes: la acometividad violenta y la fecundidad propias del toro.

La leyenda de Ataúlfo (recogida en antiguas crónicas medievales como “Historia contemporánea” (siglo XII), en los “Cronicones” del obispo Pelayo (siglo XIII) o en la misma “Cronaca generale” de Alfonso X el Sabio) nos presenta a un obispo acusado de homosexualidad al que se le suelta un toro bravo; lo que no cabe interpretar -según Blázquez- como una simple ordalía, sino como un rito sanador. Teniendo en cuenta el relato del obispo Ataúlfo, tan conocido en la Edad Media, el mismo vendría a explicar que los clérigos de antaño, con mucha probabilidad para que nadie pensara mal de su virilidad, eran grandes aficionados a la lidia de toros. Las autoridades eclesiásticas, más ilustradas y lejos de la sensibilidad popular, condenaron reiterativamente estas costumbres rurales como lo ponen de manifiesto el estudio de los sínodos medievales; la cosa llega incluso al siglo XVI, así en el Sínodo de Guarda (Portugal) convocado por D. Pedro Vaz Gaviao, del 12 de mayo de 1500, se estipula que: “Achamos uma constituiçao de nossos predecesores em a qual defendem, por ser cousa assaz em abatimento e vilipendio do estado clerical, que nenhum clérigo constituído em ordens sacras ou beneficiado lutasse, bailasse, dançasse, publicamente, nem andasse con touros em curro, garrochando-os ou alanceando-os…”.

El testimonio de este sínodo lusitano condena la costumbre, a lo que se ve extendida y reincidente, que tenían los clérigos de lidiar, bailar y alancear toros, con lo que de paso se nos da idea de lo que se hacía en aquellos festejos. Pero, más que una afición taurina, lo que esos clérigos llamados al orden hacían era seguir unas tradiciones multiseculares que, en su concreto estado de célibes, demandaba el público: comprobar en su trato con el toro su masculinidad, para que ésta estuviera fuera de toda duda. Las autoridades eclesiásticas juzgaban desde un punto de vista semejante al de todos aquellos que establecen normas desde un despacho, sin apenas contacto con la realidad.

Siempre han sido -se ve en el caso de la documentación sinodal- personajes pretendidamente “ilustrados” los que en España han atacado al mundo taurino, en aras de un presunto decoro, por supuesto amor a los animales o por pretendido progresismo. Lo que salta a la vista es que, en cualquiera de los casos, estamos hablando de gentes que han perdido, si es que alguna vez tuvieron, el sentido de pertenencia a la comunidad. Los que tenemos ese sentido identitario, ¿qué deberíamos hacer?

En primer lugar, tengamos claro que los que se oponen -y hasta atentan- contra nuestra fiesta nacional lo hacen, pese a todo lo convencidos que estén de las “emociones” que esgriman, muy al unísono con los siniestros poderes económicos que quieren destruir nuestra identidad, desde sus remotos despachos con un auténtico desprecio por nuestras tradiciones y los derechos que nos asisten para mantenerlas y la obligación que tenemos de defenderlas. Esos nuevos “ilustrados” siguen -consciente o inconscientemente- las consignas que el mundialismo emite en orden a devastar nuestra identidad nacional, para que de esa forma nuestra servidumbre al capitalismo global sea un hecho consumado. Este asunto de los “toros”, por lo tanto, forma parte de la misma conflagración invisible que se está dando en nuestro tiempo, es un episodio más. Y téngase en cuenta que en esta lucha nos jugamos nada más y nada menos que el ser y el estar como únicamente podemos ser y estar los seres humanos, esto es: ser de un pueblo y de un lugar, siendo españoles y estando españoles. No existe en ninguna parte ese abstracto convencionalismo que se llama “humanidad”; lo que existe -se pongan como se pongan- es la “humanidad” concretada en sus particulares identidades locales, regionales, nacionales. Si llegaran a destruir la fiesta nacional habrán destruido uno de los núcleos elementales de nuestra identidad hispánica.

Teniendo en cuenta que, como más arriba decíamos, la tauromaquia devino a espectáculo lúdico, tras dejar de ser el rito sagrado que era en los tiempos de los orígenes, deberíamos aventurarnos a introducir de nuevo el sentido religioso de la fiesta taurina, reconvirtiéndolo en expresión -rito- de misterios relacionados con la vida, la fecundidad, la muerte y la resurrección.

Yo me atrevo a barruntar que la salvación de España -en la que todavía creo y nunca dejaré de creer- vendrá bajo el signo del Toro.

BIBLIOGRAFÍA:

De la Serna, Víctor, “España, compañero”.

Álvarez de Mirando, Ángel, “Ritos y Juegos del toro”.

Diego, Gerardo, “La suerte o la muerte”.

Blázquez, J. M. “Primitivas religiones ibéricas”.

García y García, Antonio, “Synodicon Hispanum”, (II Portugal).

Fuente: Raigambre.

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